Probeta: Cabeza de bombilla, por Luna Faelivrin

Imagen por Paola García

Éste es un ejercicio de logo-rallye, una de las técnicas más importantes que los miembros del OULIPO utilizaron como catalizador para construir sus obras. El reto consistió en escribir un texto con las palabras de una lista determinada, éstas pueden observarse resaltadas en cada texto.

Texto por Luna Faelivrin

El filamento es un hilo en espiral que genera luz por la acción de los recuerdos en mi mente. Mi lámpara incandescente emite sus destellos luminosos en forma de ilustraciones que parecen hechas de cera: una fotografía, una sinfonía o una estatua. Sin embargo, deben ser sutiles, pues tengo la cabeza frágil. De vidrio.

Cuando la electricidad me recorre el tálamo o el hipotálamo, llevando el negativo de esas memorias heladas, algunas que gritan “fenómeno” y otras escenas de abandono, me dan ganas de llorar o de estrellarme la rodilla, como si sangrara, para no pensar en esto.

Palearás entre la arena, la nieve y la tristeza hasta dormirte, para enterrar cada una de tus imágenes malditas si no haces otra cosa ahora…” me digo siempre. Pero también siempre despierto tres días después y con la misma pijama, sin haber abandonado la habitación insomne de tres por cuatro metros, sobre algunos segundos de estiércol. He tratado de justificarme con psicología, sociología, mística y química por mi propio cuerpo.

El filamento es un hilo terco, en espiral, que genera luz por la acción de los recuerdos en mi mente. Los focos de la casa, amigables con el ambiente e innecesarios, emiten ondas cancerígenas que me asesinan lentamente en el encierro. Una cuchara más con azúcar para el té y me convulsionaría. Te lo aseguro. Es un alivio que mi cáncer esté peleado con mi epilepsia.

Escupo sobre el blanco de la pared para humedecerlo y dibujar con ese gris una mancha-conejo o un mancha-cocodrilo, puede ser también un mancha-nuevo-sistema-solar o un gigante trotamundos. Es divertido este jueguecito porque las paredes blancas me asustan. “No puedo ser tan pequeña,” me repito, pero no tengo las agallas para rayarlas. Tal vez me arrepienta mañana de lo que he dibujado. Aunque imagino que hay un par de frases, escritas con letra muy garigoleada, que seguro encantarían a mis visitantes.

Hace varios meses que no vienen por aquí. Quizá por eso estoy tan triste. A veces salgo, sí. Me gusta subir con cuidado a la azotea para contemplar las estrellas, para completar el mapa que tengo en mi cuaderno con alguna constelación septentrional que aún haga falta. No me da miedo romperme. Me gusta también caminar, los jueves por la tarde, sobre el camino largo que huele a savia de tanto pino verde y flores todavía, por el rezago del invierno, hasta la biblioteca pública. Miro algunos libros y vuelvo a casa, con alguna novela que aún no he leído. En casa está mi habitación de tres por cuatro, donde el abismo es un acto empírico.

Otra vez no me cambié la pijama en ya diez días. Mi hermano dice que me dejo morir o, por lo menos, caer por una pendiente que, curioso, no es diagonal sino hiperbólica. Entonces no es una pendiente, le respondo. Y cuando imagino las pendientes, sí pienso que me quiebro.

Mi padre cree que busco la divinidad y por eso soy beata. Supongo que no es fácil aceptar que alguien más se quiera deslizar despacio hacia la nada, porque ahí no se llegaría corriendo.

Lo natural sería que todos aceptaran sentirse del mismo modo cuando su cráneo enciende a una velocidad incomprensible. Pero les preocupa más defender sus posiciones que entender el lacrimoso estado de un ente como yo, sin fe y con cabeza de bombilla.

“Yo también me encontraría tan solo si mi cuerpo fuera transparente como el tuyo”, bromeó una vez uno de mis amigos, pero pensé que sí, me gustaría poder apagarme de vez en cuando. Visitaría la ciudad con un cuerpo de carne y alcanzaría los últimos cines o bares abiertos; dormiría junto a otros cuerpos hasta el despunte de la mañana, interpretaría algunos cuadros como los demás los interpretaron, y mi madre no vendría por mí, como algunas veces, para ocultarme en el fondo del armario.

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