Soliloquios: Fiesta

Por: Jorge Meneses

Despierto. No recuerdo qué soñé. No me duele la cabeza, pero fue una gran fiesta aunque no recuerdo… bueno, sí recuerdo pero hay lagunas. Estoy en la cama con otras personas; están cubiertas por la sábana, la misma que también me cubre.

Alzo la sábana y descubro que son dos personas. Hay una mujer que no tiene sostén, tiene tanga. Es una mujer delgada, bien formada, sus glúteos pequeños, pero firmes, no me dejarán mentir. También descubro que estoy desnudo.

Hago un esfuerzo por recordar algo pero es en vano. Sí he despertado junto a una mujer luego de alguna fiesta, pero nunca junto a una mujer como la que está a mi lado.

Alguien, el otro que está en la cama, ronca. Alzo la sábana. Es un hombre; desnudo también. Probablemente participé en un trío.

La mujer abraza mis piernas.

Estamos en una habitación de hotel, eso es fácil de discernir: jaboncitos, toallas, dulces y agua embotellada. Extraño casa.

La mujer despierta y me hago el dormido. Regresa a la cama y se sienta a mi lado.

—Despierta —me dice con un español forzado—. No duermes, lo sé.

Acerca su rostro al mío. Corroboro que no tiene sostén, que es delgada y que nunca antes había despertado junto a una mujer como ella. Tiene un encanto infantil y una voz ronca.

—Despierta —vuelve a decir con su español raro. Tiene su rostro frente al mío. Sus cejas son largas y pobladas. Me da un beso en la frente y me dice: Vámonos, tengo hambre.

El hombre se despierta, va al baño. Regresa a la cama. No lo conozco. Él me ignora, prende un cigarro y con un ademán le ordena a la mujer que vuelva a su lado. Ella obedece. El hombre besa la boca de la mujer aunque ella no parece muy cómoda.

—¿Quieres que pida el desayuno, mi reina? —pregunta. La mujer me mira—. Sí, mi reina, el breakfast —agrega.

Oh, no —dice la mujer—. Quiero tacos —dice la mujer y el hombre ríe.

Me visto. La mujer se zafa del hombre. Se viste. El hombre también pero más rápido; aún no me ha dirigido la palabra. El hombre se mete al baño y la mujer me toma de la mano y echa a correr. Salimos de la habitación. Salimos del hotel.

Estamos en Ixtapaluca. Muchos kilómetros más allá de donde fue la fiesta.

—¿Conoces aquí? —me pregunta la mujer. Yo asiento con la cabeza—. Sácame de aquí —suplica, y le hago la parada a una combi, la primera que pasa: Ixtapaluca, centro. Subimos. El hombre sale del hotel y grita su nombre. Creo que la mujer se llama Clara, o no sé, no escuché bien.

—¿Qué está pasando? —me atrevo y le pregunto.

I don’t know. No sé qué pasa, pero quiero tacos —contesta y se ríe. Dice “tacos” como si fuera lo más difícil de decir, y  yo digo: Te cobras dos bajamos en el paradero, como si fuera lo más triste que tuviera que decir, porque podría pasar toda mi vida con esta mujer aunque no conozca los motivos por los cuales se le dificulta decir “tacos”.

Caminamos hacia el mercado municipal y ella me cuenta con su español raro, que es inglesa aunque pasa mucho tiempo en Los Ángeles; es modelo, aunque ya se retiró; sabe español porque le gusta leer a García Lorca, aunque a veces no le entienda muy bien, y que no tiene la más mínima idea de cómo terminó aquí. Me dice que vino a México a promocionar una película en la que es co-protagonista, luego alguien le mencionó que había una fiesta muy wild on y ella dijo que Of course, why not? 

—Y tú —me dice la mujer—, deberías relajarte más.

—¿Es tu esposo… —le pregunto— el hombre de la habitación?

Who? ¿El hombre de la habitación? Oh no, lo conocí en la fiesta. Yo soy… ¿cómo se dice en español? —me pregunta—. Yo soy tengo novia.

Balde de agua fría.

—¿Quieres tacos, verdad? —pregunto para evitar que la mujer note mi consternación; ella afirma: Of course, tacos.

Le digo que sólo hay de cecina o de chorizo. Ella me dice que no sabe qué es eso. Pido de cecina y de chorizo. Le digo que le ponga salsa, pero no mucha; poquita porque pica mucho y ella me mira y me dice que me relaje. Le digo: Beware, please. Ella dice: Calm down, man. Le echa mucha salsa a sus tacos. Come. Mastica. Me mira. Se pone roja. Los ojos le lagrimean. Suda. Pido un refresco. I told you so. Se echa aire con las manos. Grita. Se para. Corre en círculos. Brinca. Viene y va. Toma por los hombros a la gente que se cruza con ella y les dice que pica pica pican los tacos. Dice “pica pica pican los tacos” con pleno manejo del español, como lo diría cualquiera de nosotros. Y yo digo que la voy a recordar toda la vida.

