Soliloquios: Se busca

Por: Jorge Meneses

Tía Claudia —que esperaba al novio—, mamá, la Peque y yo asistimos a misa de cuatro, y grande fue mi sorpresa al no hallar a Jesús clavado en la cruz. Lo buscaba entre la gente sin salir de la sorpresa, pero sólo hallé en otros rostros la misma o una muy parecida perplejidad que, juntos, tragábamos en silencio para no andar repartiendo falsas alarmas y así evitar el desconcierto general primero, la histeria colectiva después.

Bajita la mano, miré hacia donde estaban mamá, tía Claudia y la Peque, pero cada quien andaba en lo suyo: la tía Claudia nada más miraba hacia la entrada de la iglesia, esperando al novio; mamá esperaba el momento en el que padre Cadena saliera para poder sabroséarselo; y la Peque, bueno, ella estaba duro y dale con la nariz, buscando un moco que había sentido con su respiración de toro y que seguramente se comería no sin antes echar una ojeada a su alrededor para evitar momentos incómodos.

Luego del primer momento sorpresivo, comencé a estimar la magnitud de la contingencia y noté que algunos feligreses, en secreto y con fugaces miraditas, ya habían determinado el plan a seguir. Presurosos, aunque discretos para pasar desapercibidos, salieron de la iglesia —la Peque ya se había comido su moco.

Padre Cadena hizo acto de presencia —instante en el que a mamá se le pusieron los ojos en blanco—, y dio inicio a la misa: El señor esté con ustedes. Él ya sabía del acontecimiento, por eso, nervioso, constantemente pasaba la mano entre sus cabellos, evidenciando su aflicción encajada en el rostro y el esfuerzo sobrehumano para no venirse abajo. Enfermo, susurraron algunos. De malas, enjuiciaron otros al padre Cadena. Ninguno de ellos se había percatado del incidente.

Lo que sí, es que el orden había sido roto y todos los feligreses se unían fervorosamente, poquito a poco y sin notarlo demasiado, al colapso latente, al aire asfixiado que se hallaba en la cruz que estaba encima del padre Cadena. Porque yo pensaba: en cualquier momento aparecerá el Si tuvieras fe como un granito de mostaza y, alguien hundido en un arrebato místico, dejará ir los ojos hacia arriba y hallará, sin prestar demasiada atención, la cruz sin el Jesús y las flores que discretamente fueron colocadas en su lugar para escamotear el incidente. Ese alguien elogiará la belleza de los jazmines y el arreglo primoroso con el que están dispuestos, luego, ansioso por compartir algún pensamiento brillante, una conclusión no exenta de picardía o algún asomo de la comedia más primitiva, codeará al de al lado y le señalará con un gesto la cruz retacada de flores. Pero el otro se ahogará con una expresión, un gutural apenas audible, porque él sí se dará cuenta del incidente y luego gritará totalmente ofuscado que no está Jesús, que se lo robaron, infelices. Y todos los feligreses, simultáneamente, mirarán la cruz; los del coro emitirán onomatopeyas que los harán parecer animales asustados; al de la guitarra se le reventarán las cuerdas, y una de ellas le dará en la cara; una expresión ahogada, un estertor de moribundo, recorrerá la iglesia; un efecto dominó hará que las ancianas lleven el antebrazo a la frente y se vayan de espalda al tiempo que vociferan contra el demonio; padre Cadena, finalmente, suspirando por todos los hoyos del cuerpo, se vendrá abajo y su frente se dejará ir contra el evangelio; los encargados de las limosnas se embolsarán lo reunido en sus respectivas jicaritas y la Peque se va a buscar otro moco. Pero ni mirar a tía Claudia y esperar una reacción, un ridículo sentimiento de solidaridad, alguna muestra de abandono a la exasperación y la crisis popular, ni siquiera esperar el mínimo asomo de contracciones en el rostro; payasadas que uno hace para sentirse parte de la histeria colectiva y el arribismo social. Ella esperaba al novio, un sujeto que conoció ayer, casualmente —y según la tía—, en el cruce de la avenida Grande y Terreros, y que le preguntó la hora y también, para cierta sorpresa de la tía —aunque estoy seguro que no le importó—, el día y el año.

No obstante, aunque la contingencia me rondaba en la cabeza, todo se mantenía dentro del protocolo, dentro del rito dominical; todo yendo y viniendo en silencio, como lo caliente y lo frío, como pelota muda de ping pong que rebota entre dos lados: el lado de los que aún no se percataban del incidente y el lado de los que, primero perplejos, actuaban discretamente para salvar la situación, claro si es que se podía salvar. Yo miraba esos lados no diferenciados, entremezclados en el Sálvanos Señor Jesús, y tía Claudia preguntaba constantemente la hora a la Peque. A qué hora te dijo, preguntó mamá. Dizque nos íbamos a encontrar en la misa de cuatro, respondió la tía. Sonsa, y le dijiste adonde íbamos a estar, interrogó la Peque y dio un manotazo sobre la nuca de tía Claudia —sonó meco, y la viejita de atrás le echó una mirada rencorosa a la Peque—, y la tía respondió y le pellizcó la lonja, y yo miraba, yo las miraba pelear como niñas. Me dejé llevar con la acción y me fui lejos de la sorpresa y del Jesús que no estaba en la cruz.

