Urbes globales, modernas y arcaicas

El mirador es un lugar y es un sujeto.

Ver y mirar no son lo mismo (como tampoco lo son oír y escuchar, o tocar y palpar). Al ver recibimos datos ópticos provenientes de los objetos; al mirar cargamos los objetos con intenciones, intereses e interpretaciones provenientes de nosotros mismos. La visión es inocente y meramente sensorial; la mirada lleva siempre una carga: es maliciosa o bondadosa, intolerante o tolerante, indiferente o compasiva. Una cámara de fotos o de videos sólo “ve”; el ojo humano detrás de ella mira y la acciona. Se mira desde un lugar determinado: desde el poder que se ejerce o desde la opresión que se padece, desde el deseo o desde la ataraxia. Quien mira es pasivo en tanto está sometido a estas determinaciones, y es activo como un agente que impone su punto de vista: es un sujeto de ambas maneras.

Postulo tres momentos culturales de la mirada: el de la ciudad contemporánea, el de la moderna y el de la arcaica. En las ciudades contemporáneas la mirada se ejerce casi sin interrupción; pocos entornos están libres de la proyección subjetiva intencionada, interesada e interpretativa, y diversos valores (monetarios, simbólicos, ideológicos…) saturan cada objeto. En las ciudades modernas, sus antecesoras, había más posibilidades de sólo ver sin tener que mirar; grandes espacios públicos y privados estaban libres de estímulos sensoriales y significantes, aunque ya empezaba a predominar la mirada (o la escucha) como actitud valorativa permanente. En las ciudades arcaicas, antecesoras de las modernas, la visión óptica e incluso la visión contemplativa eran moneda corriente; no existía ese ejercicio omnímodo de la mirada que actualmente nos avasalla sin darnos descanso. Había en ellas amplios territorios urbanos y naturales no lastrados por algún enfoque valorativo: el templo, el cielo estrellado, la convivencia grupal…

¿Qué lleva a la formación de ciudades? Nuestra condición de seres gregarios nos impele a fundar caseríos, aldeas, pueblos y ciudades. Éste fenómeno universal e irreversible es llamado sinecismo: la unión de poblaciones que forma un asentamiento urbano mayor. Pero, en realidad, tal fuerza centrípeta es compensada por otra de carácter centrífugo. La sedentarización y el nomadismo, la unificación y la dispersión, la tendencia al arraigo y el sentido de exploración dan por resultado aglomeraciones humanas más o menos grandes, más o menos estables, que se relacionan entre sí. Conservación y cambio son las dos caras de las ciudades: su dialéctica. La Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM), por ejemplo, es una conjunción sinécico-diaspórica  de diferentes concentraciones urbanas: de 22 a 25 millones de sujetos van y vienen en su interior intercambiando ideas, imágenes y cosas, mudando su residencia, imaginando el pasado y el futuro…

Las ciudades arcaicas se establecen en lugares con recursos para la supervivencia: riberas de ríos, zonas fértiles, planicies aptas para el pastoreo y la agricultura. Además, están regidas por fuerzas cósmicas que dan sentido a la vida del grupo y de cada individuo que forma parte de éste. Son arcaicas no sólo porque están en el origen de la vida urbana, sino porque están ligadas a lo originario. Así, Teotihuacán, Ur, Harappa, Atenas, Roma, Cuzco, Beijing y Amarna son ciudades sagradas. Aquí no hay una diferencia importante entre “campo” y “ciudad”: lo urbano está inserto en el suelo, en la tierra; lo rural se prolonga hasta lo urbano. Son ciudades-estado gobernadas centralmente por una clase sacerdotal y un rey, o por un rey-sacerdote. El poder sacerdotal o real es tan invisible como el poder divino que a su vez todo lo rige; el rey es Dios, Dios es el rey. Lo que se ve, se oye y se toca tienen sentido en tanto lo rigen entidades numínicas. No hay mucho que mirar, escuchar y palpar, puesto que todo tiene ya una función y un sentido preestablecidos. La vida y la muerte de cada sujeto están predeterminadas, de ahí las nociones de ananké, dao, logos, tonalli, heimarmené o ta. No es posible ni necesaria la “libertad” en el sentido moderno; todo es como debe ser. Las dimensiones físicas de la ciudad arcaica son relativamente pequeñas (unos cuantos kilómetros cuadrados, cuando mucho), mas sus dimensiones cósmicas son inconmensurables, dada su conexión con la totalidad. Es por ello que rebasan la escala humana.

Las ciudades modernas pueden establecerse en cualquier lugar: si carecen de recursos de supervivencia, los obtienen de otro lugar y los llevan hacia su interior. Se rigen por gobiernos —civiles o militares— más o menos representativos, indiferentes a valores numínicos y que requieren una legitimación social, humana. Aquí el valor de lo eterno es reemplazado por el valor de lo pasajero, de lo que está de moda y es cambiante: lo único permanente es el cambio y la novedad. Hay una fuerte diferencia entre “campo” y “ciudad”: el primero es proveedor de materias primas, de mano de obra; es un espacio de solaz, de descanso y “pureza” natural. Sigue habiendo un poder religioso, pero suele estar separado del poder político. Cada ciudad moderna, desde la más grande hasta la más pequeña, funciona como núcleo de una región, un municipio o un país. Hacia ella confluyen bienes materiales e inmateriales: personas, recursos agrícolas, informaciones, ideas, creencias, actitudes, símbolos, valores…Y de ellas dimana lo mismo hacia otras regiones y ciudades. Existen (sobre todo en Occidente) los países como naciones soberanas con un territorio más o menos definido, una lengua más o menos oficial, un sistema de gobierno más o menos establecido, etc. Ahí, la racionalidad de la mirada que todo lo escruta desemboca en la observación científica.

