Atlas: “¿Asesino?”, por Bernardo Couto

Bernardo Couto Castillo, un criminólogo modernista
Por Kevin Martínez

 

[…] según pretende el joven Couto, como una muestra de
refinamiento y de buen gusto hay quien sienta placer al
matar a su manceba por simple afán de colorista, por ver
correr la sangre roja sobre la piel blanca, o quien experimenta
tentaciones de matar a sus hijos en razón de no sé qué
tiquis miquis filosóficos y sentimentales y todo lo demás
que ustedes con la mayor seriedad escriben, de seguro por
hacer temblar las pajarillas de los pobres provincianos como yo.

Victoriano Salado

Muerto antes de cumplir los veintiún años, Bernardo Couto Castillo (1880- 1901)  se ciñe como una figura de excesos para los estudiosos del modernismo y decadentismo mexicano, pero más allá de los abusos de sustancias (sobre todo alcohol) hay un escritor con valiosas propuestas estéticas con inclinaciones hacia una plasmación mortuoria. Todavía desconocido en algunos círculos intelectuales, este autor de finales del siglo XIX produjo un material narrativo con tendencias a la estética francesa decadentista, al gusto por las cuestiones del fin de la Historia, los excesos catastróficos, lo mortuorio. Basta leer el título de su primera y única obra publicada en vida, una colección de doce cuentos llamada Asfódelos (1897), para remitirnos inmediatamente al título baudeleriano Las flores del mal. El título de Couto hace referencia a una planta liliácea, yerba con flores consagrada a Proserpina diosa de los infiernos. Según Coral Velázquez, quien escribió su tesis de maestría sobre este autor, Bernardo Couto murió en un hotel perteneciente a su familia y entre sus camaradas de borrachera era conocido como ‘el Coutito’.

En el prólogo a Asfódelos, Ciro. B. Ceballos, amigo del autor, escribió sobre las inquietudes literarias de Couto, y resulta interesante que su parecer con respecto a la construcción de los diálogos en Asfódelos sea el siguiente: “Creyérase que los diálogos fueron desglosados del expediente de un proceso policiaco”. Lo extraordinario en Bernardo Couto Castillo es su manera de crear una homogeneidad de todas las especies criminales en una sola persona. Al final de la lectura no es fácil saber dónde encasillar a los trasgresores. Esto se debe a que los mismos transgresores se convierten en otras personas y escapan de la mirada del lector para inmiscuirlo bruscamente en otros escenarios igual de violentos pero con una tipología de acto distinta, con una plasmática mortuoria indefinida.

Acercarse a los cuentos de Bernardo Couto Castillo es como observar el Estudio de dos cabezas cercenadas (1818) del pintor francés Théodore Géricault (1791- 1824). Testa femenina y masculina sobre una sábana, la primera con los globos oculares censurados por los párpados, la segunda con el atisbo de la desgracia.  El cuadro existe para causar náusea, pero una náusea estilizada, sucede lo mismo con los cuentos del autor finisecular, donde el trato de las figuras, personajes, adquieren un valor intensificado de interacción espacial, promoviendo, de antemano, un significativo trato con la muerte en diferentes entregas, desde crímenes pasionales, hasta asesinatos encabezados por la locura.

El único verdadero acto criminal que cometió Couto es haber muerto muy joven, debido a que su prosa de anfiteatro no alcanzó un punto álgido. El siguiente cuento titulado “¿Asesino?”, es el quinto de la colección Asfódelos. Dedicado a su amigo Ciro B. Ceballos, la voz testimonial lleva la dirección de todo el desarrollo narrativo. La prosa modernista de esta narración se ayuda de escenarios y formas con ciertos cromatismos, pareciendo, en ocasiones, la descripción de un cuadro al óleo donde los primordial es el acercamiento con el monstruo. Ese ser que, en una aproximación a un cambio de siglo, refleja lo más degradante de la sociedad, un personaje que es pederasta y asesino.


 

¿Asesino?
Por Bernardo Couto

Para Ciro B. Ceballos

Silvestre Abad, asesino, narraba a sus amigos algunas de sus proezas. Sus ojos inyectados tomaban expresiones varias, de acuerdo con su narración. He aquí lo que con agitada voz decía:

—Ha sido una sola vez, una sola, cuando yo he gozado matar… y eso fue tan rápido, tan breve, que a veces creo haber soñado. Yo era entonces muy joven y nunca había matado. Hacía muchos días que vagaba en busca de trabajo, mendigando un pedazo de pan, arrastrándome, mojado por la lluvia, tostado por el sol, muerto de fatiga y llevando en el alma una de esas rabias que inspiran tentaciones de destrozar cuanto se ve y acuchillar a cuantos pasan. Caminaba pensando en toda la negrura de mi suerte y en todo lo desgraciado que era; feo, de una fealdad horripilante, desde chico los hombres me señalaban riendo, y para asustar a los niños, los amenazaban con mi presencia. ¿Una mujer?, ignoro lo que pueda ser; ni por dinero me han querido; les causo asco, les repugno y siempre me han rechazado en todas partes.

Ese día era ya tarde. El campo se extendía a mi alrededor grande, inmenso, lleno árboles, de plantas y de espigas, exuberante de vida, proclamando la abundancia y la riqueza. Yo me moría de hambre.

Después, no recuerdo con precisión lo que pasó ni dónde fue. Sí, creo haber andado mucho y haberme detenido muy cansado en una calle del pueblo donde todos dormían. Una calle angosta, silenciosa y alumbrada por un farol pendiente de un alambre. Me sentía muy cansado, muy cansado y con hambre; me acerqué al farol esperando al primer transeúnte para asesinarlo, para robarlo y comer algo.

