Treinta años antes: Respuesta al “Ya nadie quiere ser revolucionario” de Kentros

Por: Sergio Mendiola

Imagen por Oliver Terrones

Tal vez te equivocaste en señalar treinta años. Y es que hace treinta años, el mundo de las señas y los dogmas que conocemos se estaba apenas instalando. Eran los turbulentos años en los que comenzaba la debacle socialista. Y no 2016 en donde la socialdemocracia y el postmarxismo a la Corbyn, Iglesias, Sanders, Macri, la MUD, el feminismo radicalizado, la ecología irrefutable o el movimiento identitario están por reemplazar las viejas cartas estatutarias con las que jugamos a la politología.

Hace treinta años los hombres de la izquierda con partido en mano eran Neil Kinnock en Gran Bretaña, Michael Dukakis y Walter Mondale en Estados Unidos, Hans-Jochen Vogel y Johannes Rau en Alemania, cada uno de los nombrados, todos y cada uno eran simplemente la oposición a la apertura económica y desincorporación de industrias del Estado. No quiero decir que ellos fueran la izquierda personificada, quiero que quede claro que provienen de procesos particulares y que son símbolo de lo que el radicalismo no estaba haciendo. Es más, expliquemos un poco comenzando por los más temperados. Del otro lado se encontraban Thatcher, Reagan y las herencias de Adenauer, Erhard y las tesis de Kiel.

Los casos francés e italiano son especiales por no haber tenido cruzadas por la separación de la Economía y el Estado. Dado que desde el principio de la guerra fría fueron gobernados por partidos democristianos, no hubo la presión ideológica contra los defensores del Estado de bienestar durante la ponchadura del keynesianismo. Los renovadores en la década de los ochenta eran los que traían la buena nueva del Gran Estado. Con el colapso de la política económica keynesiana (la conjura de Adenauer y Erhard para la fundación de la Unión Europea funcionó) era lógico que aquellos que la habían implementado fueran desgastados. La tercera vía entre la socialdemocracia y los democristianos fue el populismo del Frente Nacional (Mitterrand exclusivo para galos y francos) y de Lega Nord (Lotta contra la Roma ladrona), el 68 estaba liquidado.

En Estados Unidos no hubo un momento más glorioso para la renovación partidaria. Odio tener que explicar lo que es un partido, pero oyendo un poco la semántica, hablemos de él en términos más sencillos, es la parte políticamente activa de una parte del electorado (o del país si nos ponemos llanos), pero esto no explica para nada lo que tenemos, ¿no es apenas un grupo de individuos asociados para ocupar cargos públicos desde que nació esta institución? Lo curioso es que hay veces en que es una plataforma para otra cosa, los republicanos fueron eso.

Desde Barry Goldwater, Ayn Rand, Milton Friedman, Friedrich Hayek, William Buckley, Ludwig von Mises, Leo Strauss, Robert Nozick o Russel Kirk hasta el AEI, el Cato o el Heritage, los polemistas dieron el marco para que se levantara toda la musculatura liberal del país todo un gran partido que allá se llama “conservador” o “libertario”.

En los sesenta el Partido Republicano era un partido tibio, casi émulo de los demócratas que llevaban la estafeta de la progresía y el Estado de bienestar característico de la época. Cabe mencionar que para los ochenta era indisputable la supremacía republicana. El levantamiento de la musculatura callejera y no cupular culminó con la llegada de Reagan a la Casa Blanca, tirando al último baluarte del establishment en le partido, Ford.

Particularmente en las elecciones internas de la izquierda gringa de 84, Gary Hart, que quedó segundo (35%), criticó directamente a Mondale (38%) diciendo que era un añejo newdealer símbolo de las políticas fallidas del pasado. No hay un ejemplo más grande de lo que la izquierda estaba sufriendo en ese momento apenas cinco años después de la presidencia más socialista en la historia de los Estados Unidos, la de Lyndon B. Johnson y su Gran Sociedad. Mondale hablaba en el debate contra Reagan de acabar con el comunismo en Centroamérica, finalmente ahí está la clave. La revolución era otra.

Pero en este caso particular, hay elementos mucho más interesantes. No sólo es recomendable, sino hasta disfrutable teclear en el buscador de confianza Conservative movies. Clint Eastwood seguro estará presente en las decenas de listas hechas. El tema tan estudiado por los (así llamados, no defenestro) neoconservadores de las virtudes adquiere un sabor muy especial en estas películas. Quien no recuerde el discurso de Bill Pullman en The Independence Day no recordará esa revolución de los ochenta.

Sucede que el gran movimiento intelectual del conservadurismo gringo simbolizó algo verdaderamente cierto. Y atrajo. Y proveyó un marco para sentirse identificado a una estructura política. La versatilidad y la inclusividad del partido llevó al actor Ronald Reagan a la gubernatura de California, o al aventurero George Bush padre a ser quien fue.

Tengo en mente los ejemplos de Mauricio Macri y el PRO en Argentina y Yair Lapid y Yesh Atid en Israel. Partidos de reciente factura que por los modales de las figuras en la cabeza pudieron retomar redes preexistentes y alzarse rápidamente con un poder político que tomó a las viejas estructuras por sorpresa. La visión del partido político representante y activo, a menudo aparece como un diorama. Me parece más fácil tomarlos por su grado de versatilidad, si es que es medible, es más una imagen estroboscópica.

La izquierda radical, revolucionaria, hace treinta años había sido barrida con la crisis de los setenta y el ocaso del Segundo mundo. Es por eso que me he concentrado en dar una pasada a los principales países a los que imagino te referías. Me parece que aquel sistema de representación de partidos jamás fue lo que los marxistas desearon que fuera, ni siquiera los suyos propios.

