Estampas personales de la lluvia

Por: Karina Sosa

“Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas”
E.E.Cummings

Para GF

Llueve. He visto la lluvia desde distintas ventanas.

Recuerdo, por ejemplo, la lluvia que caía sobre cientos de personas que caminábamos juntas. Una mancha de gentes que gritaban y daban pasos disparejos. El momento más claro de ese recuerdo era el agua cayendo tibia. Hace diez años de eso. En una avenida estrecha, era como una serpiente humana, dando vueltas suaves por las calles. Esperando. Era joven, creía que de un momento a otro todo podía cambiar. Que las ciudades pueden limpiarse del dolor, de la injusticia; creía que una lluvia de gentes y de gritos bastaba.

He visto llover desde una habitación pequeña. Una habitación donde hay muchos libros y las paredes son delgadas, azules. La habitación en una casa compartida con desconocidos que cierran sus puertas y guardan silencio. Los primeros días en esa casa, hace cinco años, me sentía una extraña. Sólo poseía libros. Páginas y páginas que hombres muertos habían escrito. Libros y ropas desgastadas, un par de botas negras que me gustaban mucho.  En esa habitación gastaba las horas leyendo como desquiciada. Leí por primera vez a George Perec, escuchaba a Schubert, (repetía muchas veces su quinteto The trout) me sentí tan feliz al leer Un hombre que duerme… Era como si la ciudad dejara de ser hostil. Como si en los libros existiera un remanso para nuestras vidas atribuladas.

A veces me quedaba durante días sin salir de esa casa. En agosto llovía. Las tardes de lluvia no escuchaba música, había momentos (mientras llovía) que prefería no leer. Me quedaba atenta a cómo los automóviles dejaban de pasar por la calle. Poco a poco la ciudad se llenaba de una calma breve y casi invisible.

Escampaba para que todo volviera a su naturaleza: ruido, murmullos, conversaciones, autos. La vida.

La primera vez que escuché la palabra escampar, era yo misma quien la pronunciaba. Debí tener catorce años, y leía por primera vez a Gabriel García Márquez. Demasiado temprano.  Pensaba que Macondo era un lugar muy triste. Sólo así podían aparecer ángeles viejos y sólo así podía pensar alguien en una mujer como Remedios, la bella.

En esos días me gustaba escribir un diario. Era un cuaderno con hojas azules y empastado demasiado frágil. Lo había comprado en una papelería cerca de la secundaria donde estudié. También evitaba la clase de matemáticas. Me molestaba usar la falda azul de cuadros y las calcetas blancas del uniforme. Simplemente quería estar en casa leyendo. Ir al mar constantemente, pero a solas. Cien años de soledad era uno de mis libros favoritos. Aunque no había leído ni treinta libros… La lluvia en Macondo, así debía comenzar todo. Con una tormenta demencial, infinita. Una inundación que destroza a su paso las construcciones humanas. Edificios pulcros y vidriosos. Dejando charcos, lodo, cangrejos y llanto… Que no escampe hasta muchos años después.

Otra estampa de la lluvia: espero frente al Palacio de Bellas Artes. Espero a un chico que me gusta. Son las cinco de la tarde y he comprado un libro en una librería de Donceles. No he comido. Parece que nadie vendrá a buscarme. Me siento en una esquina. Llueve. Pasa más de una hora y parece que caerá la noche. Ha dejado de llover. Observo al chico que me gusta. Trae una sombrilla negra. Se acerca: ¡La lluvia! Eso dice y nos vamos caminando con lentitud.

Entramos a una librería, cerca de la Alameda central. Le tomo una fotografía junto a la escultura de una mujer que parece estar sufriendo una tortura. Él compra un libro de Danilo Kiš. Me lo regala.

Luego llego a mi casa y vuelve a llover. Leo Laúd y cicatrices. Pienso que en esos relatos, en mi recuerdo de esos relatos, siempre lloverá. Siempre esperaré a alguien. Dice una voz de viejo, en Laúd y cicatrices: “La realidad es —dice él— como la hierba y la tierra. La realidad es la hierba que crece y los pies que la pisan”.

La lluvia es una pausa.

Estoy con mi padre, en un refugio, esperamos. Esperamos algo. Más que una noticia, esperamos que la vida tome su curso. En el refugio hay un patio central y hay un camino poblado de árboles que llevan muchos años allí. A veces se ven unas mariposas, (deben ser polillas, más bien. Y ahora que pienso en polillas, hay un libro de ensayos de Virginia Woolf que siempre he deseado leer completo La muerte de la polilla y otros ensayos) blanquizcas y bastante frágiles.

Por la noche, en ese refugio, soy una extraña. Nada me ata a ese lugar. Leo un libro para dejar que los pensamientos desaparezcan. Tengo un poco de miedo. No es absurdo sentir miedo cuando se sabe que la muerte anda rondando. Una muerte que no es natural. Una muerte violenta y forzada. Entonces leo.

Farabeuf de Salvador Elizondo: “Al trasponer aquel umbral —¿quién lo hubiera traspuesto bajo la lluvia, viniendo desde aquella encrucijada?— se confundía el recuerdo con la experiencia (esto quizá debido a la tenacidad de esa lluvia menuda que no cesaba de caer desde hace muchos días). La vida quedaba sujeta a una confusión en medio de la que era imposible discernir cuál hubiera sido el presente, cuál el pasado”.

La lluvia es un remanso en el caos. Las ciudades siempre rápidas, demasiado ensimismadas se quedan mirando cómo bajo la lluvia las multitudes huyen. Huimos de la lluvia como si pudiéramos ser borrados de la tierra por una tormenta recia.

Existen ciertos autores que nos acompañan en las pausas de nuestra existencia. No es el vértigo lo que nos une a su literatura, tampoco el desasosiego, es más bien la intimidad que se forma entre ellos y nosotros.

Danilo Kiš, Peter Handke, Salvador Elizondo en Farabeuf, Ida Vitale con sus ensayos sobre plantas y animales, María Negroni y su Pequeño mundo ilustrado, donde apunta: “Siempre me gustaron los pequeños cofres, los secrétaires, con o sin doble fondo, todo aquello que sirve para esconder algo, para almacenar la insoldable reserva de la ensoñación”.

Es un silencio que no pesa, lo que une, para mí, a la literatura de estos autores con la lluvia y conmigo. Como si en medio de la lluvia también germinara dentro de mí una memoria de emociones. Allí, en la lluvia, se puede amar o llorar, sufrir o existir en la felicidad, sin molestar a los otros,

La belleza de las ciudades pausadas por la lluvia, reside en que la lentitud lo llena todo. La lentitud entra por las paredes a las viejas casas que ya nadie recuerda. Esas construcciones en medio de terraplenes olvidados, donde crecen plantas que no sabemos nombrar.

Todo el pasado puede volver con la lluvia. Pasa el recuerdo por nosotros, marcándose en la piel sin ser visto. Como una revelación vital.

Es la melancolía, son los deseos y la memoria. Esas construcciones personales que crecen con la calma.

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