Soliloquios: Domingos

Por: Jorge Meneses

Al niño no le gustan los domingos. Los detesta. (¿Verdad que los detestas, mi rey?) Toda la semana hace planes imaginarios para esconderse de los domingos.

Hay personas que detestan las calabazas, los payasos, detestan bañarse, hacer la tarea, el sonido que hace el gis sobre el pizarrón, el sabor de una cuchara de metal, levantarse temprano… bueno, el niño también detesta todo eso. Eso y la iglesia, al  padre Cadena y a Jesucristo; también que en la escuela le digan el cebollitas. Todo eso y al señor que le corta el pelo, la ropa apretada y a mamá, pero a ella sólo los domingos… y ayer también, porque le quitó su dragón y lo escondió.

El niño abre los ojos y sonríe luego del sueño que tuvo. En el sueño estaba Paulina, la niña de sexto que está en la escolta. Soñaba que el maestro Ramírez, monstruo gigante de diez cabezas, la tenía en sus manos dispuesto a comérsela. Paulina gritaba pidiendo auxilio y fue entonces cuando él llegó volando, se transformó en lobo y la rescató. Ella, agradecida y enamorada, le dio un beso en la mejilla mientras el sueño se disolvía lentamente y él abría los ojos. (Cht cht, escuincle, deja de sonreír así. Pareces tarado, güey; además, ¿ya sabes qué día es hoy? Ajá, hoy es domingo). El niño deja de sonreír. Y ahí está mamá, gritando que ya es hora del desayuno. No le gusta que su mamá se ponga de domingosa.

Para empezar, primero: Melvin. (El pinche Melvin, por favor. Ojo, chamaco, yo sí puedo decir groserías ¿eh? Tú no). El elefante que aparece en la caja de los choco crispis, que el recordaba gordo, está hecho un palo y el niño se lleva chico sustote. Sin embargo, más que el susto, le queda la incomodísima sensación de que todo mundo puede estar flaco; todos menos él. Segundo: Los choco crispis no le saben igual; no son tan chocolatosos como lo son los sábados. Los domingos son un triste engrudo color caca. “Sí, eso son estos choco crispis: caca”, piensa el niño. Tercero: No puede ver Los Vengadores: Los héroes más poderosos de la tierra, porque su hermano ganó el control. (Pinche chamaquito, como si no supiéramos que lo hace a propósito). Y la neta es que el niño podría acomodarle un buen golpe en el brazo a su hermano (¿Golpe? Nel, que le parta su madre por castroso), pero también es neta que si el hermanito llora a quien se van a surtir rico es a él. Mal domingo, mal domingo.

Tiene comezón en el cuello. Es por la playera que usa para dormir. Siente que el cuello de la playera es de zacate, que se encoge y lo ahorca. El niño lo jala y lo estira hasta aguadarlo, hasta que se escucha que la tela se ha esforzado al máximo y se va a romper. Le incomoda el roce de la playera con su pancita porque lo hace sentir gordo; enojado, no le basta con el cuello y comienza a jalar y a estirar toda la playera hasta aguadarla. (Pinches playeras, ya no las hacen como antes, ¿no es cierto, mi chavo?) “Sí, pinches playeras”, dice el niño, ” ay”, exclama avergonzado y se lleva las manos a la boca, pero su hermano no lo escuchó. No escuchó que dijo pinche. El hermanito está embobado viendo la tele mientras come el triste engrudo color caca que a él sí le sabe a choco krispis chocolatosos. Tan sabrosos que tiene leche chocolatosa hasta en los cachetes. (Morro, mira a tu carnal, mastica bien macizo, como vaca pastando).

Termina el desayuno. El agua está lista. Mamá llama a los dos hermanos para bañarlos. Primero encuera al pequeño, que luego de estar en pelotitas, tirita. Luego lo encuera a él. Pero por lo menos él ya tiene edad para bañarse solito. “Mamá, ya estoy grande, puedo bañarme solo”, rezonga. Mamá lo mira con los párpados entrecerrados. “No, todavía no, no te sabes lavar la colita, y luego te dejas mugre en los codos”, dice mamá, tajante. (Pum, en la madre, güey, jeje). El hermano pequeño juega a que es un avión y así se mete al baño: con la boca haciendo de motor ruidoso y los brazos extendidos a manera de alas, la pancita de fuera y el penecito brincando de arriba a abajo. Pero él, incómodo, se mete con la toalla cubriéndole todo el cuerpo. Se avergüenza de sí mismo, de que la pancita se le mueva con cada paso que da.

