Atlas: “Trastorno”, por Thomas Bernhard

“La tierra habla una lengua que nadie entiende
porque es inagotable…”
Thomas Bernhard

El mundo se ha enfriado un poco, una nota sobre Trastorno de Thomas Bernhard.

Fue en Heerlen, Holanda, en Febrero de 1931, donde Thomas Bernhard nació en un sitio húmedo, una bodega de pescados, un lugar que podríamos describir como la caverna de la que provenimos. Su madre pensaba en ocultarlo, por razones que ella consideraba importantes. Quizás la madre de Bernhard pensaba que el niño no sobreviviría a aquella podredumbre. El mundo era desde entonces la suma de tragedias y alegrías que cada quien llevaba a cuestas.

La infancia de Thomas Bernhard, relatada en su Autobiografía, fue una existencia desalentadora y, por lo tanto, humana.

Escribe: “Odio a los seres humanos pero a la vez son el único fin de mi existencia”, una rebelión contra el origen podría decirse que fundamentó la literatura de Bernhard.

En su segunda novela, Trastorno, Bernhard va tejiendo un universo de enfermedad y de asfixia. La asfixia de saber que podríamos morir, pero no somos afortunados y estamos condenados a la errancia por las ciudades viejas y los bosques donde los árboles ocultan la angustia de la tierra.

En un paseo al lado de su padre, un joven estudiante se encamina a la degradación humana.

Quizás el camino trazado por Bernhard en Trastorno podría leerse como el descenso de Dante a los infiernos: las estaciones del alma humana. Ya se ha dicho que la literatura es el relato de un viajero que vuelve a casa. Thomas Bernhard, busca construir su casa, volver a ese sitio, a la caverna o a un espacio con el mueble y las ropas que nos habitan y que guardarán nuestro rastro por siempre. La literatura es también construir detalles mínimos que estén ahí a la espera de ser contemplados. Estos detalles que Bernhard sembró como yerba fina en su escritura son gestos que nos derrumban como los espejos que al final de la noche nos devuelven la imagen de cuerpos que envejecen, de ojos llenos de sombras…

El niño de Hüllberg que cae a una tina de agua hirviendo, la esposa muerta de un posadero colérico, la señora Ebenhöh, el príncipe Sarau que monologa preguntándose por la existencia mientras busca a un hombre capaz para ocupar un puesto en su castillo. Los personajes de Bernhard poseen un misterio y la capacidad de soportarlo todo. De cargar a cuestas la vergüenza de seguir en un mundo plagado de hipócritas, canallas y condenados eternos. Bernhard lo observa y se ríe a carcajadas. Posee tal amor al mundo que escribe y su energía se encamina a elaborar las exequias de una sociedad furiosa.

“Todo agoniza de una forma igualmente estúpida, ¿no es verdad?”, hace decir Bernhard al príncipe. “Uno es, con independencia de su vida profesional, un viajante en entierros”.

Si buscáramos dentro del dolor que nos provoca nuestra existencia quizás deberíamos partir del momento en que con toda fuerza fuimos lanzados al mundo. Un impulso físico es el principio. Nacemos del deseo, de los sueños de dos seres que por más que el tiempo avance nos serán siempre ajenos.

Nosotros mismos gastaremos nuestras vidas en intentar saber algo sobre lo que creemos que somos. Esa búsqueda inacabable quedará expresada en la energía de la tierra, desperdigada por cada lugar que recorremos, en las ropas que vestimos; en cada sitio al que nuestra sombra se aproxime habrá un vestigio nuestro, irremediablemente.

No todo es fatalismo. No es la fatalidad, es más bien la pulsión de estar en la tierra. De habitar entre bosques y calles que nunca terminarán de caminarse, lo que se hace presente en la escritura de Thomas Bernhard.

La vida expuesta como si de par en par la piel se abriera para mostrarse ante seres indolentes. La enfermedad, quizás no sólo la enfermedad mental, más bien el dolor humano reflejado en cada uno de nuestros pasos por el mundo.

La historia es la de un observador del dolor. Un sobreviviente. La relación entre el padre y el hijo, esos lazos que nos atan con otro ser que nunca comprenderá quiénes intentamos ser. Una intuición alcanzarán a tener sobre nuestra existencia.

A pesar de la tragedia, y el deseo suicida que late en las existencias de esos personajes condenados que se reúnen en la obra de Bernhard, hay siempre un motivo que desencadena la existencia.

Una resistencia interior que impulsa a la vida ante el dolor. Esa sensación de desasosiego que nos vuelve absurdos y nos hace caminar mirando un paraje desolado donde han asesinado a las aves como metáfora de nuestra sin razón.

La tragedia que se refugia en el pensamiento, esa es la sensación que me provoca leer a Bernhard.

En Almuerzo en casa de Ludwig W, Thomas Bernhard —autor de teatro, poesía, y novelas como El malogrado, Amras, El sobrino de Wittgenstein, La calera, Extinción, Hormigón y Maestros antiguos— hace decir a su personaje Voss, (inspirado en Ludwig Wittgenstein) respecto a la música: “Eso no se puede aplicar al pensamiento. Por más que abusemos, siempre se puede seguir pensando. Al final todo nos pone nerviosos menos pensar”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *