Soliloquios: Aficionados a la muerte, por Pável Romero Solís

Por: Pável Julián Romero Solís

Sucedió en las afueras de mi casa, en la calle de la jardinera enorme, donde enterramos a la langosta que me compraron de niño. Le lindan piedras de cantera volcánica, pues el Ajusco descansa obtuso sobre un pasado de enterramientos súbitos, por eso el verdor de Tlalpan fértil, y la piedra de adormidera que limita el norte con el sur: el cielo con el infierno. Pero se dio que estábamos mi prima Elisa, mi hermana Liliana y yo jugando en la tierra, cosa que sí hacíamos de niños, y me viene el miedo de que se quebró la línea del tiempo conciencial, cuando le tenía miedo a la muerte por convención e influencia, pero este desvelo me trajo de nuevo el misterio de la fábrica y de la tumba; ahora que ya sé lo que sucede con mi desomatización al cortarse el hilo de plata me he unido al grupo de los aficionados a la muerte. El azadón era, una especie de hoz, pero afelpada o similar a un amuleto falso con codos de fraile para alguna danza espiritual en el bosque. Yo desenterraba de mi propia tumba las monedas de Plata Libertad que había ahorrado años antes, la razón de cavar estaba únicamente en el sonido metálico que se daba al chocar el feldespato volcánico de la barda con aquel instrumento musical de los antiguos. Se encontraban empotradas en la tierra de manera dispar, verticales y sucias, pero que había descubierto al cavar con profunda ansiedad. En este sueño buscábamos monedas de diez centavos entre la tierra suelta; con una sensación similar a la de buscar alimentación de bayas en un salvaje bosque apartado. Igualmente bárbaro y alusivo a la arqueología: el perfil estratigráfico de la turba sosa de la carne del suelo, el gris cárdeno del polvo de panteón y cantera, la sobriedad de esas cosas le daban el hallazgo de tumba humana, mi tumba propiamente cavada. Se juntaron en una sola visión los tres tiempos de la historia; los tres estados de conciencia de la imaginación espacial que se puede dar únicamente entre los que se dicen estar despiertos. Ella estaba ahí era mía porque siempre le he dicho a mis padres que si muero quiero claveles rojos de sangre, y ahí estaban ellos también acomodados en las fosas de florales. Además estaba yo orgulloso de mi tumba, la nombraba mía con alegría y sin perturbada calma. Estaba vacía, sin mi féretro, pero gritaba fuerte que era mía. Ella estaba vacía sin mí, pero acomodada para ser mía. Después desperté y siguió todo el ritual de la luz y el sudor de los esperpentos.

Este desparpajo inusual estaba guardado en uno de los grupos de Facebook de Pablo Alanís. Nada estaba escrito con la vena desquiciada del suicida prototípico. A lo mucho alcanzaba los tres likes de los simpatizantes aficionados a la desomatización, sin contar las visitas esporádicas de los lectores espías que pasaban desapercibidos los dedos y las manos por el muro. Lo que se sabe es que acostumbraba poner estados con sus sueños de la mañana o de la siesta (tiempos propicios de la conciencia, según Macrobio, para las revelaciones del astral). Pues desde que había tomado un curso sobre las bilocaciones astrales en la IAC, México, no dejaba de hablar del jardín, de la fábrica, con una manía tal que todos sus memes ambientalistas, socialistas y propagandas a favor de los animales se vieron suplantados por esperpentos: “me vi una noche de Abril cayendo del techo de la Fábrica la Fama”, “me vi danzando en el último círculo de la pirámide de Cuicuilco”, “Lava en el jardín”… Tuvieron que mandarle un inbox a la prima Elisa para que leyera el asunto de aquel del sueño, pero ella no recordaba nada sobre jugar en la tierra. Reconoció, eso sí, que Pablo siempre sufrió de problemas de identidad. ¿Tan fuertes como para que se fuera de la casa súbitamente? Luego apareció como “desconectada”, por rutina, para ya no seguir con aquella fantasía. En los periódicos por supuesto que nunca salió nada de la desaparición de Pablo, porque todos los problemas relacionados con la familia Alanís estaban fuera del interés público. La familia evitó cualquier tipo de comentario sensacionalista en las redes sociales, con el fin de evitar el simulacro de espejos que se da entre los soñadores del internet. Para la policía mexicana, herencia de la burocracia española, tampoco contaban las desapariciones, pues esta era ya una fosa común de muchos pablos. Estaban descartadas todas las posibilidades de abducción; la ultima esperanza era verlo llegar a la casa de alguna de sus caminatas, con alguno de sus cascabeles en los pies, plumas de faisán y tambores. Una frase bastó para que Liliana supiera la decisión romántica de su hermano: Grupo de Aficionados a la Muerte. “Se busca conchero para intercambio ritual, total discreción y gusto por las visiones fuertes”. Y en el espacio de comentarios apareció un like y un “te comento por inbox si gustas, yo estoy listo”.

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