Soliloquios: Hormigas rojas

Por: Michelle Pérez-Lobo

La niña Reina creció en un rancho en el estado de Hidalgo. No era especialmente traviesa ni desordenada pero tenía seis hermanos varones, por lo cual todo lo que hacía ella —la única a la que la melena se le enredaba al treparse a un árbol, la única a la que regañaban por no ayudar en la cocina— por más inofensivo que fuera se veía magnificado, enmarcado en lo masculino de su entorno.

Una tarde la niña Reina hizo algo mal. Algo en indefinido porque pudo haber sido cualquier cosa, no terminarse la sopa o lavar mal un traste u olvidar regar una de las plantas, eso no importa, lo relevante fue el castigo. Su madre la arrastró de la casa al campo hasta ubicar el ojo del volcán, erigido por unos laboriosos, persistentes y tenaces insectos; la madre llevó a su hija hasta el hormiguero y la dejó a su lado, de pie —así de obediente era Reina, así de inexistente su rebeldía como para huir de lo que le esperaba— mientras ella, sin guantes, sin protección, cavaba en la montaña para hacer espacio suficiente para acomodar a la niña; las hormigas rojas empezaron a picar a la madre pero resistió el ardor unos cuantos minutos —qué era un poquito de dolor ante la posibilidad de enmendar de una vez por todas la terrible conducta de su descendiente— hasta que se dio cuenta de su actuar masoquista y de que no tenía pala y de que el trabajo de sus manos no daba para más; de cualquier forma Reina era menudita, y así como sabía doblarse para caber en los huecos recónditos del clóset, no habría problema en forzarla a entrar en ese pequeño laberinto de tierra.

La niña Reina estaba absorta ante el espectáculo, las hormigas rojas dejando marcas profundas en los brazos de su madre, pero no estaba quieta: lloraba, temblaba, estaba aprehendiendo la sensación de desasosiego que nos deja descubrir el concepto de lo inevitable, del destino que ha de padecerse sin que haya opciones ni salidas, sin poder verbalizarlo tal cual; no tuvo de otra más que seguir las órdenes de su madre cuando ésta le gritó Quítate los zapatos y párate ahí, señalando el tumulto de bichos que había logrado alborotar mientras destruía su elaborado hogar. Entonces Reina se puso en el punto indicado, agitándose al reconocer las primeras patitas y tenazas, y su mamá la tomó de la cabeza y los hombros y empezó a empujarla para obligarla a sumirse en la tierra, para que las hormigas se dieran gusto con ella; por supuesto que no cupo Reinita toda pero sí lograron entrar sus piernas y parte de la panza y los antebrazos. Reina gritaba con la boca cerrada porque las hormigas la querían muchísimo, su carne les parecía preciosa, pero lo que ella necesitaba no era ese tipo de amor de doble filo, punzante, sino un par de brazos que se atrevieran a alejar a su madre y a arrancarla de ese hervidero. Reina seguía llorando cuando empezó a sentir los pies dormidos, las manos cosquilleantes, el tiempo alargado: sintió que breves llamas escarbaban en sus poros de niña para inyectarle a su organismo un calor mareado; sintió que un par de hormigas rojas despistadas se le subían a la cara, descubrían su nariz, sus pliegues, y le daban besos eléctricos mientras se resguardaban en el interior del nuevo par de cuevas que habían hallado; sintió, siguió sintiendo hasta que la fiebre le impidió percibir el mundo con claridad.

Cuando su mamá pensó que ya había sido suficiente —y cuando la comezón provocada por los piquetes empezó a desesperarle— le gritó a Reina Ya salte de ahí y comenzó a caminar hacia la casa, no en línea recta porque también le había afectado el contacto cercano con los insectos. La lección había terminado.

Reina no recuerda bien cómo fue la secuencia de acciones tras salir del hormiguero ni cómo lo logró, pero de pronto tuvo la impresión de que en lugar de calor había frescura, limpieza, aunque a ratos no podía respirar bien: estaba en brazos de una de sus tías y de su padre, quienes le estaban intentando bajar la fiebre en el arroyo más cercano. Subía y bajaba, su cuerpo de niña subía y bajaba, sostenida por las manos de sus parientes; y en ese ir y venir del agua al aire recordó a las rojitas intrigadas por sus fosas nasales, casi llenándolas con su carne de fuego, mientras pensaba que las burbujas que se peleaban por entrar también a su nariz le provocaban una sensación muy parecida a la de las hormigas rojas, las exploradoras violentas, ahora azules y airosas y frías.

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