Ornitorrinco: II

Por: Humberto Morales

Mauricio y su esposa Ana nunca han tenido los mismos horarios: rara vez, por ejemplo, les da hambre al mismo tiempo, casi nunca duermen a la misma hora y salir de la cama juntos por la mañana ha sido descartado desde hace mucho. Como el movimiento en las manecillas de un reloj que cada hora evita se encuentren más de una vez, sus vidas individuales funcionan perfectamente sin dejar de formar parte de la misma maquinaria. Pese a todo, hoy salen juntos de casa. La ruta más rápida entre Copilco y Santa Fe es el Periférico. No es la más corta, pero con el tráfico cedemexino esas consideraciones más bien propias de la mecánica clásica rara vez importan. Si se sigue el Periférico, sin perderse, la distancia recorrida será de veintiún kilómetros, saber ese dato es sólo trivia. En esta ciudad lo que importa es la velocidad. El significado de las distancias y el tiempo están ausentes. Mauricio domina perfectamente la física particular del D.F., cinta negra en el arte marcial del taxismo para políticos (es chofer-asesor de unos pocos legisladores). Ana cree que ella llegó primero a ese estado de resignación dignificada que se llama madurez; sin embargo, la aparente lozanía del carácter de Mauricio es realmente casi un disfraz. Ser chavorruco significa aspirar a sobrevivir la propia obsolescencia. Hay algo heroico en cada adulto que pretende mantenerse vigente contra los achaques de la historia, una búsqueda de valores auténticos en esta sociedad que se degrada. Como todas las épicas hoy, también ésta tiene algo de patética. Mauricio vive en ese abismo invisible entre lo que está de moda y lo que él afirma aún vanguardia: se construye a sí mismo como una especie de mezcla entre sabio, gurú del pop, intelectual de cafetería y activista. La vida aún puede ser tomada con calma y tal vez con algo de gozo, incluso aunque esto signifique un esfuerzo. Para Mauricio la seriedad es el verdadero enemigo del pueblo. La Ciudad de México es un lugar sin verdadero cambio de estaciones, pero las grandes migraciones ocurren cada día. Como los ñus del Serengueti, ante la mirada codiciosa de policías de tránsito y demás lacras, manadas enteras de chilangos se ven forzados a buscar sustento en las pasturas corporativas que reverdecen algunas áreas de la ciudad. Ana y Mauricio van a Santa Fe juntos, él a la Ibero y ella al hospital ABC. A su alrededor parece concentrarse un porcentaje nada despreciable de todos los autos producidos desde que Ford iniciara la producción en serie. Son las siete de la mañana. Las horas pico son escarpadas cumbres que han de conquistarse alternando el acelerador y el freno con el clutch en un zapateado desesperante y arrítmico; mentando algunas madres; escuchando hipnotizantes estaciones de radio, de Alpha (91.3) a La Zeta (107.3). A Ana la han solicitado como asesora ortopédica para un caso sonado a nivel nacional: la artritis repentina de una niña pianista con seis dedos por mano; tiene que salvar ese exótico talento. Mauricio fue citado a una de las muchas juntas académicas del Departamento de Derecho de la universidad. Esta coincidencia los ha puesto a ambos en el mismo camino hoy. A pesar de que las circunstancias no pueden ser descritas como románticas, los dos disfrutan la compañía. La relación se ha enfriado con el tiempo. Imaginemos que alguno de los dos cayera fulminado en este instante, golpeado en el pecho por un infarto o atragantado por un chicle; el sobreviviente se llenaría de tristeza y de culpa: ni él ni ella tienen del todo limpia la conciencia. Crecer es unificarse o ramificarse, concentrarse o diluirse y los moldes en los que pensábamos encajar toda la vida van quedando rotos como testimonio de promesas que no pudimos cumplir. Mauricio sale hacia Vasco de Quiroga. El hospital está adelante. Cuando Mauricio conoció a Ana tenían veintiséis; fue en la fiesta de cumpleaños de un compañero de prácticas. A esa edad todas las charlas se conjugan en futuro. Se asume el presente como un bloque pétreo del que hay que extraer el porvenir, esculpirlo. Él sintió que ella era una persona que esperaba demasiado de la vida, con ambiciones que significaban una cotidianidad de conflictos. A ella él le pareció encantador, divertido. Se casaron tres años después. Ana baja del coche y se despide haciendo una mueca graciosa desde la banqueta y mandando un beso con la mano. A veces aún se atisban en ella los restos sexys de la irresponsabilidad. Mauricio enfila rumbo a Prolongación Paseo de la Reforma confiado de llegar a tiempo a su junta. Baja del coche y saca su teléfono. Hay unas pocas notificaciones. Adriana no le ha escrito, pero hay un “te amo” por parte de Ana. Sin pensarlo demasiado responde “yo a ti más”. No se sabe exactamente cómo es que se transforma el significado de las palabras que tejen textualmente la relación entre dos personas, pero sabemos que, aunque las sílabas de una frase reiterada todas las mañanas permanezcan inalteradas, el significado se disloca lentamente. Hablado con Adriana el lenguaje es otra vez nuevo y emocionante para Mauricio. Entre los emojis y memes las palabras en whatsapp se sienten como cuchillos bien afilados. En los ratos de ocio relee las conversaciones como quien mira un video de acrobacias.

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