Atlas: Sobre Óscar Liera y “Los negros pájaros del adiós”

Un día descubrí por accidente a Óscar Liera (1946-1990) en una librería del FCE. Es un mexicano sinaloense que estudió actuación en la Escuela de Arte del INBA y letras hispánicas en la UNAM. También realizó estudios sobre teatro en la Universidad de Vincennes; lengua y civilización francesa en La Sorbona y cultura italiana en la Università degli Studi di Siena. Armando Partida Tayzan, experto en la obra del dramaturgo, menciona —en el prólogo de Teatro escogido de Óscar Liera publicado en 2008 por el FCE— que para 1979 Emilio Carballido ya lo publicaba en su revista Tramoya. Me sorprendió que alguien con esta carrera no hubiera sido mencionado en mi curso de teatro mexicano así que decidí comprarme el Teatro escogido de Óscar Liera.

Liera fue un autor que nunca temió expresar en su obra la realidad de los asuntos que le preocupaban a pesar de que esto significara cuestionar al gobierno, al clero católico mexicano o a la academia. Sin ser mínimamente un panfletista, Liera no se distingue únicamente por los temas que tocó en sus obras de teatro. El desenvolvimiento e intensidad de sus personajes, así como las complejas estructuras espacio-temporales que supo poner en escena denotan un verdadero dominio teórico y técnico del dramaturgo. Además, es imposible ignorar el matiz mexicano-norteño que le otorga aún más autenticidad a su trabajo.

Todas estas características se pueden apreciar en la pieza en un acto Los negros pájaros del adiós, la cual se estrenó en Culiacán el 2 de mayo de 1986 en la III Muestra Regional de Teatro del Noroeste y fue dirigida por el mismo Liera. Una de las características más valiosas de este texto son las acotaciones: la lectura de la obra cuando no es una puesta en escena se vuelve mucho más que sólo el seguimiento de indicaciones y diálogos y no se añora tanto —como suele pasar al leer una obra de teatro— ver la obra representada en lugar de estarla leyendo:

Se escucha la canción “Toi, tu que t’en vas” que canta Nana Mouskoury y que es una versión moderna del aria “Casta Diva”. Mientras esto sucede, Angélica, sentada frente al público en el café, llora. Laura llora también, y por el fondo una inmensa bandada de pájaros negros arrastra un barco blanco en el que viajan Isabelle y Gilberto al eterno amoroso descanso. El sol se pone, cae la noche y el telón del tiempo.

En esta pieza Liera lleva poco a poco a todos los personajes hasta su nivel más profundo. Los coloca en situaciones límite para mostrarnos eso de lo que nos da miedo ser capaces como seres humanos.


SECUENCIA DECIMOTERCERA: EN LA CASA DE ANGÉLICA

ANGÉLICA: (Al público.) Una semana después Isabelle vio los pájaros; esto, por supuesto, no lo dije a la policía; ellos no entienden de presagios. Llegó aterrorizada a buscarme.

ISABELLE: (Grita.) ¡Angélica, Angélica!

ANGÉLICA: (Al público.) Realmente me sorprendió mucho que viniera a buscarme; casi nunca había hablado con ella y quedaba el recuerdo del día que llevamos la bicicleta y que nos sorprendió debajo del mueble; después, apenas si me saludaba.

ISABELLE: (Se acerca.) Angélica, qué bueno que te he encontrado, ¡qué bueno! (La ahoga el llanto, y la abraza.) Entré de carrera, ni saludé, discúlpame, ahora te explico, quiero que vengas conmigo a la casa.

ANGÉLICA: ¡A tu casa! ¡A tu casa!

ISABELLE: Ha pasado algo terrible, vamos.

ANGÉLICA: ¿Y quieres que yo vaya?

ISABELLE: Es muy importante.

ANGÉLICA: ¿Qué pasa?

ISABELLE: Ayer por la tarde vi los pájaros.

ANGÉLICA: ¿Qué pájaros?

ISABELLE: (Sorprendida.) ¿No te ha contado Gilberto de los pájaros?

ANGÉLICA: No, nada.

ISABELLE: Qué raro.

ANGÉLICA: ¿Qué pájaros?

