Soliloquios: Bienaventurados los escritores digitales porque ellos heredarán la literatura

Por: Humberto Morales

Con el advenimiento de la era digital y el aumento del porcentaje temporal que pasamos frente a pantallas es obvio que la vida no es ya la misma que la de nuestros padres y mucho menos que la de nuestros abuelos. El impacto de este cambio y los alcances de sus consecuencias aún nos son inciertos; hay quienes advierten implicaciones catastróficas, afirman que el desarrollo sin límites de este campo llevará a la “deshumanización”; otros más bien se concentran en sus aspectos positivos como la facilidad de comunicación y la democratización de la información. Sin embargo, más allá del análisis de si estos cambios tienen un fin positivo o negativo en nuestras sociedades, es innegable que su influencia no se detendrá y que ésta está destinada a cambiar múltiples aspectos de lo que hasta antes de su aparición había sido nuestra cultura.

Las artes, desde los griegos, han perseguido la realidad. En cada una de las épocas y en los diversos estadios por los que la humanidad ha pasado, los artistas han sabido calibrar las formas y los estilos, siempre pensando en la relación que sus obras tendrían con lo real, ya sea miméticamente o antimiméticamente. Por lo tanto, es natural que la digitalización del mundo implique también la digitalización de lo literario o el surgimiento de una literatura digital, una literatura que se apropie del nuevo medio que ha tomado protagonismo, el medio que de alguna manera ha abierto un nuevo campo de experiencia humana. Esto ocurrió hace relativamente poco tiempo, al principio de la segunda mitad del siglo pasado, en los albores de este cambio, surgieron algunas tentativas que experimentaron con las posibilidades textuales de la tecnología de aquellas época. Sin embargo, desde la que se considera la primera obra de literatura digital ―un software que mezclaba autogenerativamente el léxico de un fragmento de El castillo de Kafka― puede advertirse que este fenómeno no es el surgimiento de una nueva literatura, sino el desarrollo de la tradición literaria en un nuevo territorio, que si bien otorga unas contraseñas específicas a las obras producidas, no se deslinda de la base histórica literaria.

El surgimiento de nuevos medios ha sido históricamente un importante catalizador para nuevas sensibilidades artísticas debido a que cada uno de ellos tiene distintas potencialidades expresivas; así sea la pared de una caverna, un jarrón, un lienzo, un libro, un escenario o la pantalla de una computadora, cada uno de ellos ofrece posibilidades distintas y, en su sentido más amplio, un universo retórico único. Desde esta perspectiva, parece relativamente fácil hacer una definición general de literatura digital: las obras de literatura digital tienen una relación genética e indispensable con la tecnología digital. La e-lit, como también ha sido llamada, se define ante todo por el medio en el que se ancla y las posibilidades que éste le brinda; sin embargo, ésta definición se hace agua por la naturaleza en constante transformación de este medio, así como por lo incierto de su génesis. No sólo eso, la vaguedad de esta definición provoca que las fronteras entre esta literatura digital y otras formas artísticas sean muy difusas, después de todo comparte características centrales con el cine y los videojuegos. Más allá de la dificultad de recepción crítica de estas obras, lo que está en juego es su sentido en el horizonte literario contemporáneo y su perpetuación en el tiempo.

En cierta medida pareciera que el sino de la literatura digital es el de la interdisciplinariedad: un gran número de obras están diseñadas a través de una yuxtaposición de códigos (lingüístico, sonoro, tipográfico, kinético, espacial, cromático y desde luego el leguaje informático), cada uno de ellos brinda a la literatura digital un potencial semántico que enriquece su capacidad expresiva. Esta tentativa que hoy podría parecernos un invento completamente moderno o incluso posmoderno es una aspiración que  ha existido en distintas épocas, desde la tragedia griega, pasando por la ópera y hasta llegar al performance. Quizás uno de los movimientos que mejor pensó esta multiplicidad de lenguajes para codificar una obra fue el romanticismo. En ese entonces fue que se acuñó el término de Gesamtkunstwerk (“arte total”). Para varios de los miembros de esta corriente artística y filosófica, el arte del futuro habría de deslindarse de las fronteras que separaban sus distintos avatares para fundirse en un solo torrente de expresión plurisensorial, algo que se pareciera a la vida. Esta intención alcanzó su realización máxima precisamente en el cine, justo en el momento en el que la tecnología inauguró el medio del video. Basta recordar, por ejemplo, lo que Andrei Tarkovsky señalaba en su libro Esculpir en el tiempo como la función de ese nuevo arte: la de “ser la vida misma”, resarcir la brecha que se había abierto entre el individuo y la experiencia auténtica. Este es un ejemplo claro de cómo un nuevo medio puede generar un arte nuevo. Lo mismo ocurre con los videojuegos que, independientemente del carácter comercial que se les atañe, llevan la narración audiovisual del cine un paso más allá y la vuelven interactiva para el usuario (el espectador, el lector).

