Soliloquios: Pelea de gatas

Por: Juan Pablo Ramos

Miguel Calderón (1971) nació en la Ciudad de México; se le conoce, entre otras cosas, por ser el fundador de La Panadería, espacio de arte alternativo que tuvo gran auge en los años noventa. Su legado dentro del arte contemporáneo y experimental en un contexto juvenil mexicano es valioso. Según Eduardo Abaroa, «La Panadería no estaba interesada en promover arte legítimo, y para muchos ese era su defecto. Pero, cabalmente cumplió con ser el lugar donde se foguean los artistas jóvenes».¹ Análogo a su trabajo en La Panadería, Calderón fue líder de la banda punk Intestino Grueso. En 1997, Calderón presenta, dentro de la Selección de cine y video independiente, Kitty Fight (ahora adquirido por la Fundación CIAC), video digital que consiste en una secuencia de niñas golpeándose, para después, triunfalmente, peinarse y, dirigiéndose hacia la cámara, alzar el dedo medio, en señal de victoria.

Kitty Fight (1997). 2:31. Fundación CIAC.

Adelantado para su época, el video plantea varias interrogantes que nos son familiares actualmente. Calderón desarrolla varios planos de provocación. En primer lugar, provoca al espectador del museo a cuestionar la legitimidad de la imagen como objeto artístico. Trasladar algo tan anodino, tan no-artístico como un montón de pubertos dándose de madrazos provocaría un enojoso prurito a cualquier devoto del arte serio. El dedo de en medio de las jovenzuelas es, ultimadamente, la burla directa hacia esa clase de espectador.

El segundo plano de provocación reside en la intención escopofílica del video. Las dos lolitas en cuestión, despiertan las pulsiones sádicas del espectador al mirar la pelea y, por debajo de la violencia —y quizá de la falda—, la acción entre los cuerpos. Curiosamente, en el video de Miguel Calderón vemos muchos ojos risueños y adolescentes observando el pleito. Si Calderón trasladara esta misma pieza al 2015, veríamos celulares.

Y es que este video profetiza el placer producido por decenas de videos amateur que hoy en día plagan YouTube. Es suficiente con buscar las palabras pelea, escuela o madriza para descubrir una abundante variedad de videos —todos cortísimos y mal grabados— en los que estudiantes (ya sea hombres vs. hombres o mujeres vs. mujeres) se agarran a golpes afuera de la escuela secundaria o preparatoria (seguramente, por desgracia, también primaria). En algunos casos, como en Pelea de la secundaria 81, las féminas sucumben a la provocación del lente. Puede no haber una rivalidad entre ellas, sino que el jaloneo de cabellos y blusas es un homenaje, casi un tributo, para el internet. Es evidente que bromean, pura parodia y farsa. Entonces, ¿por qué hacerlo?

La fama del video de peleas no es del todo efímera. El contador de visitas de YouTube con frecuencia roza las 100,000 visitas; estos videos, que no tienen propósito comercial, estético o ideológico inicial alguno, se difunden en la web y llegan hasta los puestos de piratería. Los comentarios de los usuarios en YouTube, ávidos de sangre y sexo, por lo regular invalidan la calidad de la imagen o de los golpes (“está reculero el vídeo sólo me gustó porque se les ve el calzón y las chichis”). Sin embargo, algo distinto sucede cuando el contenido de los videos es verídico.

La preparación de estos videos (y lo digo por experiencia, en mis lejanos días de preparatoria) se concibe como un ritual. Agresora A ha recibido una ofensa de parte de Agresora B. A través de un mensajero o, si es muy grave el asunto, de forma personal, Agresora A le hace saber a Agresora B que la reta a un duelo a cierta hora y cierto día, después de haberlo reflexionado. El acontecimiento es esperado con ansias, sobre todo por el público masculino.² Llegado el esperadísimo momento, antes de darle rienda suelta a la danza, las jóvenes se insultan, se rinden cuentas verbalmente, y, tras un rasguño o dos, con ayuda de los gritos encendidos de los espectadores, las gladiadoras terminan en el suelo, sucias y salvajes, con el brassiere de fuera. Al final se separan (casi siempre debido a la llegada del prefecto),  (¡Vaya! Mis amigas de ese entonces, golpeadores profesionales, tres meses después, podían tomarse un refresco con aquella a la que habían sometido ¡Así la naturaleza femenina, lectores!).

