Ornitorrinco: I

Por: Sofía Ánimas Pazos

Imagen por Adrián Martín

Hay que darle forma a este relato de algún modo. Podría arrancar desde cualquier momento, pero elegiremos la mañana, porque quizá nos otorgue algo de claridad pensar en el día temprano, cómo se abre ante nosotros, en blanco, y luego le seguimos la corriente a partir de ahí. Y es que era temprano cuando Luz se levantó. Inclusive se podría decir que el cielo se estaba abriendo mientras su cabeza emergía de la almohada, como si un hilo de titiritero los jalara desde la lejanía al mismo tiempo. Si nos asomáramos a la ventana de esa mañana, de ese cuartucho improvisado en una azotea, tendríamos ante nosotros la vista de los volcanes, cual postal, despejaditos y nevados tras la helada de la noche anterior. Así las cosas. Pero volviendo a Luz, hace dos días que llegó a casa y no hay nadie, así que lleva dos días en silencio angustioso. Es el silencio nunca satisfactorio, el silencio loco, como diría la canción, de una colonia popular de Ecatepec: los gallos rezagados del vecino, la bomba prendida al final de la cuadra, el ropavejero que también afila cuchillos. Perderse en ese ruido muerto que no le pertenece a uno requiere apenas de algo de voluntad y talento. Luz posee la voluntad y el talento necesarios para perderse en casi cualquier tipo de silencio o ruido. Por eso lleva dos días en una casa vacía, sin mucho interés en averiguar a dónde se habrán metido todos. Una vez levantada, o más bien caída de la cama a trompicones, comienza a dar vueltas por ahí, con el teléfono en la mano, verificando si alguien de allá fuera manifestó interés por su destino en las últimas horas. Y nada. A esas alturas, piensa, su marido debe estar recibiendo el desayuno en su celda. Eso puede que no sea cierto. Ni ella ni yo sabemos de las rutinas penitenciarias en El Paso, Texas, pero invito a quien lo sepa a hacerlo de mi conocimiento. El caso es que ese pensamiento le lleva de inmediato a otro, como suele pasar cuando pensamos en comida, y resuelve que tiene hambre. Sale por primera vez en dos días de confinamiento reparador a la luz de ese sol desnudo de invierno que, dicen los expertos, es el más peligroso para las células de la piel. Se estira, se mueve, se arroja con todo su peso y gravedad hacia el local en el que ha comprado antojitos desde que tiene memoria, y se encuentra con el eterno talante fastidiado de la señora Chepa. Intercambian cortesías, todavía no hay nada, le dice, que vuelva más tarde, y la ve feo. Sabe Luz que la señora Chepa no la ve feo por nada, ya que eventualmente la ven feo por una u otra razón, es sólo que a veces no se acuerda de cuál es. Ayer, por ejemplo, hizo algo que seguramente no le gustará a alguien. Quiso alcanzar las galletas al fondo de la alacena y se trepó en la mesa de trabajo de la cocina, logrando vencerla con su peso, que, para ser sinceros, tampoco es excesivo, pero a final de cuentas fue suficiente para doblar el soporte de aluminio que atravesaba la longitud de la superficie. ¿Qué se le hace? Siguió su camino y nadie murió por eso.  Así que algo debió haber hecho para molestar a la señora Chepa. Pero sigue viva Doña Chepa, ¿ahora qué sigue? Andamos con Luz por la calle, sosteniendo una bolsa llena de mandarinas, tortillas y carnitas. Ella mira distraídamente su feed de Facebook, lamentando que ninguno de sus contactos la haya mencionado, apuntado o recordado, pero sí a otras personas, la mayoría desconocidas y seguramente más afortunadas que ella. Está de la verga, piensa, andar en la calle así, tan suelta. No lo piensa realmente así, pero intuye que algo no anda bien porque de pronto se siente desaparecer o más bien flotar hacia un punto lejano e inaccesible, como el globo de helio que alguna vez soltó por accidente cuando era niña. Recuerda que mirarlo a lo lejos le causó vértigo y mucha tristeza, como si fuera ella misma la que estaba arriba, mirando las cosas desde arriba, perdiéndose todo entre multitudes de formas cada vez más chiquitas, cada vez más inidentificables. Es entonces, cuando la soledad del globo la asalta, que se le ocurre llamar a su padre. Llega a comer bestialmente, apenas dejando algo para más tarde, y luego se mete a la regadera. Se baña con enjundia y largamente, bajo el chorro furioso de agua caliente. Esa manera suya de bañarse, se podría llamar excesiva, algo violenta, siempre fue motivo de discusión con sus hermanas, ya que, además de tomar mucho tiempo, suele dejar la habitación llena de vapor y agua escurriendo por todas partes. Sin embargo así está bien para ella, que las habitaciones digan cosas, se desborden y suden tantito. Sale ahora a la estancia, prende la tele y la deja puesta en Las cosas de la vida, a volumen moderado. Toma el teléfono fijo y abre fuego a discreción: le marca a su papá, a su hermana, a su tío, pero nadie le contesta. Esto está de la verga, piensa otra vez para sí. Se distrae por un momento con la televisión, el capítulo de hoy “El fantasma de mi ex me viola por las noches”, o algo así. Hay tres mujeres histéricas, como es costumbre, una médium con voz estrepitosa, y el equipo de investigadores tiene una revelación que lo cambia todo: EL EX NUNCA ESTUVO MUERTO. La música se eleva con estrépito, las luces del escenario relampaguean, el público está vuelto loco, ¡es demasiado! Luz apaga la tele y se queda ahí sentada un buen rato hasta que se queda dormida. Ahora tiene sueños felices, con un hombre sin rostro que le abraza las rodillas y dice que moriría por ella. Está loco, le parece a ella, pero eso sólo lo vuelve más atractivo, y se deja llevar por una serie de atmósferas y flashes que ya no puede distinguir, pero a través de ese descontrol se aferra al sentimiento de tener a un hombre que le tenga aferrada por las rodillas, en actitud de súplica. Para cuando despierta ya es de noche. La corneta del señor que vende pan se oye a lo lejos, junto con el retumbe de unas bocinas que vomitan techno barato de los noventa. La cruda realidad envuelve a Luz en la oscuridad y frío de la sala de estar en que creció jugando con sus hermanas. Sigue en esa casa húmeda sin ninguna idea de qué está pasando con ella y con todos. Y para colmo, ya se le acabó la batería al teléfono. Pero ahora ya está decidida: se irá a la cama, porque hace mucho frío, pondrá a cargar su celular, y mañana temprano llamará a todas las personas que conoce para poder irse de antro en la noche.

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