Reminiscencia: Gregor von Rezzori

 

Quizás en los momentos finales de nuestras vidas intuimos (torpemente) lo que fuimos. En esa revelación se sabe que hemos habitado ciudades y momentos que jamás nos pertenecieron. Las ciudades y sus existencias nos sobrepasan, terminan derrumbándonos

Escribe Karl-Markus Gauss: “¿Quién fue Gregor von Rezzori? […] Un hombre que, en los ochenta y cuatro años que vivió, vio infinidad de ciudades y países y se deshizo con ademán despreocupado de algunas de sus convicciones, como sin estas fueran vestidos gastados que hacia tiempo merecían ser sustituidas por prendas más elegantes”.

Tzvetan Todorov bosqueja en su  ensayo “Los abusos de la memoria”, la relación memoria-sociedad. Según Todorov  “la representación del pasado es constitutiva no sólo de la identidad individual —la persona está hecha de sus propias imágenes a cerca de sí misma—, sino también de la identidad colectiva”.

Resulta contradictorio que una sensación tan personal como lo es el recuerdo pueda agruparse para construir el registro de vida de una sociedad. En la colectividad, apunta Todorov, “no corremos el riesgo de ser engullidos por la nada”.

Podemos construir recuerdos que permitan sosegar o desasosegar nuestras existencias. Gregor von Rezzori y su literatura se constituyen de la memoria que nace a partir de aquello que los hombres han arrasado con las guerras. Von Rezzori nacido en Chernovitz, en 1914,   vio desaparecer sus raíces. Así que  construyó desde las ruinas una identidad cargada de pasado: de memoria. Sus libros, los libros que escribió von Rezzori contienen en sí, un pasado, un pasado que no volverá, pero que se ha convertido en literatura. Acaso, en una de las literaturas más potentes del arte de la memoria.

Como otros grandes escritores entre los que están W.G. Sebald, Imre Kertész o Sándor Márai, Von Rezzori se transformó en un viajero (al final de su vida sonreía envejecido en su casa de la Toscana italiana) que parecía buscar lo extraviado y reparar en las minucias que convierten al hombre en un ser bufonesco y contradictorio.

Escribe Von Rezzori en “La muerte de mi hermano Abel”: “el Ello que apremia a un escritor recto y justo a escribir, es él mismo”.

Confiesa después en una entrevista: “Llegué a la escritura por accidente y a una edad madura […] tuve que buscar mi identidad”. La memoria como recurso íntimo se une a ese gran registro histórico y deriva en literatura, eso ocurre en los libros de Gregor von Rezzori.

“El hombre se pone a escribir una y otra vez y no puede liberarse de una sensación de carencia”, apunta Imre Kertész en Un instante de silencio en el paredón;  y dicha afirmación acaso está en consonancia con la escritura de Von Rezzori.  Esa escritura que se rebela contra la historia y contra la memoria histórica para construirse a partir de una vida que es excepcional y que sin embargo le sucedió a cientos de personas. Perderlo todo, como dijo en alguna entrevista von Rezzori: “Construí mi identidad a partir de las ruinas de Alemania”. La memoria surge como la rebelión en un ser que ha sido condenado por un régimen absurdo a la extinción.

En la escritura de von Rezzori, ocurre la rebeldía como búsqueda del origen de eso que se ha perdido para siempre y que sin embargo es vital.

En su “Edipo en Stalingrado” (escrito en 1954), por ejemplo, el lector acude a un performance que muestra la misantropía y la vanidad de un personaje (el barón Traugott)  que finge para terminar sus días inmerso en una sociedad vacía: la representación de Berlín en 1930, que intenta escapar de su inminente caída. Un psicoanálisis gozoso (Freud aparece constantemente, como aparece Aristóteles o Goethe o Rilke, citados con erudición y sin pedantería académica, con toda la maestría de un autor que se divierte analizando a los personajes que vienen y van)

Gregor von Rezzori se detiene con cierta crueldad en la resaca de una sociedad lastimada por el pasado arrasado.

La memoria y el hecho de rebelarse contra la extinción en el mundo se sienten en los libros de Gregor von Rezzori, un memorioso obstinado que recorre una y otra vez su vida y sus vidas posibles.

