Ex Captivitate Salus

Imagen por Larissa P. Moreno

“¿Tú quién eres? Tu quis es? Pregunta abismal”.

Carl Schmitt

“La vida de un viejo es verdaderamente salvaje”.

Italo Svevo

“No tengo ideas en este momento, tan sólo tengo antipatías”.

Leo Longanesi

“Amigos, respetad lo incomprensible, respetad a los imbéciles”.

Italo Tavolato

Mi abuelo nació el 21 de enero de 1913. Aunque pueda parecer un accidente biológico -las moléculas enloquecidas que se sublevan con ahínco reaccionario en contra del inevitable desgaste de la materia-, acaba de encarar sus 103 años con plena integridad física, mental e intelectual, salvo unos problemas menores en las rodillas, efecto secundario de tantas décadas de esquí y de caídas de la motocicleta. Siempre le he envidiado su cálido apego a la vida, esa sensualidad proteica, algo macarra e impulsiva que ha caracterizado, que caracteriza -no me queda más remedio que reconocerlo- su trayectoria excesivamente dilatada. No comparto, no puedo compartir la mayoría de sus ideas, nos divide una insalvable distancia entre visiones del mundo trágica o cómicamente contrapuestas: yo soy un hijo legítimo del desencanto posmoderno, un intérprete consumado -cansado y cansino, sobre todo para mis estudiantes, cuya inocencia no siempre logro preservar- de la mueca escéptica. Suelo actuar según el guion raído de un entramado retórico que después de la borrachera teórica del post-estructuralismo ha encontrado en el coma etílico de los aciagos Cultural Studies su apretado carnet de baile: sí, me refiero precisamente a las sesudas investigaciones acerca de las recetas de cocina, de las series televisivas y de las canciones pop que nos devuelven nuestra buena conciencia y nos indemnizan a diario a través de una cita más o menos malograda de Lacan, de Foucault, de Lyotard o de Baudrillard. Cuando nos va bien. Si nos va mal, nos enfrentamos a los chistes revolucionarios de Slavoj Žižek o a la revolución-chiste de Toni Negri.

Es la eutanasia de la crítica -que diría Mario Lavagetto-, y ni siquiera tenemos vela en su entierro. ¿Cómo no añorar el siglo de mi abuelo, a la vez tan terrible y grandioso? ¿Ese siglo del que apenas pude saborear algunas rancias migajas? Tempus edax rerum.

Bastaría con unos ejemplos: a comienzos de 1913, cuando mi abuelo se dedicaba a su primera lactancia, Marcel Proust estaba terminando de escribir Du côté de chez Swann, Karl Kraus arreciaba -como una tormenta francamente molesta- con poética perseverancia en Viena, Franz Kafka le escribía sin cesar a Felice Bauer, Robert Musil imaginaba el porvenir de su obra maestra y en Trieste Italo Svevo conversaba con su profesor de inglés, el «mercader de gerundios» James Joyce. Nosotros, en cambio, hemos vivido nuestra séptima u octava noche de Walpurgis, asistiendo a la visita del Papa, a la enésima captura de uno de los empresarios más globales (¿otro Papa?; ¿nuestro Anticristo?; ¿el faustiano «Señor Microcosmos» que nos merecemos?), al Bildungsroman de una actriz (y de su tequila, supongo) no precisamente sobrada de talento, a la habitual, agotadora letanía de los muertos y al tétrico carnaval del agravio, la corrupción y la desidia.

Cuando el destino auténtico -el que desprende la contradictoria plenitud de un sentido problemático- ha dejado de existir, hay que encomendarse sobre todo a la escatología, en ambas acepciones, tan sólo así podremos gozar de las postremas, macilentas mitologías populistas, mientras aguantamos las coprofilias del espectáculo, con todos sus errores, con todos sus horrores.

Mi abuelo sigue vivo, a pesar de todo. Sus ideas inevitablemente equivocadas pertenecen a otra constelación histórica, caduca y anacrónica como él. Sin embargo, me provocan cierta culpable nostalgia, me permiten imaginar la textura paradójica y herética de una palabra radicalmente libre que nuestra vida cotidiana ha extirpado de una vez por todas de su cuerpo enfermizo. Hoy en día no se puede bromear con las metástasis. ¿No es algo pobre, algo trivial esta libertad que reivindicamos y alabamos cada día por deber de oficio?

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