La integración de estos múltiples lenguajes no es tan homogénea en la literatura digital como es en el cine o en los videojuegos, basta analizar el nombre de este fenómeno para darse cuenta de que el eje rector de las obras pretende ser lo literario. La cuestión es que “lo literario” pocas veces en la historia ha sido tan vago como lo es en nuestro tiempo. La palabra literatura que quedó después de las vanguardias y los cuestionamientos posestructuralistas y posmodernistas es un término hinchado de significado que difícilmente puede ser comprimido para caber en una definición medianamente clara. Movimientos como el Futurismo, el Dada y el Letrismo ―independientemente de su sentido y su diálogo con el momento histórico en el que surgieron―, colateralmente, parecen legitimar un tipo de literatura que, ya emancipada o incluso ignorante del contexto de estos movimientos, se reduce a su configuración fonética y tipográfica, libre de sintaxis y desde luego de cualquier función emotiva o reflexiva. La palabra experimental parece una categoría incuestionable que por sí misma bloquea cualquier posibilidad de crítica o cuestionamiento. Obviamente este ambiente actual no afecta únicamente al fenómeno de la literatura digital, es el pan nuestro de cada día en la literatura impresa y tiene una especial penetración en la poesía (el género más habitual en la literatura digital), que de por sí es tradicionalmente el que mayor cantidad de problemas representa para la crítica. Es en este contexto de difícil discernimiento, frente a la estetización indiscriminada de la vida y el relativismo artístico, que la literatura electrónica ha nacido. De la misma manera que el soporte en el que se codifica una obra tiene una relación profunda y fundamental con las potencialidades que esta tiene, el contexto en el que ésta se construye define o influencia decisivamente su sensibilidad.

Una cuestión que es fundamental recordar cuando se habla de literatura digital es la boyante juventud de este fenómeno. Es verdad que la literatura digital puede parecer muchas veces borrosa, falta de marcas profundas de identidad propia, pero esto tiene una justificación perfectamente válida que no desestima su ser: ¡está en pañales! En su libro La literatura vista desde lejos, Franco Moretti se sirve del llamado big-data analysis para hacer un estudio diacrónico de la literatura en Europa. El resultado de este enfoque novedoso es un atlas o un almanaque que muestra la evolución del fenómeno literario a través del tiempo. En sus gráficos es posible ver de manera abstracta cientos y cientos de obras; podemos observar cómo géneros enteros ―especies literarias― nacen, mueren y evolucionan. Sin embargo, a pesar de esta gran cantidad de información, Moretti resalta la importancia de entender que la literatura impresa a la que avoca su estudio es un fenómeno relativamente reciente en el continuum de la historia humana. De esta manera él afirma que las obras escritas, hasta ahora, no son sino una pequeña fracción de las que habrán de escribirse y que nuestra historia de la literatura no es sino una primera e incipiente capa de lo que vendrá. Ahora bien, si la literatura digital tiene sus raíces ―su época de las cavernas― en los años cincuenta y dentro del medio se dice que una obra de principios del nuevo milenio es “antigua”, podemos poner en perspectiva su existencia y entender que el desarrollo de esta modalidad literaria está aún en su etapa más temprana. Basta compararlo nuevamente con el cine, que es también una disciplina bastante joven, para adivinar extrapolando que, en las próximas décadas, los cambios del medio y el crecimiento del léxico propio a éste harán que las obras futuras parezcan casi no tener relación con sus ancestros primitivos de nuestro presente.