En Memorias de un antisemita (escrito en 1950) el personaje que empieza a observar el mundo, un adolescente que va a vivir a casa de unos parientes fuera de su ciudad natal dice: “la abrumadora certeza de vivir en un mundo en decadencia y la capacidad de adaptarse a él con un sencillo encogerse de hombros, todo eso estaba por así decirlo en contradicción psicológica conmigo, era una incitación a salir huyendo…”

La abrumadora certeza de ser dentro de una sociedad que ha sido destinada a la extinción. Es esa la idea que persiste en von Rezzori, la decisión de no pertenecer a ese destierro al que condenaron la guerra permanente por poseer.

“En realidad ya todo se ha dicho, eso lo sé, pero también se ha olvidado todo. Se olvida constantemente por eso es preciso decirlo todo nuevamente” la memoria se construye como fortaleza para protegerse de ese desarraigo físico al que los regímenes han condenado (en las guerras, en el Holocausto, en las absurdas circunstancias…) a miles de hombres que sobreviven y asientan en la memoria su vida futura.

En su ensayo “Berlín, siglo XX”, José María Pérez Gay escribe: “A diferencia de otras grandes ciudades europeas como Roma, París o Londres, Berlín fue desde siempre una ciudad sin origen ni destino. Al despuntar el siglo XIX no era sino una pequeña ciudad guarnición: el cuartel general de las tropas de los Hohenzollern—la arruinada dinastía alemana […] Theodor Fontane decía con razón que la grandeza de Berlín consistía en su mezcla étnica, el melting pot alemán: «Los descendientes de los hugonotes franceses, los provincianos checos y polacos, los estonios y, sobre todo los judíos…»”

A lo largo de nuestra vida hemos de construir una geografía. Las ciudades que los hombres edifican en su memoria poseen una geografía palpable. Dichas urbanizaciones existen para mostrarnos que hemos sido lanzados a un abismo al que terminaremos cediendo hasta caer. Ya alguien ha escrito que la vida no tiene más continuidad que una grieta. Quizás la memoria sea una región agrietada por donde se escapan los momentos (felices o infelices) de quienes se aferran a sobrevivir.

Los mapas poseen el atractivo de agrupar un desorden. Ante nuestros ojos se despliegan puntos explorados  por otros mucho antes que nosotros apareciéramos en la Tierra, años y años de descubrimientos, guerras, muertes. La muerte siempre ronda esos mapas mientras aunque memoria se obstina en recordar sus caminos.

En el año de 1914 nació Gregor von Rezzori. Nació en un lugar que ha desaparecido de esos curiosos artefactos: los mapas.  Czernowitz, Bukovina (que pertenecía al Imperio Austrohúngaro) la tierra del hombre que fue von Rezzori y a la que nunca regresó; el mundo en los días de Gregor von Rezzori (quién vivió una temporada en México donde participó en la película ¡Viva María!, de Louis Malle, donde según me cuenta un amigo actuó en un papel nimio como domador o cirquero y llevó unos diarios mexicanos, en donde von Rezzori decía ser el excluido del grupo) fue un mundo que iba en picada.

Un mundo que empezaba a quebrajarse y que hoy mientras todos envejecemos, (como lo ha sido siempre, una fantasía que construimos para salvaguárdanos, un acto de rebeldía y de obstinación) se ha desplomado.

Existen todavía los jardines, y algunas edificaciones gloriosas de los tiempos en que Gregor von Rezzori, quien fue uno de los escritores que Juan Rulfo leyó, tradujo y reinterpretó con pasión, paseaba por las calles de Berlín que era una incitación a la vida después de tanta muerte: “Noche ebria. Un vagabundo acodado en la barra del tiempo, contempla fijamente la negra botella de estrellas, estrellas que brillan como burbujas en la cerveza… Pronto pasará la patrulla policial de las tinieblas… La noche dando tumbos, se aleja. Y luego el día…”

 

El recuerdo es un pecado, escribe von Rezzori.

Aquí todos estamos enfermos de memoria.

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