Nadie pasaba, todo estaba en silencio y yo no tenía fuerzas para dar un paso. Apoyado en la pared, miraba la llama movediza del farol y para mí buenas comidas, calor en las frías noches; otros tenían familia, esposa, hijos; yo no había comido en tres días, no tenía en el mundo ni madre, ni hermano, ni amigos; al entrar en los pueblos, los perros se lanzaban sobre mí para morderme y los niños huían al verme; a mí me faltaba todo, nunca había conocido un placer y mis manos nunca habían tocado un objeto hermoso.

Hasta mí llegó viniendo no sé de dónde la música de un piano que escuchaba con recogimiento, como escuchaba cuando era niño, durante el poco tiempo que tuve madre, el órgano de la iglesia al levantarse la hostia. Yo escuchaba, escuchaba con delicia… ¡Pensad, debe ser tan hermoso tener en las noches una mujer que haga música mientras se descansa en un buen sillón al abrigo del frío! Y seguía escuchando y pensaba en mil cosas, olvidándome de mi hambre y de mis deseos criminales.

Una puerta se abrió, vi avanzar un bulto pequeño que cuando estuvo cerca de mí reconocí ser una niña; en sus manos llevaba un cesto y avanzaba lentamente, sin miedo, como una inocente sin noción del peligro.

La luz del farol daba sobre su cuello, un pequeño cuello muy blanco, muy suave y muy fino. Yo nunca había tenido en mis manos uno de esos nenes que forman la delicia de otros, de los afortunados, de los bienaventurados de este mundo.

Mis pies me llevaron a ella instintivamente, volvió el rostro, quise sonreír, pero cuando yo sonrío resulta un gesto que más repugnante hace mi fealdad. Comprendí esto, pero a pesar de esfuerzos, no pude alejarme. Sentía deseos de tocarla, de sentir el contacto de sus bracitos, de tenerla en mis manos un momento como si fuera mía y la levanté en mis brazos; ella quiso gritar, pero el espanto impidió su grito. La acerqué más al farol. ¡Qué hermosa y qué blanca!, blanca como la luz, como las flores. Tenía sus cabellos dorados y unos ojos grandes, muy abiertos, me miraban asustados; luego la llevé a mis labios, las puntas crispadas y sucias de mis barbas lastimaron su rostro y entonces gritó al tiempo que golpeaba mi vientre con sus pies.

¡Iba a dejarla, a dejarla quedando triste como nunca!

¡Jamás podría acariciar un niño! Iba a dejarla, pero la luz del farol dio de lleno sobre su cuello blando y fino; experimenté entonces deseos de estrecharla, de tocarla y sentir una vez más el contacto de su suavísima piel. Desde entonces he sentido muchos deseos, mil veces he querido apoderarme de algo; pero nunca la tentación ha sido tan fuerte, tan imperiosa, tan irresistible como aquel día. No pudiendo dominarme, cedía y la acaricié, sintiendo extraño placer al pasar varias veces mi mano áspera y callosa por su cuellito terso como un guante. Ella estaba muda de espanto, sus ojitos se abrían cada vez más grandes y me miraban más aterrados; pero yo no podía, me era imposible resolverme a dejarla, y continuaba pasando y volviendo a pasar mi mano sobre su piel. Luego oprimí un poco, procurando no hacerle daño, tan sólo sentir en mis dedos la caliente blandura que nunca había sentido. Oprimía y aflojaba, sintiendo inefable placer cuando mis dedos se hundían en la carne.

Poco a poco fui oprimiendo más fuerte… más fuerte, la carne iba siendo más dura; pero siempre bajo mis dedos había algo blando como terciopelo, que me regocijaba.

La música cesó, oí el ruido de una puerta al abrirse y tuve miedo o más bien sentí tener que dejar a la niña; ¡ese cuellito blanco! ¡Esa suavidad para huir!, para continuar la marcha, el mendigar y nada recibir…y al mismo tiempo continuaba oprimiendo, continuaba oprimiendo el cutis y sintiendo contra mi pecho los golpes arrebatados de su corazón. Los pasos se acercaban, ¡iban ya a sorprenderme, a encerrarme para siempre en una prisión sin que pudiera volver a sentir ese goce! ¡Mi mano ruda no se recrearía más al contacto de un suave y blando cuerpo!

Seguí oprimiendo con ansiedad, queriendo, al estrechar por última vez, tener toda la delicia que hubiera podido sentir estrechando muchas. Sentí sus músculos, una dureza, y como los pasos estuvieran muy cerca de mí, apreté con todas mis fuerzas deseando sentir su última palpitación, su último estremecimiento, deseando arrancarla a otros que podrían gozar de ella mientras yo nunca, ¡nunca podría ni tan siquiera acariciarla!

Y sentí ese último estremecimiento, lo sentí que recorrió por todo su cuerpo al tiempo que su corazón no latía más; el cuello parecía de trapo, se enfrió…Una mano me sujeto; pero yo de un golpe seco la rechacé, desprendiéndome para lanzar la niña y huir.

Hoy todavía siento placer cuando sueño y creo oprimir, oprimir y aflojar. ¡Ha sido la única delicia de toda mi vida! Viendo a un niño, siento impulsos de arrojarme sobre él, de robarlo para llevarlo siempre conmigo, para oprimir su cuello y hundir mis dedos en él. Sí —continúo al tiempo que llevaba un vaso a sus labios—,  fue una gran delicia… ¡Oprimir!.. ¡Hundir los dedos!, sentir aquella blandura estremecerse… ¡Agitarse en estremecimientos tan pequeños como el cuerpo inmóvil, y los dedos apretando siempre, siempre!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *