Soliloquios: Cuatro poemas de Miguel Ángel Díaz

Por: Miguel Ángel Díaz

 

 

Cuando yo muera quiero que me inseminen

A David Ojeda*

Yo soy su casa.

Todo yo y todo en mí: rastro y memoria.

Como recién llegado de otro mundo

en el desconcierto

de una existencia absolutamente ajena a la mía ¡bu!

Soy yo que eres tú: lacasaquenarra

el grito leve de los labios del loco

que intuye su muerte:

nadie sabe que sombra le vela el entendimiento

qué luz le sirve de señal.

Luego la realidad es un impulso.

Flota sobre nuestras cabezas

y dice: paxtecum. Uno

busca los hilos que la sujetan y nada responde.

Yo intenté decir que soy yo. El grito.

Lo que dejaste ir. Lo que otros te arrebataron: el yo

que recuerda y dormita. Soy

todos los objetos

y cada uno de los familiares.

El fin de todos cuelga de una campana

y no se dilata más allá del teñido.

Negro búmeran el albatros

que aguarda el momento de llegar a tierra.

Las gotas existen brevemente y no pueden sino caer.

Yo estoy en la fuente.

El espacio que habitas es el vacío.

Nos colman solamente las palabras.

El que escribe

busca

su sentido y encuentra

desesperanza. El que lee está

en desesperación y acude al desconcierto.

Un hueso sobre los huesos de mi padre.

Tu padre está conmigo

tú eres nuestro sueño

el presenta es un intervalo del vacío.

Ahora vive.

 

*El poema está elaborado con fragmentos del libro de cuentos El Teorema de Darwin, del maestro David Ojeda. Con amor y respeto a su memoria.

 

 

Primer curso de gramática

qué decir cuando todo está roto

donde no quiero la casa

la calle la esquina la escuela la frase el poema estar

donde todo se rompe

un rompecabezas

sin cuando una pieza te empujan

y en la miopía buscas la hierba

los lentes poderes sobrenaturales mortal

eres pero las artes mágicas de frases

los libros no hay

ciencia

ficción de verbos

sin categoría gramatical

que detengan los putazos

 

 

Marvin era gay hasta que añadió una ‘e’ a su apellido para distinguirse de su asesino

lo invité a cenar

pero en mi cocina no había comida ni luz

sólo música

mantequilla y un discurso que interrumpí:

 

pongámoslo sobre la mesa

donde quiera es fácil manipularlo

sin embargo los derechos no son importantes

para el sexo entre hombres

yangeles y nadie dice nada

salvo Foucault

que afirmaba que en la Edad Media

a las reglas monacales

les interesaba más la alimentación

que cualquier dilatado esfínter

 

no hay nada malo en mí amándote

excepto la hybris

y los dioses ya están muertos

 

 

Esta escuela de entrenamiento para perros antes era un gimnasio llamado Diógenes

como madame Rimbaud que envió una carta

a Verlaine diciendo:

“yo también he sido desdichada”

me he mandado una postal de san Sebastián

pero en lugar de flechas

jeringas y en lugar de un árbol

otro cuerpo desnudo: “siempre he sabido

que todos mis vicios volverían

para mi provecho”

 

no tengo prisa

Verlaine nunca tiró a matar

 

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