Bibliomancia: Espuma-de-Bilis-De-Tristeza, Violentos Espumajos de rabia (Sobre “Espuma de Bulldog” de Daniel Bencomo)

Por: Alejandro Tarrab

La nota suicida de Alexander McQueen, leyenda británica de la moda—conocido en su círculo íntimo por su primer nombre, Lee—generó, por su concisión y radicalidad excluyente, oleadas de descontento y furia. La nota dice (traduzco): “Cuiden a mis perros, lo siento, los amo, Lee”. De su fortuna, estimada en 17 millones de libras, McQueen dejó la mayor parte a asociaciones benéficas, una de ellas dedicada al cuidado de animales abandonados. A Minter, Juice y Callum, sus tres perros, les heredó 50,000 libras para asegurar su cuidado.

Ésta es la primera señal de espuma en la boca:

Vara la sirena en el sopor de la noche y la vena, hincada, de la noche. Un rubor de Gillette en todo esto. Una raya en la sien de todo esto. Pienso en biografías que no escribiré. Sería la historia de un león marino, envuelto en ropa de Alexander McQueen. La memoria no es el ser del sacrificio, hay que trepanar un poco más. Títulos de noble le vienen al roedor. (p. 8).

Así inicia Espuma de Bulldog (Luzzeta editores, 2016) de Daniel Bencomo: un león marino, una sirena, que ha decidido cerrar —con su último acto, sponte sua— su propia biografía terrena y marina, para abrir, con su último lance, su semblanza alada y aérea. Un león marino, una sirena, echando espuma por la boca, como los tres perros de McQueen arrojaron, seguramente, espuma-de-bilis-de-tristeza, y como los propios no-herederos de las millonarias sumas de McQueen lanzaron, seguramente, violentos espumajos de rabia. Leones marinos, espuma de bulldog.

A Lee Alexander McQueen le alcanzó la vida para matarse dos veces. Murió, por su propia mano, de varias sobredosis de barbitúricos y cocaína y murió, también, por ahorcamiento. Esta acción de liquidarse dos veces no sólo implica asegurar, cerciorarse, de la propia muerte; hay en ese acto un impulso de libertad exponencial. McQueen duplicó su muerte para acentuar y subrayar su decisión última, su acto de rebelión. Lo más supremo es eso eterno de nosotros mismos que podemos entregarle a la eternidad.

Así, otorgando una doble muerte o remarcando un doble deseo de la muerte, Daniel Bencomo reinterpreta el comienzo del libro algunas páginas adelante, como un redoble del propio acto de inmolación:

Rumor de Gillette en todo esto. Quiero un bazo, un trópico de brazo, un tajo de piel negra y olvidar la tentación. La tonsura, la tersura de muñecas en venas que cabalgan. Cuchillo de piedra versus latido. Dar es piedra en latido, ser puro es terror puro. Fruto de la abrasión. (p. 18).

*

Lo que hago aquí, en este pasaje, es magnificar un hecho que sólo representa una pincelada del libro. Espuma de bulldog de Daniel Bencomo es una obra abierta a las resonancias, por decir lo menos. En ella vemos, de frente, a personajes de fuerza desmedida por su biografía y su obra (y otra vez percute la sentencia: las hazañas, los sucesos de mi vida “que no escribiré”; el peligro en la historia, las hagiografías “que no escribiré”): desde Mr. Merrik, el Hombre que nos recuerda a Proteus, pasando por el pintor alemán Caspar David Friedrich, hasta el contundente poeta de la dinastía Tang, Wang Wei.

Otras veces se alude, mediante cierta línea, a personajes como Rilke (“¿Quién si yo clamara,/ me escucharía desde su fondo radioactivo?”), Viel Temperley (“Un pasillo indica Azar, otra/ puerta Pabellón Rosetto”), Hassan-i Sabbah y William Burroghs (“Nada es verdad, todo está permitido”), Gombrowicz (Filiforme Filifor forrado de niño), hasta autores sólo esbozados como una sugerencia, como un susurro en la trama del libro. Tal es el caso del biólogo alemán Jakob von Uexküll y su noción umwelt que da cuenta de la percepción de los animales en relación con su medio ambiente. Para Bencomo, lo mismo que para Uexküll, los seres del mundo se vinculan entre sí en todo el esplendor de su complejidad. No hay nociones antropocéntricas. Los seres y las cosas forman partituras en donde cada silencio y cada notación es decisiva.

—“¿Y si el hombre colapsa entre el punto y el eros?” —cuestiona Bencomo.

—Porque el punto, la notación del hombre, indica “estoy aquí”, “desde este espacio inicia nuestra historia y aquí es donde concluye o deberá concluir”, “así se entonan nuestros salmos y estos son los redobles de guerra”. Colapsa el punto.

—Porque, ¿no son los impulsos más primarios la puesta en abismo del mismo hombre sobre la Tierra?

—“Lente para ver el protozoario —/ el colapso en el ámbar de familia —” —dice Bencomo.

*

Así llegamos a la segunda señal de espuma en la boca:

[…]

Una horda de apaches cruza de regreso,
el vaquero te sonríe mientras escupe un oráculo.
Sientes el confín de tu cuerpo.
Ahí espumará la teoría,
ponla a freír con el sazón de polilla.

La horda es olfateada por el vaquero,
el vaquero se ha calzado
las medusas en los ojos:

alguien te ha escalpado y amanece.

