Probeta: Paseo dominical, por Yarazai Simbrón

Texto por Yarazai Simbrón

“Los espacios se han multiplicado,
fragmentado y diversificado. Los hay de
todos los tamaños y especies, para todos
los usos y para todas las funciones”.

Especies de espacios, Georges Perec

Tomamos la etiqueta que cuelga de cada filamento, la estatua más próxima se activa y llega a nosotros antes de que podamos hacer una comparación sesuda entre el precio de contado y en pagos. Si se ignora la eterna y molesta ambigüedad de la pregunta “¿puedo ayudarles en algo?”, es posible atender a sus variaciones en tono, volumen y ritmo; a través de éstas podemos intuir si el empleado aún conserva su particularidad humana o si ya fue sometido a la homogenización autómata comercial. Ya que nuestra respuesta se reduce a un “sólo estamos viendo, gracias”, el promotor de ventas vuelve a su puesto de observación al mismo tiempo que verifica discretamente el nivel de fatiga en su rodilla derecha; esta acción también nos motiva a intuir que la empresa no lo ha capacitado en el arte de distribuir correctamente el peso de su cuerpo en ambas extremidades.

Examinamos la oquedad en las gavetas de una cocina integral roja pero, en un abrir y cerrar de compartimientos, una voz interrumpe nuestras maniobras exclamando coléricamente “¡Otra vez pelearás conmigo por eso!”. Es inevitable prestar atención a la serie de argumentos y contraargumentos que se desatan a nuestras espaldas; parece que la elección disímil de una campana es un buen pretexto para liberar hostilidades que no atienden necesariamente al ámbito culinario. Son tan frecuentes las batallas conyugales que la sociología de la tienda opta por minimizar estos exabruptos denominándolos “pequeños incidentes que no producen daños a terceros”. Por si acaso, Emiliano y yo nos alejamos de los recién casados rápidamente.

Sin obedecer a la aparente rectitud de los pasillos, avanzamos en espiral hasta llegar a la sección Cocina/Utensilios/Cubiertos. Pasamos revista a la variedad taxonómica de la cuchara: ranurada, entrenadora, termosensible, dosificadora, de aprendizaje, de madera, de acero, para niña, para niño, para postre, para ensalada… Me doy cuenta, con cierto alivio, que la clasificación “para enchinar pestañas” todavía no es rentable. En la sección Cocina/Utencilios/Otros hacemos revista a la variedad cromática de aparentes instrumentos de tortura: pinza para partir langosta y nuez (roja, azul y negra), rebanador de plátanos (amarillo y verde), triturador de ajos (negro y rojo), rayador de quesos (naranja, rojo y verde), exprimidor de limones (azul, verde y gris), cortador de aguacate (verde, negro y naranja), machacador de papas (negro y rojo), descorazonador de manzanas (blanco, verde y amarillo), descorazonador de piñas (rojo y verde)… Es evidente que existe una relación directamente proporcional entre el melodrama en el nombre del artículo y lo cursi de su eslogan publicitario.

Ya que vagar en los departamentos de muebles, cocina, hogar y línea blanca puede considerarse una actividad recreativa inútil, me parece justo elogiar la osadía de Emiliano al proponer este jueguecito como paseo dominical; yo nunca hubiera tenido agallas para sugerirlo. Resulta interesante sustituir la conversión garigoleada que típicamente se usa para intimar por simples y breves charlas sobre licuadoras, tostadores, sandwicheras, extractores, despachadores, batidoras, cafeteras, planchas, aspiradoras, máquinas de coser, calefactores, ventiladores… Los últimos, dicho sea de paso, poseen una peculiar escala para indicar sus niveles de potencia: brisa marina, viento del bosque, ráfaga septentrional… Al parecer en este siglo las escalas numéricas convencionales se consideran un rezago tecnológico.

Es todo un reto hacer pública mi opinión sobre el sosiego onírico cuando un cortejo de camas se extiende alrededor de nosotros. Mi conocimiento empírico indica que el confort de los colchones sólo puede determinarse si se duerme en ellos sin pijama y con el cuerpo en diagonal, rebotar un par de veces en sus orillas no es el método más certero para calibrarlos. Emiliano se sienta en el borde izquierdo de un queen size y yo, todavía avergonzada por invadir su cama individual la noche anterior, me alejo de él para evitar comentarios en relación al tema.

Seguimos nuestro andar curvilíneo. Lavadoras, secadoras, refrigeradores, calentadores, estufas, parrillas termoeléctricas, hornos de microondas, aires acondicionados… No soy beata de las tiendas comerciales pero admito tener cierto gusto por deslizar mi cuerpo en este tipo de escenarios. El tiempo sigue corriendo y para cerciorarnos de no deambular más allá de las dos, Emiliano consulta la hora en su reloj de mano con incrustaciones de vapor de agua. No hay tiempo para explorar las salas pero las vemos de reojo mientras seguimos por el pasillo que conduce a las escaleras eléctricas. Bordeamos los espacios desde una perspectiva poco natural, somos el margen, un linde entre el espectador, la escena y el escenificador; razón por la que es necesario retener en la memoria imágenes de objetos sin uso, de espacios sin dueño, de acciones sin sentido. Aprovechamos las ofertas en “posiciones privilegias para observar”; nos llevamos algunas completamente gratis.

Poco antes de llegar a las escaleras, una mujer con semblante lacrimoso le suplica a su marido gastar buena parte de la quincena en un set de copas; sus lloriqueos son prueba inequívoca de la fe desmesurada por los descuentos en cristalería fina. Luego de que el marido bromeó un par de veces para mitigar la extravagancia pueril de su mujer, éste acepta realizar la compra siempre y cuando el pago se dosifique a seis meses sin intereses. Su performance tuvo tal poder emocional que motivó a otros a profesar los mismos ruegos hacia sus respectivas parejas.

La salida está custodiada por los últimos anuncios publicitarios que una pareja de hipsters interpretaron como sexistas cuando bajamos por las escaleras. La excursión finaliza justo cuando el cerebro me sugiere imaginar que mi acompañante es un vasto armario del que apenas conozco algunas de repisas; sin embargo, erradico dicha idea ya que una frase como “fue un gusto indagar en tus cajones” es tan ridícula que puede traducirse como una falta de cordura o, en el peor de los casos, de decencia. Emiliano y yo abandonamos el establecimiento afirmando la misma idea con la que entramos: un lugar con semejantes precios no es parte de mi vida.

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