El radicalismo en el siglo XXI: una respuesta

A la columna de la semana antepasada (Ya nadie quiere ser revolucionario) se realizaron dos respuestas, empacadas en una sola entrada. La primera es una discusión sobre la historia reciente y la segunda es una discusión sobre las ideas y premisas en las que se basa un Estado (grosso modo). Voy a responder a ambas, pero considero que la segunda ofrece un terreno más fértil para la reflexión, por lo que me concentraré más en ella. Como en un juego de ajedrez, esta es mi siguiente jugada.

La historia

Esta es una tesis ya conocida: el GOP es, ante todo, un partido radical, no conservador. El conservadurismo no se opone a los cambios que llegan con el tiempo, los acepta, pero busca hacerlos graduales, e integrarlos a la ciencia burkeana del gobierno. No obstante, los hitos políticos de la historia reciente del GOP son el eterno retorno del deseo de cobrar venganza contra la realidad establecida del estado benefactor. Repelerlo, reducirlo y contenerlo ha sido una de las metas más consistentes del ala radical del GOP. Ésta ha sido una cruzada que ha sobrevivido varios gobiernos republicanos (que sufren amnesia al entrar al poder: se olvidan de la meta de acabar con el estado de bienestar), el crecimiento acelerado real y persistente de “los treinta gloriosos” (negar su existencia es sintomático) y varias ampliaciones del New Deal. El otro aspecto crucial ha sido la tentación de reunir iglesia y Estado, en un matrimonio antes roto por los “liberticidas”, los feministas radicales y otros demonios del progresismo de post-guerra.

La inminente muerte del GOP será la consumación de su gradual enemistad con la realidad, llevada a cabo de la mano de sus dos alas radicales, encabezadas por Ted Cruz, enemigo del laicismo, y Donald Trump, enemigo del comercio.

Por otro lado, el éxito (en términos de poder ganado) de la Revolución de Reagan/Tatcher resultó tan grande que la izquierda no tuvo otra opción que desistir de sus posiciones anteriores, ahora percibidas como excesivamente radicales, para poder competir en los términos dictados por los ganadores de la pugna ideológica. En esa maniobra política, se consumó la Revolución de los ochentas en forma de la Reforma de los noventas. Ahora, de nuevo, propuestas como la de Sanders son “radicales” y “socialistas”, mientras que, de nuevo, hace treinta años, eran la base del partido demócrata (o del Old Labour). Un radicalismo ganó y otro perdió.

Las ideas

¿Para qué un Estado? ¿Para qué una democracia? ¿Realmente funciona el primero para limitar otro poder y la segunda para limitar el poder de la anterior, y no más? El debate entre el granestadismo y el minarquismo es la iteración actual de una vieja controversia: la libertad, ¿está dada, allí en el mundo, o se construye? Dilemas de política monetaria y el papel del Estado en la economía en parte surgen de las respuestas a esta pregunta. Una de las posturas actuales, implícita en la democracia como sistema, es que el debate filosófico puede esperar, pero el ordenamiento de lo político no. Por otro lado, la democracia-lógica, además de ser un orden que no existe, más bien adventista, apunta a los absolutos que niegan la persistencia del compromiso, la decisión y la movilización como base de la actividad política y la resolución de conflictos. Sugerir que la democracia se basa en alguna lógica (Dios sabe cual), impone la pregunta por de quién es esa lógica y en cuál cabeza reside.

El meollo del asunto: el libertarianismo radical del GOP (y derivados) son los enemigos de la realidad de nuestro tiempo. La anticuada utopía de la demolición del Estado, y la suma libertad profanada por el pecado original, persiste, pero ahora de mano del libertarianismo. Evidencia se encuentra en la mitología del pecado original (el New Deal), el juicio final (cuando la deuda, el progresivismo, provoquen la muerte del país), etc. El ocaso del comunismo tuvo, en el plano ideológico, por un lado, la confirmación que el futuro de la izquierda va a su rama más arrepentida de sus excesos de juventud. Por otro, la antorcha del resentimiento y enemistad de la realidad pasa a las manos de aquellos que sueñan con las nuevas sociedades (en islas, etc.) liberadas de la impureza del Estado.

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La fantasía de la Internet como sino de la libertad omite un hecho: los servidores, los clientes, los proveedores de Internet y demás empresas, existen dentro del mundo regido por las leyes. No existen en la nada del cyber-éter, pero tienen un domicilio fiscal y se rigen por alguna ley. El entusiasmo de los primeros años de la Internet y sus posibilidades de libertad no fueron encabezados por libertarios comerciófilos, pero por una ala de subversivos y entusiastas que buscaron hacer universales las posibilidades de la Internet, precisamente contra las empresas que lo crearon. El entusiasmo al final se concentró, entre otros, en organizaciones como la EFF, pero en general en un poderoso movimiento en defensa de las libertades civiles y la privacidad como elemento clave de ellas.

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