Italians do it better

Imagen por Oliver Terrones

“¿Quién es ese imbécil? Soy yo”.

Piergiorgio Bellocchio

“Existen los imbéciles superficiales y los imbéciles profundos”.

Karl Kraus

Estaba desayunando, como todos los sábados, cuando choqué con el rostro noblemente envejecido —casi de antiguo senador romano— de Andrea Camilleri, uno de los apóstoles del midcult made in Italy, quien ocupaba la portada del suplemento cultural más leído en el ámbito hispánico. La ceniza de mi puro se cayó en la taza de café, así que no puedo saber si el reflujo fue provocado por el agravio a mi supuesto buen gusto literario o por mi habitual torpeza. De todas formas, la fotografía de ese apacible nonagenario me recordó el encumbramiento de una obra francamente mediocre, cuya fortuna global ha encontrado un caldo de cultivo inmejorable en la nefasta hegemonía industrial de los indigeribles “guisos novelescos” (Gianni Celati), en la inaguantable trivialidad de la corrección política y en el inevitable colapso —por síndrome de agotamiento— de la crítica literaria y la Kulturkritik. Hoy día nos deleitamos, en cambio, con las tesis de licenciatura, de maestría y de doctorado dedicadas a la obra de Alessandro Baricco, con los simposios en honor de Umberto Eco y de su “Sopa Medieval” (Piergiorgio Bellocchio), con los proyectos de investigación inspirados en Gomorra (el libro, la película, la serie televisiva, qué más da).

Mientras tanto, Giovanni Comisso, Antonio Delfini, Luigi Meneghello, Paolo Volponi, Goffredo Parise y Gianni Celati yacen —con loables excepciones, naturalmente— casi olvidados en las estanterías de las bibliotecas universitarias, entre el polvo y el desasosiego. Por no hablar de los grandes críticos literarios, de los ensayistas más imprescindibles —por ejemplo, Sergio Solmi, Roberto Longhi, Emilio Cecchi, Giacomo Debenedetti, Cesare Garboli, Giovanni Macchia—, que sobreviven ocultos en la clandestinidad de alguna biblioteca particular.

La sonrisa siniestra del populismo cultural, que nos acecha junto con su camarada histórico, el esnobismo de masas, no es sino la prueba general de nuestro próximo, ridículo entierro. La banalidad y el conformismo habitan felizmente el imaginario desertificado de los herederos de Bouvard y Pécuchet y alimentan la sed de distinción simbólica que caracteriza su empobrecida relación con lo que antaño se solía llamar juicio de valor.

¿Soy demasiado nostálgico? No lo creo, nunca he conocido otra realidad, al fin y al cabo no tengo nada que añorar. Además, el exceso de atrabilis me lo impide. ¿Parezco apocalíptico? Tampoco lo creo. En la actual “estación meteorológica del fin del mundo” (Karl Kraus) no hay espacio para la grandeza desesperada del milenarismo. Lo nuestro es más bien la eutanasia narcotizada.

La compraventa de disfraces intelectuales convierte incluso los mesianismos revolucionarios y las teologías negativas —ese matrimonio contra natura entre Benjamin y Heidegger, hoy en día tan en boga— en juguetes de temporada. Si es que todavía existen los intelectuales —pero no estoy nada seguro de que sea así—, los podríamos dividir en dos categorías: los apocalípticos-integrados y los integrados-integrados.

Los primeros nos ofrecen desde hace décadas el dudoso placer de la regresión y acaban por vendernos muy caro su nihilismo barato. Los segundos nos entretienen con el espectáculo de su cursilería y nos invitan a disfrutar sin complejos los territorios exóticos de un turismo cultural apto para todas las edades del hombre: las transgresiones de cartón piedra, los paladares atrofiados, que se lo tragan todo sin retener nada, la gimnasia genital disfrazada de erotismo, el exhibicionismo impúdico y masificado, los dilemas maniqueos de la novela negra, la inofensiva violencia de papel de la narco-literatura, el plagio pseudo-expresionista de los argots y los dialectos como estafadora garantía de estilo y autenticidad…

Mi dispepsia crónica no me permite leer la mala literatura, y menos aún la falsa buena literatura. Es la única virtud que me reconozco. En todo lo demás, mis cualidades y mis costumbres pertenecen a la medianía nada excepcional de una especie en irreversible decadencia. ¿Cómo avivar, pues, el rescoldo de estos fuegos fatuos que tan sólo representan la exhalación nocturna y solitaria de un desconcierto originario? Careciendo de cualquier teoría o ideología, no puedo sino encomendarme a la idiosincrática legitimación de la única consigna moral y estética en la que sigo, a pesar de todo, creyendo: “Limitar la deshonra” (Piergiorgio Bellocchio).

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