Cualquier habitante de una ciudad moderna puede recorrerla —a pie o en algún vehículo animal o mecánico— y tener la clara sensación de que con su cuerpo físico individual la abarca por completo, en una o en varias jornadas. Se experimenta con ello una apropiación de la ciudad, del pueblo o del villorrio: éstos tienen una escala humana. Las cosas y los espacios están en un lugar; el lugar es algo fijo y cada cosa se fija en un lugar. Las personas, a su vez, tienen un lugar; son de un lugar; pertenecen  a ese lugar. París en el siglo XIX, Nueva York en su fundación, Hong Kong, Brasilia, Tijuana… fueron concebidas como ciudades modernas.

Las ciudades globales son nodos en una vasta red que puede ir incluso más allá del propio planeta. Lo que afecta a cada uno de estos nodos repercute de un modo o de otro en el conjunto de la red. Por su alta sensibilidad, funcionan como una telaraña tejida simultáneamente desde distintos puntos. La ciudad global es en realidad una sola y abarca todo el planeta: dentro de ella se habla distintas lenguas, se profesa distintas religiones e ideologías. Aprovecha las ventajas de las ciudades modernas —obtención de recursos de supervivencia, funcionamiento eficiente, centralización político-económica. Ahora la distinción entre “campo” y “ciudad” ha dejado de ser muy importante, pues en cualquier lugar se está “conectado”. Su gobierno nominal está ubicado centralmente, como en las ciudades modernas; pero en los hechos su gobierno es transnacional y está conformado por tejidos mundiales de poder, sin centro definido. La ciudad contemporánea ha rebasado los límites de la escala humana que caracterizan a la ciudad moderna. Pero también se distingue de la ciudad arcaica, pues ya no se basa en una conexión cósmica sagrada y numínica: su inconmensurabilidad es sólo física. Para funcionar no necesita referirse a ningún orden divino, ya que la vida de sus habitantes carece de un sentido supra-humano. Hay urbes globales dentro de naciones más o menos “pobres” (el D.F., Quito, Buenos Aires, Lagos, Dehli…) y urbes globales de naciones mas o menos “ricas”(Los Ángeles, Frankfurt, Shanghai, Sidney, Tokyo, París…)

Algunas ciudades arcaicas han desaparecido o existen como ruinas abandonadas: Teotihuacán, Angkor, Tiahuanaco… Otras están dentro de ciudades modernas que a su vez están dentro de ciudades globales. Lo que era sigue siendo; lo nuevo se superpone a lo anterior sin eliminarlo. En una ciudad como el D.F. conviven como muñecas rusas las poblaciones tradicionales —con sus tradiciones a veces milenarias—, los asentamientos modernos y las redes informacionales contemporáneas de alcance mundial. Las primeras están “dentro” de las segundas y las segundas “dentro” de las últimas. La actual ZMVM comprende ciudades y pueblos antes separados entre sí: Coyoacán, Ciudad Satélite, Ciudad Nezahualcóyotl, Naucalpan, etc. Dentro de todas ellas está la ciudad que estaba antes: La Gran Ciudad de México, capital de la Nueva España. Y más adentro, en el primer estrato, se encuentra lo que estaba inicialmente: la Gran Tenochtitlan, Texcoco, Xochimilco, Tlacopan, etc.

Lo que era y estaba todavía es y todavía está. La Roma arcaica está dentro de la Roma moderna, que a su vez está dentro de la Roma globalizada. Son la misma porque todas se llaman “Roma”. Mi casa sigue siendo mi casa, aunque a lo largo de décadas haya sufrido múltiples modificaciones: ya no tiene el mismo color en sus paredes, su fachada fue remodelada, alguna vez se colapsó su techo y fue sustituido por otro nuevo, la puerta de entrada de madera su sustituyó por una metálica, se demolió una habitación y se levantó una nueva en otro lugar del mismo predio. ¿Es la misma casa? Lo es porque está en el mismo sitio y porque la llamo “mi casa”. La casa paterna de Goethe en Frankfurt es la misma que habitó Goethe, porque está en el mismo lugar de la misma calle y porque sigue llamándose “casa de Goethe” —aunque ninguna de sus partes (excepto un trozo de barandal y dos o tres gradas) sea original, pues quedó hecha añicos por un bombardeo.

¿Se puede cambiar de sitio una casa? Alguien puede llevársela de un lado a otro. ¿Se puede cambiar de sitio una ciudad? Sería una gran mudanza. Un amplio arco va desde la era en que unas hordas humanas —dispersas y desconectadas entre sí— vagaban por inmensos territorios y eran susceptibles de desaparecer en cualquier momento víctimas de un medio inhóspito, a la era actual en que hemos invadido casi todos los rincones de la Tierra y ya queremos aventurarnos a otros planetas.

En cuanto a las imágenes (visuales o no visuales, materiales o inmateriales) y a la escritura, su estatus ha cambiado en correspondencia con cada momento de las ciudades. En las ciudades arcaicas no hay literatura como la entendemos hoy; hay narrativa y poesía orales. Lo que se escribe (sobre tablillas, sobre muros de piedra, etc.) es una enunciación del orden cósmico o del orden social —dos caras de una misma moneda— y de ningún modo es una “obra literaria”. En las ciudades modernas hay mucha literatura, muchísima. La literatura está confinada a ese objeto silencioso llamado “libro”, con sus páginas bidimensionales y seriadas. En las ciudades contemporáneas la literatura abandona el libro y la linealidad: sus soportes son virtuales y carecen de centro narrativo, de línea argumental. La todavía llamada “literatura” se vuelve una red textual sin límites físicos discernibles.

Pero a estas últimas cuestiones me referiré en algún otro momento

Por ahora el mirador se cierra, se despide.

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