ISABELLE: Unos pájaros negros que vienen del mar, del fondo de la noche, que no duermen y que el verlos produce vértigo…

ANGÉLICA: ¡Ay, no entiendo nada! (Al público.) —le dije—. Y en verdad a mí Gilberto nunca me contó nada de eso. Me hablaba de una barca que él creía ver pero cuando me la enseñaba yo nunca alcancé a verla y como era tan fantasioso siempre lo tomé como que él lo inventaba. Tengo la impresión de que Gilberto no aprendió las cosas estudiando sino que las soñaba.

ISABELLE: Que llegan a la palmera de dátiles que está frente al mercado viejo.

ANGÉLICA: De verdad, Isabelle, Gilberto nunca me ha hablado de pájaros negros. (Al público.) Y fue entonces cuando empezó a transformarse en un ser extraño que daba miedo; era una Isabelle que nunca había visto y que no imaginaba que trajera dentro.

ISABELLE: Hay una palmera alta, frente al mercado viejo, sola, abandonada por todos los demás árboles y por todas las plantas del Universo. Tiene unas hojas largas desordenadas, quizá estériles, como si hubieran sido desparramadas en el viento, y en el tronco hay muchos pedazos de tallos de otras hojas que ya se cayeron y quedaron unos… una especie de triángulos secos; y allí, acomodados unos sobre otros y luego trepados sobre las hojas estaban miles de horrendos pájaros negros. No se veía para nada el tronco, todo era un hervidero de cabezas, de picos, de alas y plumas negras; como gusanos sobre un animal muerto, y como si el único lugar en que pudieran acomodarse de todos los árboles del puerto fuera esa palmera, esa especie de adefesio. Los vi y me quedé petrificada. (Con una voz gutural como de sapo.) “Rick, rick, rick, rick.” Sentí que me miraban todos. “Rick, rick”, ahullaban, aleteaban, “rick, rick”, y me vi precipitada al miedo, no osaba moverme en nada. Luego, tal parece que una voz que venía del mar los llamó y se fueron todos volando, tuve la impresión de que era una columna de humo; parecía que el árbol de estuviera quemando.

ANGÉLICA: (Al público.) Nada de esto conté a la policía.

ISABELLE: Cuando llegué a la casa traía la garganta y la cara agrietadas, me había convertido en una mujer de barro y me había resquebrajado. Durante ese largo y penoso trayecto del árbol a la casa comprendí que mi relación con Gilberto estaba enferma de muerte y que sólo la animaban unos pájaros que eran más bien unos espectros del silencio o del espanto. “Rick, rick, rick”, comenzaban a crujir las sombras y las lámparas apagadas: “Rick, rick”, y yo a encender fuegos, a prender luces, ventiladores, música, para olvidar a los pájaros del miedo.

ANGÉLICA: Nada de esto conté a la policía, la verdad es peligrosa; es mejor siempre el silencio.

ISABELLE: Anoche fuimos Gilberto y yo a una fiesta que se ofrecía a un maestro y yo tenía que hacer una crítica a uno de los nuevos libros de pedagogía conductista; y mientras yo hablaba él se fue con unas niñas al jardín y se perdió por allá por entre las ramas de las azaleas, y no sé qué hacían, pero de vez en cuando oía sus estentóreas carcajadas y yo tenía que hablar, tenía quizá que decir cosas interesantes y no pensaba, lo imaginaba con sus ojos infectados por la mariguana; sentí que yo hacía el peor de los ridículos, todos estaban atentos pero yo no estaba presente, estaba allá, espiándolo entre las azaleas, sudaba, odiaba a todos, quería correr a matarlo: ha echado a perder mi tranquilidad, mi frescura, mi vida. La fiesta fue una pesadilla. Regresamos. Gilberto hablaba y hablaba y yo sólo escuchaba el: “Rick, rick, rick” insistente de los pájaros. Durmió narcotizado: le clavé una aguja larga aquí (en el corazón), para que no ande riéndose entre las azaleas. Lo hice apenas. Vamos a la casa para que lo veas.

ANGÉLICA: (Al público.) De esto nadie supo nada, nadie: nada. (A Isabelle.) Vamos.

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