Soliloquios: Don Rogelio, por Frida Librado

Texto por Frida Librado

Todos los animalitos tienen una función, don Rogelio lo sabía porque no vivía solo:
tenía diez perros y un montón de gasolina.
Un día me dijo que todos los animalitos tenían qué hacer:
Las lombrices arreglan la tierra.
Los ratones mueren a diario.
Tú, niñita, tienes que subirte a tu casa.

Don Rogelio vivió un año abajo de mi casa, en la otra casa, en la que ya no dejé. No era su casa y tuvo remedio un día que el banco se enteró. Don Rogelio era un paracaidista. Lo desalojaron y remataron la casa.

Don Rogelio y sus diez perros eran, entonces, algo así como náufragos, náufragos sanitarios, aquellos que se reviven todos los días abrazados a sus pulgas.

Me hice animalito porque todos los animalitos tienen una función.
Yo fui uno más de esos que Don Rogelio mantenía en su casa, empecé a comer con ellos la carne cruda.
Antes de comer veíamos la sangre, casi resignada, que escurría la carne y la hacíamos nuestro
amuleto dirigente de todos los fríos de la mañana.
Nos enseñó también a rompernos la mandíbula para gozar
los huesos.

Comíamos de pie y tenía que ser rápido para no sentir la sangre al final del plato. Después me montaban los perros. Uno. Dos. Seis. Finalmente me echaba sobre ellos para volver, luego del sueño, siendo el animalito que esperaba la cena de las manos empapadas con gasolina que Don Rogelio ponía en mi nariz para procurarme humedad.
Mi nariz estaba bien con gasolina fría.
Mi nariz no sentía nada.
Me montaban los perros y mi nariz se secaba a veces.
Algunos perros jadeaban fuerte sobre mi nariz.
Algunos de esos no me montaban.
Me preñaban algunos.

Mi función de animalito era entonces dormir, despertar, comer y estar preñada para sobrevivir la tarde,
por la tarde dormíamos con nuestros ladridos incrustados y
soñábamos las comisuras de la noche.
Todos los animalitos tienen una función
porque sí
es necesario saber que todos los animalitos tienen una función
la mía era permanecer ahí.

Don Rogelio tuvo que irse y nosotros tuvimos que secarnos la nariz por nuestra cuenta.
Yo, por ser el animalito nuevo, tuve una gama de descomposición diferente a la de los diez perros pero asumí que sin Don Rogelio ahí para humedecerme la nariz ya no tenía que quemarme dentro de la casa.

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