En los últimos años hemos visto que el papel se ha enfrentado a las pantalla y, aunque aún ninguno de estos dos soportes ha terminado de ganar la guerra definitivamente, podemos decir que el papel ha presentado bajas importantes: las cartas se han transformado en correos electrónicos o mensajes de texto instantáneos; los bolígrafos han dado paso a los teclados; las agendas ya no son objetos en la mochila, sino aplicaciones en nuestros smartphones; los periódicos y las revistas ―antes aliados incondicionales de la celulosa y la tinta― han volteado bandera y ahora una gran cantidad de ellos se edita exclusivamente para ser leídos digitalmente, etc. Es un hecho incontrovertible que como sociedad estamos cada vez más habituados a la virtualidad, lo que estamos presenciando es una lenta migración de todos los géneros textuales del plano físico al digital. No es únicamente la manera en que leemos la que cambia, sino la manera en que escribimos, incluso el modo en que pensamos. Georg Simmel, en la época de la modernidad industrial temprana de 1903 publicó un breve ensayo titulado “La metrópolis y la vida mental”. En el daba cuenta de los efectos que los diversos estímulos propios de una urbe moderna tiene sobre los individuos, en contraposición con aquellos que ofrece una vida más rural o más comunitaria. Lo que Simmel advertía ya en ese entonces es que a medida que cambiamos el mundo y la manera en que nos organizamos en él, cambiamos en igual medida ―y no siempre de manera calculada― nosotros mismos. Hoy en día esta misma clase de reflexiones se han planteado en torno al asunto de la virtualidad y a los territorios digitales. Esta lenta migración ―que ya no es sólo de lo textual, sino de la vida― hacia lo virtual y el proceso de aceptación de lo digital como un ámbito más de la experiencia humana, tan válido como cualquiera de los otros, ya nos ha cambiado. Si bien es cierto que la dimensión de la distinción simbólica permanece aún con el papel y su historia y tradición, parece cuestión de tiempo para que el cambio se complete y la noble tarea de talar árboles para imprimir libros sea una preocupación ecológica menos. Con relativa facilidad podría predecirse que este cambio acercaría las inquietudes y las preocupaciones formales de la literatura digital ―hoy una iglesia con un número limitado de apóstoles― a un público más amplio y a un grupo mucho más numeroso de escritores en ciernes de volverse escritores digitales.

Pensemos por ejemplo en el momento de invención de la imprenta, si bien es cierto que los libros ya existían mucho antes del nacimiento de Gutenberg eran caros y relativamente escasos. En ese contexto muy poca gente aprendía a leer y no se trataba de una falla pedagógica, tenía sentido. La alfabetización comienza a ser un fin deseable en el momento en que el mundo se lleno de libros. Antes de esto la literatura era predominantemente un fenómeno oral, recitado en las plazas de los pueblos y en las habitaciones de los niños antes de dormir. De la misma manera en que la literatura oral fue desplazada por la literatura libresca (por llamarla de alguna manera) en el momento en que la técnica alcanzó las condiciones para que esto fuera posible de manera masiva, la literatura digital ―con sus múltiples posibilidades y variantes― podría cobrar dimensiones hegemónicas en la medida en que la guerra entre el papel y la pantalla se vuelva cosa del pasado. Vale la pena recordar la idea de Franco Moretti que hemos traído a colación anteriormente: la historia de la literatura es aún un breve suspiro que se pierde en el ruido y la furia de la historia de la humanidad y más aún en la historia general de todas las cosas, aún tiene mucho espacio y mucho tiempo para crecer y transformarse radicalmente.  Actualmente la literatura digital parece estar muy preocupada por hallar su propia personalidad, descubrir qué cosas puede hacer sólo ella sin ninguna competencia, esto sumado al espíritu de nuestra época en el que como hemos mencionado la experimentación y el espíritu iconoclasta de la vanguardia trasnochada tienen un papel protagónico que impide la valoración de otras cualidades estéticas. El estado actual de la literatura de los medios digitales podría caracterizarse como una especie de adolescencia rebelde en que el hijo busca emanciparse de sus padres casi a toda costa, rechazando muchas veces irreflexivamente su legado sin darse cuenta de que, tras la muerte de sus progenitores él será quien herede la tierra.

Un ejemplo claro de madurez ―o casi madurez― en este sentido es justamente la manera en que periódicos y revistas han sabido adaptarse a su transición hacia lo digital. En las páginas web de los periódicos podemos encontrar un enorme número de formatos que nunca habrían sido posibles en las páginas delgadas y mayoritariamente a blanco y negro en que solían imprimirse.  Más allá de la evaluación de la calidad o la verdad del contenido en sus diversos apartados, lo que hallamos, justamente, es una compaginación formal orgánica y armoniosa entre los tradición y futuro. En esta misma senda, la literatura digital del mañana no tendría por qué ser el territorio en que habita todo lo que la literatura más tradicional no puede hacer, no necesitaría ser un espacio únicamente dedicado a la concupiscencia espectacular de la forma ni debería desdeñar o tener el deseo de mostrarse por delante de las obras que muestren de manera más obvia su anclaje con el pasado. La historia de la literatura habrá avanzado entonces verdaderamente pues las grandes obras ―esas que suelen identificarse como el canon de las revoluciones literarias― nunca podrían haber existido fuera del humus, la hojarasca acumulada de las obras convencionales, sean impresas o digitales. Como implica Moretti, lo literario no es un trayecto de revoluciones, incluso si se habla de ellas, sino más bien de transiciones orgánicas y no se puede ser siempre iconoclasta.

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