Soliloquios: Lola, por Tania Langarica

Por: Tania Langarica

 

I

La sombra de la nariz cae taciturna
sobre los labios apretados de la mujer blanca
Ella es toda
vía                                                 ansia:

su forma de verme es retrato nervioso,
invasivo, con veta ágil
sus yemas caen siempre frías sobre mi cara

Me busca
entre los espectaculares,
solapa
mañanas mal vividas,
el retorno a casa de una bóveda vomitiva
y se guarece de tener que decir algo desdoblado
Ella
se guarece detrás de las palabras homófonas
o me regala hasta la última cucharada de sopa

 

II

En los setentas,
las mujeres vestían bolsos rojos
del tamaño del talle
multiplicado por dos

Las mamás de mis amigos chocaban sus autos cada semana,
se acostaban en el piso de las fiestas
entre olas de alcohol

La casa de la madre moderna
tenía pantones
como pistachos abiertos
La charla de la madre moderna:
nimiedades simpáticas
que el señor de las flores
sigue vendiendo

Las mujeres con tubos por las noches
no babearon sus almohadas
en ningún momento

mi madre tomaba el Raleigh con la mano izquierda

 

III

La añoranza es de ti,
de los golpes flemáticos de tus manos microscopio
o de tus palabras

Tu personaje de saco y hombreras,
el de cabello hasta los hombros
pinta sus labios de rosa
Tiburcia, Pancracia o Anacleta
no importa cuál escojas

Lola con orejas de pescado
Lola con bolsas bajo los ojos
Lola golpeando la mesa
El deseo es lo que me contaste,
aunque lo escupa cada que me doy cuenta
Tino certero:

Un lenguaje con base en todos los nombres propios que incluiste tácitamente en el mío

 

IV

Hago caso a lo que dicen
porque suelen ser niñadas mías
las que digo cuando la veo incómoda

Hago caso,
olvido que no la encuentro con facilidad,
qué no la quiero encontrar

El sonido resbala de sus mejillas soleadas,
mientras hace más sinrespuesta
y yo sigo siendo de palo;
otra vez, desperdicio

 

V

La mirada verde atraviesa pragmática
allí, donde habita el discurso

Seguimos gritándonos:
el sudor de su cabello no me revuelve el estómago

tomo su mano
para caminar por la calle

Sigo,
sigo batiendo sus recuerdos y los míos,
turnando el uso de los agitadores y los cerillos

Una cuba, la vida antes de mí
— ni el piso la merece —
Una risa, como antídoto
antítesis de lo femenino

y mi momento para verla.

 

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