Quiero decir, que aquella época en la que los partidos eran el espíritu encarnado del pueblo y el vehículo de voluntad popular, jamás existió. Las tendencias de opinión a menudo han sido divergentes a las posiciones de las estructuras gobernantes. Es de políticos hábiles saber leerlas e incidir de manera que la opinión y la política converjan. Ahí es donde radica la política en las democracias representativas.

Leí a Beggs. Es imposible no relacionar su modo de pensar a la idealización política del marxismo. La cuál es completamente dialéctica (trabaja con nociones y no con hechos) y por lo tanto, a menos que sea, como en los sesenta, puramente sensitiva, le auguro una imposibilidad de lectura correcta. Y pues, respecto a la reflexión de la Reserva Federal y el potencial de inclinar sus decisiones al consentimiento democrático, recuerdo haber escuchado también a Žižek aproximarse a la misma crítica contra la tecnocracia. En su caso diciendo que se acerca la era en la que el capitalismo ya no necesite de democracia. Pero no olvidemos que aquellas decisiones tomadas por expertos (como la política monetaria del Banco Central) son meramente atribuciones tomadas por el gobierno en tiempos socialistas y que si la camada de liberalizadores las mantuvo es porque quedaron a medio camino entre el socialismo y el liberalismo.

Por supuesto que son elementos que no le corresponden a decisiones representativas de parte del Parlamento y sus fuerzas “emanadas” del “pueblo”. Esta toma de atribuciones jamás fue diseñada con ese fin. Fue diseñada para que la iluminada camarilla de burócratas instalada en el gobierno (o como en otro tiempo era llamada, la vanguardia del Partido) la operara para que las otras atribuciones y los nuevos ministerios o secretarías (como la política laboral y el Ministerio/Secretaría del Trabajo) fueran correctamente aceitadas. Recordemos el bello elogio que presenta Mr. Keynes, en su prólogo a la edición alemana de 1936, a don Adolfo Hitler y su dirigismo, cito textualmente “No obstante, la teoría del producto en su totalidad que este libro tratará de ofrecer es, por mucho, más fácilmente adaptable a las condiciones de un estado totalitario que la teoría de la producción y distribución de un producto dado bajo las condiciones de libre competencia y en buena medida del laissez faire.” La democracia iliberal no es más que esa quimera correspondiente al consenso socialdemócrata.

Ahora, puesto que Beggs habla de que no hay más opciones en materia económica que la tecnocracia habría que voltear de nuevo a los ochenta. La economía no se deja más planificar porque los números no dan más. Volvemos a lo mismo, el problema es el aparato gubernamental, toda la carga de legislación laboral, la política monetaria (a la que tanto quería Varufaquis hincarle el colmillo), la deuda de pensiones y subsidios a quienes no participan o participaron del esfuerzo general, todo ese teje y maneje de lo que se enorgullecen aquellos que se enfrentan a la austeridad es artificial, es un entramado cuyos hilos sólo puede tocar un hilandero, no están sujetos a decisión pública porque fueron creados en privado, al abrigo del caudillo de preferencia (sí, Europa también cuenta con ellos, Mitterrand al ejemplo).

La realidad es más fuerte que la imaginación. La lógica formal (gasto $6, debo $6) es más fuerte que la dialéctica (el capitalismo entra en contradicción y demás nociones de prestidigitación). Cualquiera que se acerque a causas y efectos descubrirá la sencillez a puro navajazo de Óccam. El gobierno tiene un límite natural en el hacer, si hace demás distorsiona. Las democracias liberales pueden funcionar como reloj suizo (lo hace en Suiza) mientras no se le pida ser el núcleo de un automóvil, si no, el engranaje se va a romper. La democracia moderna se fundamenta en la lógica, no en el deseo, tiene funciones específicas, hacer tábula rasa de estas sólo llevaría a algo que no es una democracia liberal. Tal vez lo que se desea es otra cosa simplemente.

Me llama la atención que digas que “Parte de ello require reconocer que el Estado, en su momento una entidad capaz de dar gran velocidad a la riqueza y a las personas, ha quedado muy atrás frente otras fuerzas, (por ejemplo, la innovación informática)”. No, no y no. Al contrario, cada que el Estado pretende hacer eso, se termina en una crisis que hace decrecer inmediatamente. Los treinta fueron el decrecimiento de los veinte y de 45 a fines de los setenta fue reconstruir lo que la Guerra destruyó. Sí, de 33 a 79 no se generó riqueza, se destruyó y se creó proporcionalmente. La riqueza la hace la gente por mérito propio, el Estado para lo único que sirve en materia económica es para dislocar el mercado.

La democracia está hecha para nombrar administraciones, para determinar quienes van a integrar los contrapesos para preservar la libertad y la propiedad, únicamente. Todo lo demás es el invento de los liberticidas enemigos de las decisiones personales, de los que apelan al colectivo de formas morales e impositivas y de los que buscan el beneficio personal en la administración.

Por otro lado, lo que hemos descubierto es el otro mundo, aquel donde el Estado aún no existe: Internet. Uber es sencillamente la plataforma donde buscas a alguien que te de un aventón por determinada cantidad. Fuera de Uber el Estado regula la cantidad y te dice quién sí te puede llevar y quién no, les exige un pago, los matricula; acá dentro no. Mercado libre y Craiglist funcionan igual, necesitas algo, ahí está; se compra a determinado precio y listo, no opera ningún impuesto, ningún local cuya renta aumente el costo. En un mundo en el que el Estado no existe y sólo quedan los contratos entre las partes, la izquierda se concentra en enviarte causas que apoyar por Féizbuc o Tuíter. La fantasía libertaria se está cumpliendo. El siglo XXI será el siglo de la Libertad.

Liga a la entrada de Ulises Kentros a la que responde este ensayo

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