Bibliomancia: Una mujer que escribe. (Sobre “El libro de Ana” de Carmen Boullosa)

Una mujer que escribe ha decidido ser testigo del mundo. En su última novela, la escritora mexicana Carmen Boullosa, ha decidido preservar la memoria, partiendo de un personaje ficticio que sueña y se desdobla en muchas mujeres posibles. Recorrer la vida hasta lograr despojarse de un pasado que nos es ajeno cuando somos los personajes en la mente de alguien más.

La bella y trágica rusa Ana Karenina, que León Tolstoi crea en 1878, tiene una vida que ha rebasado al propio Tolstoi. Así ocurre con ciertos seres que se escapan de la ficción, de nuestras ficciones para andar por el mundo y luego deben morir para que el mundo siga siendo el mundo. Pienso en Lázaro, el hombre al que Jesucristo hace volver a la vida, y que enmudece hasta que es apuñalado y muere a manos de bandidos.

Esos personajes que vuelven a la vida para habitar entre nosotros, cuasi fantasmales, y que se obstinan en poseernos, son los que se quedarán eternamente acompañándonos, y así verán cómo todo vuelve a empezar en la tierra.

La ficción que Boullosa entreteje en esta narración-biografía novelada, se centra en el papel de la mujer. Una mujer que, como ya he dicho, escribe. Una mujer que fabula, imagina, se detiene por los rincones del laberinto que constituyen su vida y sus posibles vidas. El deseo de estar en otras mujeres, de actuar en otros papeles.

Después de muerta, en el año 1905, un matrimonio en aparente calma, se intranquiliza por una carta. El desasosiego ante un pasado que regresa para mancharlo todo como una nube de infortunios los tiene ansiosos. El hijo de la bella suicida  Ana Karenina, la que murió de tanto amar, Sergio, piensa en su madre. Piensa con dolor en lo que los otros han creído sobre su madre. Siempre los otros y sus ficciones. A fin de cuentas existimos en nuestra vida cotidiana y en lo que los otros creen de nosotros.

Los personajes que aparecen en El libro de Ana, son los insensatos que siguen en el mundo para sostener sobre sus espaldas nuestras existencias.

La joven anarquista Clementine, que es como una princesa frágil y extraviada de su lejano reino, está desencantada de la realidad tan cruenta: la Rusia bajo el dominio del Zar. Una mujer que quisiera vivir en el fondo del mar, sola, y sin fantasmas, es la hija ignorada, aquella que pudo haber sido, la solitaria Annie, la chica que no habita en la melancolía sino que es habitada por la melancolía, la hija desterrada. Un portero que no envejece hasta mirar de frente a la muerte en el cuerpo de una joven, un retrato que podría ser una obra de arte pero es más bien la morada de un fantasma: el fantasma de Ana Karenina.

Son personajes que parecen ir flotando y tropezando con el aire y con la música que los muertos traen consigo.
La angustia y el desasosiego a veces menguan. Disminuyen cuando se sale a pasear, a caminar por un callejón silencioso. Mientras uno guarde en su memoria un secreto, vale la pena seguir en la tierra.

Cada que creo que no puedo más con mi vida, me repito casi en silencio que estar triste es una manera de estar en el mundo.

Pienso en una mujer. El cuerpo de una mujer asesinada por un sinsentido: el odio y la miseria. Pienso en la vida corriente, la de diario: el empleo, la escuela, la causa de nuestro anonimato y por lo tanto la razón para seguir en nuestras vidas sin hacer daño a otros. Amando y a veces intempestivamente esperando que algo cambie, se mueva para que entonces notemos quiénes somos.

Escribe (en La noche tenía mil ojos) María Negroni: “Cuando la tragedia se desencadena todo está perdido”. En la literatura rusa hay tragedia y parece que está todo signado por una nube negra, o quizás por esa espesa nieve que no cesa de caer, como el anuncio de una catástrofe inacabable.

