Ateneo de zopencos

 

Se abre la redoma

 

Más allá de ser una novela sobre estupefacientes, parrandas destroyer, campales entre gamborreanos y fosaséptikons,  catálogo agotador de referencias (musicales, cinematográficas, culinarias, entre otras) o una rememoración de los años pasados donde sobresalen impulsos de autodestrucción y destrucción, Zopencos: comedia de serie b  de Antonio Calera-Grobet, editada por Ficticia Editorial, es también una novela en minúsculas donde predomina la sobrecarga de neologismos, arreglos anti-sintácticos correspondientes a una forma de concepción lingüística ajena a cualquier regla, aunque las proposiciones sí se encuentren separadas por punto. En cuanto a los nuevos términos, éstos aparecen desde el inicio: no se dice tiempo sino “tiempok”; el automóvil es conocido como “laminé”, la mujer se llama “pik”, hombre de la tercera edad se llama “calaca forrada”, al niño se le dice “párvulit”, a los golpes “puñeputongas”, a la novia “novieta”, a los senos “góngoras”, a las flatulencias “flatops”, etc. De esta lectura se puede generar hasta un glosario parecido al de Anthony Burgess en La naranja mecánica.

Ahora bien, no todos los términos son inexistentes e inventados, en otros casos se bordean sinónimos: capacidad del autor para nombrar la realidad de otra manera, incluso para hilar, partiendo de la comparación, término nuevo y término común; lo cual, queda ejemplificado en el siguiente pasaje: “y además garantizábamos un poco del mejor follaj (ya saben, follaj, como pasto, como selva verde, como la gran planta unificadora, la señora juana, la marihuana), y por cierto buena músikka”. Tras realizar un listado de los términos y cerrar los paréntesis, el autor realiza una transcripción fonológica de la palabra “música” valiéndose del sonido provocado por dos velares sordas. Los nuevos signos se encuentran separados por paréntesis, formando el siguiente esquema:

 

A: follaj (________________________B (sinónimos)___________________________) C: músikka.

 

La contraposición de los nuevos términos a través de sinónimos enclaustrados entre paréntesis promueve, sólo en este caso, la idea de inclusión. A y C no pueden encontrarse sin B, ese tipo de inclusión hace que los  términos A y C resalten, se incluyan fácilmente en un discurso lógico.

Zopencos, además  de  concebirse como una novela cuyo formato y contenido ponen en contracción el uso rígido de las mayúsculas cada vez que iniciamos otra sentencia,  es también un llamado a entender de forma distinta la bildungsroman o novela de formación. En este sentido, Zopencos no es una novela de formación sino de (des) formación. Al contrario de los modos de expresión empleados por un personaje como Sergio en la novela El Ateneo (crónica de nostalgias) escrita por el brasileño Raúl Pompeia y traducida al español por la poeta y traductora Paula Abramo, Mato Tomaydaca en Zopencos genera no sólo su propia concepción de expresarse, de vocabulario, también una idea de mundo no por ello menos cruel y hostil que la del Ateneo.

Lo interesante es que en estas dos novelas las ideas de decadencia y fracaso fluyen en distintos niveles. Zopencos trabaja a favor del juego hasta llegar a un punto de fracaso para Matías; El Ateneo opera a favor de un juego preciso, ordenado, donde el ser humano reconozca las virtudes que encierra el continuo estudio, mientras que en Zopencos al personaje principal le importa muy poco el “colegiot, claro, como decir escuelet, ya saben, clasecitas y alumnetes para hacer como si que uno aprende”. Finalmente, en el caso de El Ateneo la  institución académica se derrumba en un Brasil de fin siglo XIX convulso, y con ella también caen antiguos ideales pedagógicos. En estos dos aparatos textuales la idea de transición surge de forma pesimista. La construcción “Todo tiempo pasado fue mejor”, cambia a “Todo tiempo presente ha sido un fracaso como el tiempo pasado”. Quizá una de las propuestas sea esa: aprender a jugar con lo que comúnmente se denomina error.

En El Ateneo la pluma de quien escribe tiene como propósito instruir desde el lenguaje, en Zopencos parecería la escritura de un niño, es el oído infantil quien escribe en unas supuestas libretas. La cuestión es que esa escritura nunca acaba, nunca renuncia a su condición de oído en minúscula. Dicho argumento es razón para pensar en una anti novela de formación, puesto que de principio a fin no existe una transición a la supuesta madurez. Por lo demás, volviendo al sentido idiomático del texto, traducir a cualquier idioma Zopencos resultaría un proyecto exhaustivo, ya que hay usos del lenguaje, creación de otros sustantivos sin ninguna referencia, palabras que no se encuentran más que en el área de broca del autor.

La creación de un lenguaje dentro de la misma literatura es un ejercicio practicado por otros escritores. En Ficciones, Borges se plantea la construcción de una nueva ursprache; en Cosmos de Gombrowicz, León parece que reinventa continuamente su forma de conversar con otros individuos al momento de cenar o dar un paseo, su glotis y epiglotis metamorfosean, inventa palabras.  No obstante, la operación ejercida por el signo inventado sobre el sentido y sonido del texto tienden a sobrecargar el contenido. Por ejemplo, si observamos los dos pasajes citados con anterioridad será posible percatarse de que  la voz narrativa se detiene  para explicar el sociolecto empleado, estas pausas se encuentran a lo largo de la novela, lo cual quiere decir que el sentido de inclusión es fundamental para que la novela se desarrolle.

Tras estas demostraciones y conjeturas sobre el uso de nuevos términos dentro del corpus textual,  es posible concluir que el lenguaje literario es un organismo que se desarrolla por sí mismo, a veces partiendo de un sociolecto inventado, y en ocasiones resultar ser independiente de construcciones reales del habla, pero  al mismo tiempo sigue siendo un producto colectivo de varios conjuntos gramaticales y sociales. “El lenguaje es lenguaje”, objetaría el respetado cientifienclencle (sí, ya saben, como decir cientificio, cientienlapierna, dentricientífico o logaritmo biliar) pero en persona lo nombraría a usted: científico honorable de la causa literaria, a quien le aconsejo vaya “preparándibus la comiditibus, ilustrísibus, limpísibus, elegantísibus, ¡tiru-liru-lá y olé!”.

Se cierra la redoma.

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