Bibliomancia: Bienvenidos a Incaland®: Una alternativa al turismo zombi

Por: Humberto Morales

Bienvenidos a Incaland® puede ser leído como una revisión al viejo género del libro de viaje. En la época previa a nuestra globalización y los vuelos trasatlánticos comerciales, éste tipo narrativo cumplía la función del National Geographic, Anthony Bourdain, y el pelón que come bocados horribles pero, eso sí, bien autóctonos. Aunque Roas advierte que él nunca ha sido un lector asiduo a las obras que se adscribieron a las convenciones de este género, señala que el riesgo que se corre al escribir sobre viajes hoy en día es acabar armando guías de turistas: “Termina uno diciéndole al lector ‘debes visitar tal catedral, pedir tal plato en tal restaurante y en la noche pedir tales chelas en tal bar’. No estoy seguro de que sea un género muerto porque todos los escritores que viajan acaban contando sus andanzas en artículos y crónicas, pero sí creo que como muchos otros se ha vuelto una literatura ante todo banal”. Aunque el libro de Roas está plagado de humor y referencias pop que le otorgan un tono ligero, no navega por ese caudal; no busca explotar el magnetismo de lo ajeno para encandilar: “Quería evitar hacer un catálogo de exotismos, al final lo extraño no está en las cosas, sino en los ojos de quien mira. La idea era mostrar que, por mucho que uno sepa de antemano de un sitio, la realidad de cualquier lugar es siempre distinta a su imagen”. Bienvenidos a Incaland®, de Roas, es la crónica distorsionada literariamente de un viaje de doce días que hizo a(l) Perú en agosto de 2008. Es un libro que combina la experiencia del viaje con un crítica cultural cargada de humor y alejada del panfleto. El protagonista y narrador, confiesa el escritor, es un reflejo casi inalterado de sí mismo.

“Día a día consumimos la misma cantidad de ficción que de realidad, no podemos eludirla”, dice Roas y acaso en esta afirmación se atisba el tópico más interesante de su libro. En Bienvenidos a Incaland®,  juega a hacer dialogar las capas de ficción, realidad y experiencias de segunda mano que co-significan todos los sitios por los que pasa el protagonista. El libro está dividido entre tres lugares: Lima, Cusco, Machu-Picchu. De manera un poco paradójica, el fragmento dedicado a la ciudad de Lima, una urbe moderna, es el que más evoca el extrañamiento de los libros de viaje más clásicos. La razón es evidente: es un sitio que, en comparación con los paisajes de Cusco y Machu-Picchu, no está tan colonizado por la ficción: “La parte de Lima es definitivamente sobre estar en un lugar que me rebasaba en todos los sentidos, nunca supe dónde estaba porque no conocía los límites temporales y espaciales de la ciudad”.  Esta ausencia de referentes posibilita un contacto más estruendoso entre el personaje protagónico y la ciudad; en varios momentos la narración se desnuda de pretensiones analíticas y consigue contagiar auténtico asombro. Aun en esa ciudad que podemos imaginar bastante homogénea a otras tantas capitales del mundo, Roas encuentra señas de identidad que se funden rápidamente con sus referentes personales; por ejemplo, un Mario Vargas Llosa muy a la Vito Corleone y el tráfico de la ciudad que parece sólo poder ser explicado utilizando modelos de la física cuántica. Lo opuesto ocurre en Cusco y Machu-Picchu. Estos dos lugares se le presentan al personaje protagónico sobrecargados de narrativas y ficciones, hasta tal grado que la realidad de estos sitios parece inalcanzable. Las cumbres y los abismos de los andes le recuerdan a Charlton Heston buscando hacerse con el tesoro de los incas; le recuerdan la canción que cantaba Yma Sumac con su exótica y bella voz, esa que luego utilizaron los hermanos Coen en El gran Lebowsky, y a otras incontables escenas que tuvieron como fondo esos icónicos panoramas. Todos esos fantasmas de la cultura popular superpuestos sobre la realidad material de las ruinas precolombinas lo imposibilitan para aprehender desde su propia mirada lo que está frente a él. De ahí que el protagonista imagine a las hordas de turistas como zombis a los que por alguna malvada conspiración cusqueña se les ha extirpado la voluntad, condenados a usar gorritos de alpaca y sacar las mismas fotos una y otra vez. El protagonista teme convertirse en uno de ellos.

De esta manera, Bienvenidos a Incaland® parece plantear que no sólo los no-lugares de Augé pueden ser aeropuertos, hoteles y bancos, sino que incluso sitios como Cusco y Machu-Picchu están desactivados por la hiper información: “Eso ya no existe, pero imagina qué maravilla poder viajar a un lugar y objetiva, inocente y neutramente poder observarlo. Entre uno y el sitio están capas y estratos de ficción y de información real que uno no puede descartar y que median entre los sitios y uno, que los vuelven inofensivos. Imagina que alucinante debió haber sido ser un viajero en el XIX y poder contemplar esas mismas ruinas en un auténtico estado de pureza”. La verdad es que, aunque Roas afirme que esa experiencia decimonónica es ya inaccesible para nosotros, está presente en su libro. Sólo hace falta fijarse en el asombro con que narra algunas experiencias que pudiendo parecer de segundo orden, como el ascenso en camión por las estrechas carreteras en los Andes o un viaje en taxi a través del tráfico limeño. Esas experiencias verdaderamente parecen interpelar la idea que el narrador tiene del mundo y de las cosas.

Después de platicar con David Roas sobre Bienvenidos a Incaland®, le pedí que me firmara mi ejemplar. Él escribió: “Para Humberto, este recorrido delirante por el otro lado del (de mi) espejo”. Una buena dedicatoria no es la norma. Desde luego, nada hay más sospechoso que un “Con cariño para mi amigo (inserte aquí su nombre)”. Incluso cuando la dedicatoria parece un poco más genuina es difícil saber qué tan genérico o qué tan personalizado es lo que un autor ha garabateado en tu libro. No estoy seguro si lo que el autor escribió en la primera página de mi libro lo pensó sólo para mí, pero se puede afirmar que es una clave para leer el resto de las páginas de Bienvenidos a Incaland®. En ellas el lector encontrará una búsqueda autoficcional por recuperar la experiencia de un viaje reflejado en el universo de referentes y emociones y paranoias que constituyen a David Roas.

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