Biblioteca privada en ruinas


Se abre la redoma

Pensemos en un edificio cuyo interior se encuentra casi vacío, no tiene  electricidad ni suministro de agua, con ventanas rotas y puertas destrozadas. En uno de los cuartos de este basurero hay un estante con aproximadamente cincuenta libros. ¿A quién le pertenecen? No importa. Nos acercamos a revisar la colección, encontramos un libro indispensable para  la realización de un trabajo. Emocionados, salimos con el libro en las manos, pero antes de cruzar el umbral un sujeto nos detiene y nos dice que ese libro no puede salir de ahí porque es ejemplar único. Derrotados, volvemos al estante y depositamos el valioso material justo donde lo hallamos. Bueno, eso mismo ocurre en las instalaciones de una biblioteca universitaria: la precariedad del préstamo y ejemplares.

La biblioteca del Claustro de sor Juana es parecida a ese edificio.  Carece de servicios adecuados, tales como la certeza de encontrar material perteneciente a una bibliografía básica. Es sabido por muchos usuarios que en ocasiones no son los directivos quienes se encargan de la lista del material, esas listas provienen de los distintos colegios, los cuales se basan en una lista redactada por la Secretaría de Educación Pública; sin embargo,  no pedimos que tengan a la mano grimorios originales de la edad media, empastados con cuero de cabra negra, pero parece imperdonable no encontrar una segunda edición de la Monadología, por ejemplo. Los intentos por levantarla han sido vanos, debido no sólo a los escasos recursos empleados para su reforzamiento, sino por el mismo desinterés competitivo. Ahora bien, por mi experiencia en aquel recinto he podido darme cuenta que a los profesores se les pide una lista con los libros que necesiten, de esa manera los directivos de la biblioteca pueden buscar dicho material, por desgracia muchos maestros no la hacen  y son los primeros que se quejan de la precariedad. ¿En quién reside la culpa? ¿En el bibliotecólogo o en el profesor?

Por otro lado, cabría destacar que la actual administración emplea acciones nepotistas para la contratación del personal, cuyo interés,  ya no por la literatura, sino por la misma lectura es inexistente.

La pregunta obligada sería: ¿cómo puede una biblioteca privada carecer de material básico, a sabiendas del alto costo de las colegiaturas? Estoy hablando de consultas generales, nada extraño, ningún libro incapaz de conseguirse. Hablo de más obras de Walter Benjamin, Roland Barthes, más ejemplares de Baudelaire y no ediciones únicas imposibilitadas de escaparse por una semana del recinto. Me refiero al hecho de multiplicar lo básico.

Como se ha mencionado al principio otro problema es el tiempo de préstamo. Me cuentan que en Austria o en Colonia el préstamo puede durar hasta tres meses, y la cantidad de libros para llevarse y consultar no tiene un límite. Claro, la comparación es extrema, pero es importante marcarla.  Porque usuarios en el Claustro los hay, bastantes, y  la mayoría sale de ahí con la frustración proveniente del incompleto acervo general, o fatigados porque sólo tienen un día para entregar su trabajo final.

No pretendo criticar el sistema de clasificación, ni las formas de etiquetado empleadas por los trabajadores, hasta he descubierto, tras nueve meses de servicio social, que no todo bibliotecólogo tiene un gusto por la literatura, aunque es comprensible. La bibliotecología es lo mismo que una carrera técnica, puedes aprender las partes que componen un libro, realizar el cutter de cincuenta tomos y aun así la lectura te puede importar un bledo. Aquí hago una aclaración: eso no es lo importante. No a todo policía le gustan las películas de asesinatos. Lo deplorable es el servicio ejercido, tanto por los directivos y sus ayudantes (con sus excepciones).

La carne es triste, y yo no encuentro ningún libro vaquero.

Se cierra la redoma

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