El niño está esperando su turno para ser enjuagado. Enjabonado, está fuera de la regadera mientras mamá enjuaga al hermano pequeño. Está ensimismada en su tarea. Quién sabe qué le pasa por la cabeza: renta, divorcio, comida, luz, gas; quién sabe, pero se olvida del niño y éste sigue esperando su turno. De repente una pompa de jabón le crece en la mejilla, pero así como crece se le revienta. La explosión provoca que se le meta jabón en un ojo, luego en el otro. Grita. Mamá se percata, por fin, de su presencia y rápidamente saca al hermano pequeño fuera del agua y lo mete a él. Pero lo mete tan de golpe que no le da tiempo al niño de cerrar la boca luego del grito que pegó, y entonces jabón y agua se le meten hasta la garganta. De veras detesta los domingos.

Mamá está cambiando a los hermanos. Les pone lo que considera apropiado para un domingo, pero al niño no le gusta la ropa recién lavada. Es dura y áspera, aparte de que le queda justa y le hace creer que está engordando. Sin que mamá lo note, el niño estira la playera hasta aguadarla y hace lo mismo con el pantalón. (Éjele, te estoy viendo, morro). El niño desiste de sus intentos de estar cómodo.

Afuera el sol es bestial. Mamá lleva paraguas para dos: para el hermano pequeño y para ella, porque como el otro ya está grande tiene suficiente con una gorrita. (Ajá sí, para lo que le conviene, ¿verdad?, vieja mula); pero el sol es bestial. No importa, mañana será lunes y no domingo, y el niño verá a Paulina. La verá aunque nunca le haya hablado, aunque ella ya vaya a salir de la primaria. “Sí, mañana veré a Paulina y ahora sí le voy a hablar”, piensa. (Órale va; cámara, mijo, pero recuerda que tu jefa va derechito al peluquero. Haz algo, güey, deja de sonreír como tarado).

El niño camina despacito para prolongar el recorrido. “Ojalá el señor esté enfermo”, piensa. Camina más despacito para darle oportunidad al peluquero de que se enferme. De que le caigan mal los tacos, tenga que cerrar la peluquería y a él no le corten el pelo; así mañana va a la escuela sin estar pelón y no se siente inseguro, así chance Paulina lo mira. (¿Y tu nieve de qué la quieres, mi rey?). Porque “a ella le gustan los niños con cabello largo”, escuchó una vez decir a una de sus amigas.

—Apúrale niño ―ordena mamá, tomándolo de la mano y sacándolo de la ensoñación.

El plan se fue al carajo y ahí tienes al niño yendo al paso que marca mamá.

—Buenas tardes —saluda mamá al peluquero—. Ya sabe, como siempre: casquete corto, por favor.

Se ha dictado sentencia y al niño le tiemblan las piernitas. Quiere echarse a los pies de mamá para suplicarle que no lo haga, que se va a portar bien; que le va a regalar todos sus domingos con tal de que no le corten el cabello.

 —Sí, cómo no, madrecita —contesta el peluquero, limpia la silla, extiende la bata, la sacude como capote de torero y con un gesto invita al niño a tomar asiento.

La máquina pasa de aquí para allá, talando el cabellito y al niño se le llenan los ojos de lagrimas que se va tragando poco a poco mientras se mira en el espejo y se va viendo cada vez más pelón; cada vez más siendo el cebollitas. “Odio al pinche mundo”, piensa, furioso, pero luego se arrepiente de pensar palabras altisonantes y se ruboriza. Debería ser delito cortarse el cabello; debería ser delito ser pequeño e impotente; debería haber un grupo de auto ayuda para niños; un tratado que explique lo que piensan los niños cuando se quedan ensimismados; un dios particular para cada niño, o un niño general para cada dios; debería haber una nación de niños.

 —Gracias —dice mamá al peluquero luego de terminar con él.

Le toca al hermano pequeño, y éste se levanta de su asiento siendo un dinosaurio que destroza todo a su paso. Una señora quiere agarrarle los cachetitos y el dinosaurio por poco y le arranca la mano (pinche mocoso cabrón, un día de estos te van a sorrajar un fregadazo de aquellos). Pero apenas el hermano pequeño toma asiento se queda dormido y mamá tiene que sostenerle la cabeza para evitar que el peluquero le pase a traer la mitad de la oreja.

El niño tiene todas las lágrimas atoradas en su garganta. Está sentado al lado de su mamá con los brazos cruzados. De frente, tiene el espejo que refleja su imagen; su otro yo. El espejo le devuelve la imagen del cebollitas. Pero todavía falta la última humillación a la que mamá lo somete los domingos.