Carmen Boullosa construye una estructura circular. Cuenta y quizás así palia la natural angustia de vivir en un mundo desgarrado y lleno de presencias que van y vienen. Es eso, la desgarradura de la existencia tiene que enfrentarse de alguna manera. Al leer El libro de Ana se atraviesa un laberinto. Y también se observa desde dentro una realidad que ya todos conocemos, en un país en el que te arrebatan la vida y la posibilidad de llanto no queda más que sobrevivir.

Contar una historia es importante porque con ello dibujamos nuestro paso por el mundo, como observadores, como habitantes. Pero cada que escribimos algo de nosotros se pierde y se desintegra de nosotros mismos. Algo se desintegra para quedar impoluto en la tierra.

La imposibilidad de la felicidad es también el sostén de nuestra existencia. Al leer Ana Karenina de Tolstoi intentamos comprender el deseo, pero también asistimos al intenso desasosiego de una existencia signada por la belleza. Ana Karenina es la mujer perturbada ante la absoluta felicidad.

En la novela de Boullosa la mujer se viste de muchas mujeres. Es un universo de posibilidades. Una rebelde que sabe que todo está perdido, una esposa enamorada de su existencia, una mujer que lo ha perdido todo y una joven que parece tenerlo todo y que en realidad está desamparada, absolutamente sola.

La belleza y la tragedia se entrelazan para formar la catástrofe. Para hacer que el mundo tiemble y que ese temblor no deje más que una calma impostada. Algo desaparece de nuestra alma y se transfiere al papel, mientras se escribe.

Hay una virtud innegable que posee el narrador, el encanto de que quien escucha puede guardar una historia en la memoria. Como los viejos cuentos que viven en cada uno de nosotros y que a veces sobrevienen después del dolor para darnos cierta felicidad. Dice Italo Calvino que un clásico es un libro que no cesa de decir lo que tiene que decir. Un cuento es el conducto entre la fantasía onírica y nuestros más deseados anhelos. En esta novela de Ana, una voz tocada por el opio, o sea una voz lúdica y extasiada-onírica, cuenta una historia que se desdobla en múltiples historias. Una mujer que es muchas otras se ve como en sueños, recorriendo posibles laberintos. Abre puertas y se descubren ante ella (que podría ser Ana Karenina, o Carmen Boullosa, o Ana, o la Cenicienta, o yo misma), las puertas del deseo, del placer, de la ambición, de la tristeza y de la desmemoria.

El libro de Ana, parte de la Ana Karenina de Tolstoi pero crea a otra Ana. A una narradora silenciosa que ha decidido guardar en una cajita de música muchas cajas que van abriéndose y develando una música de vida. Hay ciertos coleccionistas obsesionados con los objetos particulares que están a la espera de ellos únicamente. Cajas, piedras, llaves, piezas que parecen no encajar en el universo y que cobran importancia para quien está destinado a encontrarlas por su camino. Estos coleccionistas son también poseedores de una melancolía profunda; intentan preservar el amor o la memoria. Luchan obstinadamente por guardar su huella del mundo. Por transportar algo de su alma hacia esos objetos inaparentemente simples. Un escritor forma parte de esta estirpe. Colecciona, acumula y guarda su melancolía en cada uno de sus escritos. No sólo su melancolía, su constante desconsuelo, como en Dostoievski, en Puskhin, en Kafka, o en Thomas Bernhard.

Carmen Boullosa es dueña de ese peculiar objeto: su caja de música que se contiene y se autocompleta, que se abre y entreteje palabras. El libro de Ana es una manera de leer la vida, como la literatura que se ha preservado. Leer el universo con los ojos de muchas mujeres. De una mujer que se pregunta cómo es ser mujer y estar viva en Rusia hace cien años, o cómo será caminar por una calle eterna que parece no tener fin, en cualquier época, en cualquier ciudad.

No nos cansaremos hasta el último día de nuestras vidas de intentar explicarnos de alguna manera el amor, la existencia y la tragedia. ¿Cómo es ser mujer y amar desenfrenadamente? ¿Cómo es existir en el mundo? ¿Cómo es sobrevivir? Se pregunta una mujer. Y escribe.

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