El factor determinante detrás de esta puesta en escena, y hacia dónde apunta el ingenio de Calderón, es lo siguiente: las jóvenes se saben grabadas. A través del video remarcan su territorialidad, su identidad, su fama y valentía, y, sobre todo, su visibilidad. De alguna forma, saben que YouTube es una plataforma ideal para darse a conocer, y sobre todo si es sometiendo a otra persona (si es que logran con su fuerza hacerlo). Sabiéndose grabadas, no descartan actuar o aportarle al video elementos más bien artificiosos, casi de telenovela. En el caso de Kitty Fight, la evidente simulación de la pelea y  la repetición terca de las imágenes, enfatizan la cualidad teatral del video. Las teatralidades de la violencia. Planteadas, por cierto, con suma irreverencia.

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Imagen anónima

Still de Pelea de la secundaria 81. Fuente: anónimo. Disponible en YouTube.

El gesto de irreverencia ha sido una constante en la obra de Calderón. Como en la serie Empleado del mes (1998), en la que le pidió al cuerpo de intendencia del MUNAL que recrearan algunos de los cuadros de la colección. Esta serie de tableaux vivants llevaba dentro de sí una crítica mordaz para la institución museística. De esa forma, Miguel Calderón dialoga —ya sea produciéndolos o promoviéndolos— con aquellos productos artísticos ilegítimos, o aquellos que no son acobijados bajo el ala de la Historia del Arte. «Calderón representa una generación de artistas cuyas investigaciones, experimentos formales, y empresas conceptuales precisan el cultivo de una actitud feroz (…) Su obra demuestra que el arte serio puede tratar temas (…) de una manera entretenida».³ La irreverencia, dicho sea de paso, se remonta a la infancia del artista. Dice Calderón: «En la primaria entretenía a toda la clase haciendo caricaturas del maestro de Matemáticas con trenzas saliéndole por la nariz y gracias a esto lograba cierta aceptación entre mis compañeros. Dibujando lograba escaparme de una realidad que me incomodaba».4

Kitty Fight, por cierto, nos devuelve a las imágenes del cine de explotación de Russ Meyer, en el que jóvenes y voluptuosas mujeres se entablaban en exageradas y over-the-top escenas de combate.5 A su vez, la figura de Tura Satana nos devuelve a la agresividad sexual y al montaje pop típico de las exposiciones de La Panadería en los años noventa.

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Tura Satana en Faster, Pussycat! Kill! Kill! (1965)

Sin querer, una práctica tan vieja como las peleas escolares (puesto que nunca afirmé que las agresiones entre jóvenes fuera nueva, sino su impacto en YouTube), es revalidada desde un plano estético por Miguel Calderón, un artista mexicano que no se dejó limitar por ningún discurso o dogma; por el contrario, desafió, mediante agresivas e irónicas estrategias visuales a las instituciones y al público de su época; no por nada algunos lo llamaron enfant terrible. Y todo gracias a algo como una pelea de gatas.


1 “Una elegía panadera / A Baked Elegy” en La panadería. Ed. Alex Dorfsman & Yoshua Okon, 2005.

2 Para Laura Mulvey, la fetichización escopofílica, a partir de su análisis lacaniano en  su ensayo de 1975 Visual Pleasure and Narrative Cinema, es uno de los elementos a través de los cuales la audiencia masculina cosifica a las estrellas femeninas del viejo cine de Hollywood. Uno de los capítulos del texto precisamente se titula “Woman as Image, Man as a Bearer of the Look”.

3 “Miguel Calderón” en Ultra Baroque: Aspects of Post Latin-American Art. Ed. E. Armstrong & V. Zamudio Taylor. Museum of Contemporary Art, San Diego, 2000.

4 “Entrevista al artista mexicano Miguel Calderón” en I Love DF. [http://hellodf.com/miguel-calderon/].

5 Como Sade, Russ Meyer llevó hasta las últimas consecuencias el talante sexual y violento de su primer filme dentro de una compañía hollywoodense. En Beyond The Valley of The Dolls (1970), después de haber exhibido con lujo de detalle el cuerpo de sus musas, integrantes de la banda de rock The Kelly Affair, y después de haberlas sometido a absurdas escenas de violencia, el final remata con una explicación moralista, típica de los libertinos de Justine o Los infortunios de la virtud.

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