Suena una campanada; la misa está por comenzar.

El padre Cadena hace acto de presencia y todos en la iglesia se ponen de pie, excepto él. No se quiere levantar porque todo mundo verá que está pelón.

El pelo que cayó en el cuello le pica. Está molesto. Se rasca hasta dejarse rojo y lacerado, y entonces mira a su enemigo de todos los domingos. Está clavado en una cruz. Tiene la mirada perdida hacia el cielo; una corona de ramas y un taparrabos blanco; sangre en algunas partes del cuerpo… y el cabello largo.

Con los párpados entrecerrados, el niño mira a Jesucristo con rencor. Jesús tiene el cabello largo y él está pelón. El niño insiste y mira al nazareno hasta que de repente Jesucristo gira la cabeza hacia él, le guiña el ojo y sonríe.

 (¿Qué me ves, pelón?). El niño mira en derredor; nadie se dio cuenta de que Jesucristo habló. (No te hagas, si bien que sabes que te hablo a ti, mi rey).

Jesucristo, como si estuviera en un comercial de champú, mueve la cabeza en círculos. Su cabello, antes de porcelana o sepa la chingada de qué, se vuelve ligero y sedoso. (¿Qué, te gusta mi cabello, mijo?). Luego saca la lengua y la mueve de arriba a abajo rápidamente mientras bizquea y una sonrisa deforma su rostro.

El niño cierra los puños y aprieta los dientes.

—Padre nuestro que estás en los cielos… —comienza a rezar el padre Cadena con las manos al aire.

([…] a mí me gusta andar de pelo suelto […]). Jesucristo está cantando mientras agita la melena ante la mirada furibunda del niño. (¿Qué, pelón, tú no puedes?). Pregunta y se ríe. El niño esta conteniendo el llanto.

—… perdona nuestras ofensas, así…

 (Pelón, pelonete, cabeza de cuete).

—… líbranos del mal…

Jesucristo se acerca al niño.

(Ese pelón, cara de mi huevo izquierdo).

—¡Ya cállate, pinche pendejo! —grita el niño con todas sus fuerzas y comienza a llorar a moco tendido mientras abraza la pierna de mamá, que quién sabe en qué pensaba: renta, comida, divorcio, gas, luz, agua; quién sabe, pero mamá reacciona, se agacha y abraza a su hijo.

—A ver, ¿de quién es ese chamaco lépero? —pregunta el padre por el micrófono.

—Lépera tu madre, cabrón —grita mamá.

Luego toma a sus dos hijos y sale de la iglesia.

 (Uy, creo que se enojó la reinita).

Jesucristo está escondido detrás del padre Cadena, que permanece mudo.

—No chingues, Chucho —dice el padre Cadena, dirigiéndose a Jesús—. Te pasaste de lanza con el chamaco.

(Cha, pues ya ni modo, que se abriguen si tienen frío).

Afuera, mamá alza la cara al cielo mientras el sol calienta su rostro. El de las nieves grita que ya se va que ya se va que son las últimas, que las de limón están bien sabrosas y saluda al que vende rebanadas de pasteles. El que vende rebanadas de pastel le devuelve el saludo al de las nieves mientras monta su changarro porque la misa está por terminar. Los bicitaxistas se acercan al de los pasteles y se los chulean pero pasa una morra con unos pantos bien acá y se ponen a chulear su mercancía. Uno de ellos se atreve y quiere tocar. “¡oh, si no compra no mallugue!” le dice la morra al chaneque. El chaneque alcanza a vislumbrar que la gente está saliendo de misa y les da el pitazo a los demás para que accionen que ahí viene la gente. Mamá baja la mirada hasta sus hijos y se concentra en el más grande.

—Perdóname, bebé. He sido muy tonta. Llegando a la casa te devuelvo tu dragón. Está amarrado en el patio de atrás. Nada más no dejes que se haga pipí en los sillones, ¿me lo prometes? —dice mamá, agachada frente al niño.

El niño la mira, asiente, se limpia sus lagrimitas y sonríe enseñando todos los dientes. El sol comienza a ocultarse anunciando el final del día. Mientras la gente sale de la iglesia, el hermano pequeño se le va encima a una señora que quiso agarrarle los cachetitos; el padre Cadena pone ojos como de huevo hervido porque Jesucristo está en la entrada de la iglesia despidiendo al niño. (Adiós, mi rey).

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