(pp. 23- 24)

Las líneas pertenecen al poema “Calzada McCarthy”. En la imagen casi congelada de este Western—como si las cosas del mundo trascurrieran en cámara lenta o como si las cosas del mundo estuvieran contenidas en un viejo cartel de Frank McCarthy—, una tribu de apaches cruza un lago. Hay, al menos, dos testigos de este hecho: un “tú” que observa la tensión de lo acontecido (“Tú la miras e inflamas el iris sobre el fuego”), y un vaquero que husmea y sentencia toda la escena. El lector y el espectador de este momento pictórico y cinematográfico podrían quedarse inertes ante esta tensión tantas veces retratada en las series de indios y vaqueros, si no fuera por esos elementos trepidantes del poema que arrojan al lector nuevos sentidos y cauces:

Una tribu de apaches cruza el lago
su calzada una aguja de luz heroína.

(p. 23)

El texto hace alusión a otro elemento paratextual del libro, la dedicatoria: “Para Claudia, heroína”. En algún punto “Se corroen las tuberías del submarino/ las medusas se infiltraron en el lago”, esas mismas medusas que el vaquero se calza en los ojos al final del texto, para mirar este drama con la acuosa viscosidad de una criatura pelágica, de un agua mala que llora y arroja veneno sobre los otros seres del mundo, como en una partitura de la naturaleza en donde ya no hay protagonistas o el protagonismo es un rol que se permuta. Pero la mirada del vaquero también está impregnada de la medusa ctónica que paraliza a quien la mira y cuya potencia reside en la cabeza, de la cual mana su descendencia. Ambas medusas son la espuma que sale por los ojos: “alguien te ha escalpado y amanece”.

*

Más allá de la “realidad” o lo que pudiéramos entender por “realidad” de lo acontecido, siempre habrá otras “verdades” subjetivas e incomprobables ocurriendo de manera simultánea. Es lo que el aeronauta y escritor irlandés John William Dunne imagina como vías paralelas (pasado, presente y futuro) de un mismo sistema de ferrocarril (el tiempo). En Occidente, la percepción generalizada del tiempo es un continuo que parte del nacimiento y se interrumpe —para algunos provisoriamente— por la muerte. Para Dunne, en cambio, el tiempo es no secuencial y aparentemente caótico, algo cercano a las sensaciones y a los acaecimientos que experimentamos durante el sueño.

En Espuma de Bulldog el lector experimenta este efecto no sucesivo ni progresivo de lo acontecido. La atmósfera general del libro no es onírica, aunque quizá sí alterada o psicotrópica, por la pérdida de los límites más comunes, la pérdida de las convenciones —sintácticas, por ejemplo— y las progresiones —lógicas, narrativas, por ejemplo—y, finalmente, la ampliación de las sensaciones de sentido. “Recuerda”, nos dice Bencomo, “cuando fuimos a comer nuestro cacto/ desierto hadalpelágico, desiertocéfalo”.

Por momentos pareciera que alguien —un testigo— estuviera observando detrás de una cámara de gessel o de una pantalla otros ángulos de lo ya retratado, como si ese tren de Dunne corriera en varias pistas paralelas y desfasadas. El poema “De Redes” da cuenta de este fenómeno:

El auto es compacto azul oscuro
el lago es un muy amplio azul verdoso.
[…]

La vista en la que coinciden el azul de este auto con el azul verdoso del agua es interrumpida por el filtro de la pantalla, una visión asincrónica que introduce nuevos elementos:

Es mañana de pescado nuevo
y quien observa el lago en Google Maps

no puede ver lo magro
la niebla que también cae en las redes
o el reflujo de bosta contra el agua.

El poema concluye con una advertencia:

no busques la clave de la caja fuerte.

En “Éste no es el amazonas” la experiencia psicotrópica después de la ingesta de peyote intensifica estas sensaciones. En el texto aparece nuevamente este lago, que es el lago occipital, el agua y la imagen del agua depositados en la depresión de la cabeza:

Miro el lago, los amigos al fondo del lago.
Ellos observan en antenas o en algunos kayaks
en video-conferencia.

Las sirenas vigilan
el parque de lo humano
con disfraz de sirenas con atuendo de motores fuera borda
que habrán de copular en la entropía.

Deberíamos comprar un holograma de plancton.
Amazon lo vende en línea con descuento
pero apenas navegamos
distraídos

en la balsa fisura de cualquier, de cualquiera.

Quizá la mejor ilustración de este recurso se da en el primer poema (sin título) de la última parte del libro “Un puño de colmillos en el suelo”:

Tú estás adentro
muy adentro de un gran drama
como una estela maya que revienta en pedazos

La condición de estornino,
el fragmento cardiaco o elegiaco, por imitar o clonar.

Por ejemplo: tú estás afuera
de un gran drama y te roedoras,
cataplasma o mimo.
[…]

Porque en nuestra condición de aves o cowboys o perros arrojando espuma por la boca compartimos el adentro y el afuera, el arriba y el abajo, como cuatro abismos simultáneos y divinos.

*

Así llegamos a la tercera y última señal de espuma en la boca, que es un juego de palabras, calambur metapoético o metalírico:

Lírica viene de lirio
Lírica viene delirio
De-
Viene lírica lirio

Lyrica subcortical o cortisona
Espuma de bulldog en aguas ya estancadas.

Ante el desgaste, después del ejercicio extremo con las formas neutralizadas y comunes, tras la extenuación, el bulldog jadeante arroja por el hocico una espuma clara y amarilla: es el tedio de la lírica “vs. el tedio de ti”, es la rabia convulsa y violenta, un-mar-de-bilis-de-tristeza.

Al fondo de la escena, vemos al joven Quevedo acercarse a la deseada reina, Isabel de Borbón. Avanza con pasos resueltos, osados, hacia ella, mientras sostiene en cada mano una flor de naturaleza y colores muy distintos. Ya frente a ella, después de cercarla entre las flores erguidas y sepultar la gracia que le provoca su acto, su propio acto, se aproxima a ella para espetarle en la cara: “Entre el clavel blanco y la rosa roja su majestad es-coja”.

 

 

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