Aquí es diferente

Imagen por Victor Trejo

Más que plan fue un accidente apresurado, seguramente como señal premonitoria de lo que me esperaba. Los primeros meses viviendo sola en la Ciudad se trataron de acostumbrarme a la urgencia: la unidad de tiempo es la misma, pero dura la mitad. Eventualmente, me sumé a la dinámica y aprendí a maquillarme en el camino, a leer la tarea en el camino, a dormir en el camino, a llegar tarde y a caminar deprisa con la mirada fija en mis pies y las grietas llenas de agua sucia en la banqueta.

De Certau decía que el espacio es un lugar practicado, la calle se convierte en espacio gracias a la intervención de los caminantes; al menos en principio. Aquí es diferente. Mudarse a la Ciudad con esa típica creencia de que es el lugar idóneo para cumplir sueños es como venderle el alma al diablo: a cambio de smog, embotellamientos y el sudor de incontables desconocidos evaporándose a dos milímetros de tu cara; te conviertes en un manojo de instantes interrumpidos ante algo que se desborda en altura y distancia hacia los cuatro puntos cardinales. Una inundación de cemento.

Salgo a caminar. Quiero observar. No pretendo encontrar paz. Ni siquiera sé si encuentre algo. Nada me fascina. Nada me absorbe. El ruido es el mismo de ayer. Hasta los locos ya se ven igual. Me siento incapaz de otorgarle un sentido a las cosas. Me doy cuenta de que es la ciudad la que me camina encima. Tengo la cabeza llena de imágenes grises, escombros y obras negras. Salí con la intención del flâneur, de ir sin destino, pero me doy cuenta de que aquí eso es una mentira. Llego a mi departamento. Empieza otro día. Me asomo por la ventana antes que el Sol porque me acuerdo que los amaneceres son bonitos. Intento ver el de hoy y sólo puedo verlo reflejado en el edificio de enfrente, en una ventana del decimoséptimo piso. Me repito cientos de veces que este espacio no puede estar muerto.

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