Medusa pacheca: primera parte

 

 

Se abre la redoma

 

Para tratar con José Emilio Pacheco me gustaría apoyarme en este fragmento inédito, hasta ahora, que Sergio Pitol tuvo la amabilidad de obsequiarme  (y yo el gran honor de recibir) cuando realicé un viaje al puerto de Veracruz. Reproduzco, a continuación, sólo una parte del texto pitoliano, fugado:

 

Un día de 2014


Espero a José en la estación del metrobús Álvaro Obregón, frente a lo que antes era una casa abandonada y que ahora es una especie de restaurante para aficionados a cualquier deporte menos el de la escritura. Quedamos de vernos a las tres, comer juntos y darles un vistazo a la reedición de su primer libro de cuentos, publicado hace ya varios cabellos de la cabeza. No sé cuántas veces ha venido con las mismas pruebas, diciéndome: “Oye, Sergio, échame una mano huesuda”. Durante la espera observé dos acontecimientos que me parecieron interesantes, no por su relación con los futuros hechos que marcarían, sin duda, mi resignación  a la Ciudad, sino por su comicidad cruel. El primero constó de observar cómo un sujeto, cuya edad rondaba los dieciséis años, era empujado fuera del camión por lo que yo supuse era su novia. Ahí lo dejó, echado a su suerte. Nunca perdió la sonrisa, una mueca vulgar y estúpida, una expresión resignada. El segundo acontecimiento tuvo que ver con una conversación sostenida por dos señoras. Una de ellas argumentaba que si el hospital no quería aceptar los papeles de la aseguradora, ella y el resto de su familia tendrían que buscar otras opciones para seguir con el tratamiento de su familiar.

José nunca llegó. Al otro día regresé a Veracruz, y  fue entonces cuando me enteré de su muerte. El chico de dieciséis años no era Emilio, ni Carlos, la chica por supuesto no era Mariana. Todos vamos para allá, querido amigo, vamos a que nos abandonen en una estación desconocida.

 

Con estas palabras José Emilio Pacheco concluye el prólogo a la reedición de La sangre de Medusa y otros cuentos marginales: “Al adolescente que publicó en 1958 la primera Sangre de Medusa le digo: Aquí termina nuestra colaboración. Hice lo que pude. Ahora tú  lee estos cuentos desde tu perspectiva irrecuperable y dime qué te parecen. Aún tengo mucho que aprender y de verdad tu juicio me interesa”.  Como muchas obras primas, los cuentos de este material adolecen de rapidez, no hay parsimonia narrativa. Las batallas en el desierto es una novela muy leída, sobre todo en secundaria y preparatoria, pero no es la mejor obra que el autor escribió. Bastaría con revisar Morirás lejos para asomarnos a un Pacheco más minucioso, más descriptivo, con un ejercicio narrativo más complejo. Al igual que Las batallas en el desierto, La sangre de Medusa y otros cuentos marginales resulta un compendio estéril, aunque siempre con aquellos guiños eruditos característicos del autor. Su título lo advierte: son textos marginales, son los cuentos arrumbados. Incluso en la cuarta de forros se menciona que el autor no tenía contemplado publicar estos materiales.

El José Emilio Pacheco que conocemos en el cuento  Langerhaus, no es el mismo que leemos en, por ejemplo, El enemigo muerto, de cuya prosa quiero rescatar la siguiente frase: “Ahora que yo también entro en el crepúsculo, me consuela de mi oscuridad y mi fracaso pensar que atravesé la vida como un espectador cinematográfico: he visto todo resguardado por un muro inviolable”. Lo sugerido por el autor en este fragmento es una idea de contemplación sin interrupciones. El proyector del signo continúa su recorrido, sin importar lo demás. Lo malo es esa proliferación de referencias al contexto cultural sin una clave de enfrentamiento. Pacheco no batalla, critica, claro, pero desde una trinchera olvidada, alejada de todo enemigo. El cuento gira en torno a la posición de un intelectual después de muerto. Actualmente, ¿cómo se retoma a Pacheco? Más allá de la idea de la muerte del autor sugerida por Roland Barthes, habría que pensar en la idea de un formato narrativo verosímil, pero incompleto.

Cuando terminamos de leer un relato, un poema o un ensayo, como lectores tenemos todo el derecho de preguntarnos: ¿qué sigue?  Esa idea de que el texto sólo ofrece lo que el autor presenta, el típico “es lo que es” o “no tuvo que decir más”, “no tuvo que ir más allá”, se convierte en pereza disfrazada de supuesta crítica. El lector es otro autor, aunque Boris Groys opine lo contrario.

Regresando al tema de los cuentos precoces, en ellos hay una intención de crear ambientes y situaciones complejos, pero dicha intención no se logra. En cada trama la temporalidad sufre un quiebre, se suscitan finales abruptos. José Emilio Pacheco se interrumpe, se veta a sí mismo. Algo similar ocurre en el Quijote cuando Sancho está contando una historia y, de manera agresiva, otro personaje lo interrumpe y le dice que apure en lo que va a contar. Como en el capítulo treinta uno donde el Caballero de la Triste Figura le replica: “Pasa adelante y acorta el cuento, porque llevas camino de no acabar en dos días”. Al igual que Sancho, Pacheco prosigue rápida y desafortunadamente. Empuja a los lectores a la incertidumbre, exactamente como la chica de la estación Álvaro Obregón.

Por el momento la redoma se cierra, aunque no del todo. Dejamos el frasco un poco abierto para que no se hagan hongos.

Se medio cierra la redoma

 

 

 

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