Por un momento ignoré el protocolo que el lado de los perplejos mantenía con esfuerzo; lo caliente yendo y lo frío viniendo, y miré a tía Claudia con la naturalidad y el descaro que ser familia nos permite. Dos esposos, dos divorcios y ella seguía tan de porcelana, tan llena de caricia ausente y de juventud desmesurada; tan dulce y esperanzada; llena de terrores nocturnos y sudor de medianoche; tan devota a la nostalgia del futuro y al pay de limón y al chocolate amargo; llena de meterme la mano y revolverme el cabello y mirarme con restricciones que se originaban por la diferencia de edades entre ella y yo. Tan devota a las reuniones de solteros de donde, la mayoría de las veces, salía maldiciendo a la vida y sus conspiraciones secretas, a Porfirio Díaz, al orden de los relojes, a los ixtapaluquenses y su manía de estar aquí queriendo estar allá y a todas las cosas que la obligaban a los divorcios y a liarse con mequetrefes, a entallarse vestidos con estampados florales, a los labiales de olor frutal, y a entregarse al delgado trance entre la alegría fatua y la derrota perpetua. Eso, más la saliva y la lágrima que dejaba la noche; eso, y las tardes, donde a patadas sacaba lo mejor de sí, sonreía y lo entregaba con fervor ciego a los que la rodeábamos. Pobre tía, ella tan allá y yo tan de los veinticinco pesos que los domingos dejaba mi abuelo sobre mi repisa.

Tía… iba a preguntar cuando noté, al lado de tía Claudia, a un hombre al que en primera instancia no pude verle la cara y que le llegó por detrás y algo le dijo al oído. Ella sonrió, lo miró y le encajó un beso en los labios. Era el novio. Era como la tía Claudia. Tan de porcelana y maneras amables, tan el objeto de la secreta fascinación que levantó en mamá y en la Peque luego de saludarlas.

Cuando el novio me encontró y me dio la mano para hacer lo propio conmigo, dentro de mí estallaron todas las cosas y los libritos de catecismo y el rostro de padre Cadena y el llanto de tía Claudia: en la mano derecha del novio había un agujero que seguramente tendría en la otra también. Al darme cuenta lo miré asustado. Él me giñó el ojo y sonrió, luego se unió, despreocupado, a la devoción del padrenuestro y los brazos al aire. Yo lo miraba, y él tranquilo y apacible, con los brazos al aire y el envés de su mano agujerada sobre la palma de la mano de tía Claudia —que seguramente no se había percatado de ello, o no le importaba—, y ella tan sonriente y llena de esperanzas, lejos de las lagrimas, los terrores nocturnos y el sudor de medianoche; ella tan allá y él tan fugitivo de la cruz; él tan Jesús.

Si tan solo se hubiesen citado en otro lugar, en algún café, en el parque, en alguna habitación de hotel de 150 pesos la noche, dentro de alguna conversación ridícula, dentro de alguna novela o un cuento, pero mejor así, ante la inminente brutalidad de los acontecimientos, ante las fauces calientes de la muchedumbre, ante el resquebrajamiento de la vida que tía Claudia ingenuamente planeaba al lado del novio.

Para cuando el padrenuestro terminó, detrás del novio y de tía Claudia se colocó la viejita que había mirado rencorosamente a la Peque cuando ésta le dio el manotazo en la nunca a tía Claudia, y ya andaba armando un alboroto discreto, ensamblado con murmullos que se fueron propagando hasta que padre Cadena se percató y dejó ir la frente contra el evangelio. El novio también se percató, pero él reparó en seguir mirando con ternura a tía Claudia y tomarla entre sus brazos, llevando el rostro de la tía —tan de porcelana— hacia su pecho, luego hallarle la mirada —tan dulce y esperanzada— y encajarle un beso en los labios —tan llenos de labial con olor frutal. Los novios se miraron, y tía Claudia encontró en los ojos del novio una mirada crispada, temblorosa, y entonces ella, trémula y resignada, se entregó, por partes, para que doliera menos, al delgado trance entre la alegría fatua y la derrota perpetua.

Mamá, la Peque, y ciertamente yo también, apenados, llevamos la mirada hacia el suelo buscando figuras, animales o rostros de famosos a la vez que nos  esforzábamos por no llorar y comprometer, todavía más, la situación. Pero cuando los murmullos dejaron de serlo y se convirtieron en alboroto, el novio dio un beso en la frente a tía Claudia, que ya estaba llorando como una niña mientras sostenía con sus manos las manos agujeradas del novio y se las llevaba a la mejilla, luego veía los agujeros y volvía a llorar, fue entonces que la viejita tomó por los hombros al novio mientras padre Cadena desmontaba el arreglo floral dispuesto sobre la cruz, y un grupo de personas irrumpía en la iglesia, trayendo consigo cuerdas, clavos, martillos y una lanza, totalmente dispuestos a evitar que otra vez la fe se les volviese a escapar de la cruz.

Adiós, querida, dijo el novio a tía Claudia, que ya se hallaba de rodillas ante el suplicio silencioso de su amado mientras la viejita le arrancaba la ropa y un hombre de rostro deforme comenzaba a castigar la espalda del fugitivo.

Mira, esa mancha de ahí se parece a Al Pacino, le dije a la Peque, luego de mirar con atención las manchas sobre el suelo, y una lágrima absurda ganaba mi mejilla.

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