Salimos del mercado. Me pide que le enseñe dónde viví cuando era niño. Caminamos. Me toma de la mano. Miro nuestras manos y luego la miro a ella. Sonríe. Acerca su rostro al mío, hace bizcos y saca la lengua. Echa a correr y me grita: Reach me. Corro tras de ella para alcanzarla. La alcanzo. Le digo: Las traes. Ella me interroga con su mirada. Sonríe. Pasa un hombre a su lado y ella le dice que las trae, el otro no entiende nada y la mira como si la mujer estuviera loca. La mujer lleva la mirada hacia el suelo.

Easy —le digo para intentar consolarla—. Es que debe relajarse más —agrego, y le palmeo la espalda. Ella sonríe y me da un golpecito en el brazo. Sonrío. Han de ser como las cinco de la tarde.

Llegamos hasta la casa de mi infancia y le cuento lo que fui. Ella me dice que en la escuela le hacían burla por sus cejas. Yo le cuento que cuando era niño me caí y me rompí uno de los incisivos, el de arriba. Le enseño. Le digo que se ve raro, porque parece que mi sonrisa es resultado de una embolia.

—¿Embolia? —me pregunta. Le explico—. Ah, embolia. Of course —dice “embolia” con orgullo, como cuando dice tacos o Popocatépetl—. It doesn’t matter. Weird is cool —afirma.

Me dice que cuando ella era niña le decían que era fea por sus cejas. Ella corría y se escondía donde fuera. Le hago una máscara con mis manos. Ella se la pone y dice que es un buen día. Toma mis manos y me pone mi máscara.

Está nublado y ha caído la primera hora. Corremos. La lluvia las trae.

Entramos a una tienda de disfraces. El que atiende nos pregunta si nos puede ayudar en algo.

Choose one for me —me dice.

—¿Tendrás uno de Batman como de su tamaño? —le pregunto al dependiente al oído, y él sonríe y dice que le dé un momento por favor.

Mientras el dependiente busca, le digo a ella que se lo va a poner con los ojos cerrados.

It’s a deal! —dice y me estrecha la mano. El dependiente me da el disfraz.

Ok, put it on —le digo a la mujer y ella va al probador.

Sale y sonríe.

It’s my turn —me reta.

Se acerca al dependiente y le dice algo al oído. El dependiente sonríe y le hace tssssss, luego me mira y me dice: Se manchó.

—Cierra tus ojos —me dice la mujer, mientras el dependiente le da el disfraz y la mujer le pregunta si ella puede ponérmelo. Supongo que el dependiente asiente porque la mujer me lleva al probador con los ojos cerrados.

Open up —me dice al oído. Abro los ojos y tengo sus ojos frente a los míos y entonces recuerdo los cíclopes cortazarianos. La respiración de la mujer me besa la boca; yo sostengo la mía. Tiemblo. Los pies me hormiguean.

Come down —me suplica.

Me besa, pero decir que me besa es un eufemismo, más bien recarga sus labios sobre los míos, pero ella tiene novia y yo el corazón roto, por eso fui a la fiesta.

El disfraz es el de Elsa de Frozen. Estoy hecho un cubito de hielo.

Excuse me —me dice.

Nevermind. So? Put it on me —le digo y comienza a ponerme el disfraz.

Salimos del probador. El dependiente ríe. Ella le pide que nos tome una foto. Posamos.

Luego de la foto ella regresa al probador. Sale y devuelve a Batman al dependiente. Hago lo propio con Elsa. El dependiente está esperando que le compremos los disfraces. Trato de hallar una excusa para salir de ahí. Ella no quiere salir porque llueve. El dependiente nos mira feo y musita algo ininteligible.

Tomo de la mano a la mujer y salimos de la tienda de disfraces. Algo grita el dependiente pero ya no escuchamos por la lluvia.

La mujer y yo estamos frente a frente, como en el probador.

—¿Ahora qué? —pregunta.

La tomo: mi mano derecha sobre su cintura, mi mano izquierda toma su mano izquierda. Tarareo el Vals no. 2 de Shostakovich.

Oh, god. What is this? A movie? —pregunta, ríe y se deja llevar. Sé que esto es un cliché pero fue lo único que se me ocurrió.

No me doy cuenta pero llegamos hasta un puesto de tacos donde tienen Si una vez de Selena a todo volumen. Bailamos. Sabe bailar. Alguien grita su nombre. Es el hombre del hotel. Llega hasta nosotros. El hombre me ignora. Algo le dice a ella. Miro el cielo, ya es de noche y dejó de llover. Los carros pasan y alzan olas, los niños salen a tirarse agua a patadas, los focos se encienden y colorean los charcos; huele a tierra mojada. Extraño casa. Voy a extrañar muchísimo a esta mujer.

Me mira como se miran las cosas que duelen y es mejor dejarlas ir. Toma mis manos, se hace una máscara y se la pone.

Comprendo que hasta aquí ha llegado nuestra aventura. Me voy. Tomo la calle por la que antes habíamos bailado el vals de Shostakovich. Paso la tienda de disfraces. Volteo y ella sigue ahí parada. Le grito mi nombre. El hombre del hotel hace de todo para llamar su atención. Ella me sigue mirando. Me detengo a mirarla. ¿Qué es lo que se hace en las películas de amor? Cierto, echan a correr.

Ella echa a correr hacia el otro lado mientras yo corro hacia ella, pero pronto se pierde de mi vista y entonces acepto que la fiesta ha terminado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *