Soliloquios: Un ser-para-más-allá-de-mi-muerte (sobre Operación al cuerpo enfermo de Sergio Loo)

Por: Alejandro Tarrab

PARA EL MÍSTICO ALEMÁN JOHANN GEORG GICHTEL el cuerpo es “la sede de un apetito insaciable de enfermedad y muerte”. Esta avidez por la aniquilación —por la transformación y la trascendencia desde ciertas perspectivas— nos revela la imagen del cuerpo como receptáculo. El cuerpo que encierra alguna, incierta, sustancia de mayor magnitud y alcance, pero también, la cámara-cuerpo que atrae y contiene el dolor; el cuerpo que es, él mismo, una caja ensombrecida de agonía y enfermedad y muerte. A los 40 días de haber sido concebido, según la mística judía, el organismo tiene ya un alma. Puede plantearse, entonces, su condición a la vez precaria y poderosa:

Es. Un ser en el mundo.

Cabe preguntarse a partir de estos elementos —formulados y vinculados, así, arbitrariamente— si este ser que navega en círculos en el líquido amniótico de su madre transita desde su edad precaria hacia el dolor o si es, él mismo, el padecimiento y el dolor. Para Ciorán la carne es “perecedera hasta la indecencia, hasta la locura, es no solamente sitio de enfermedades, es la enfermedad misma, nada incurable, ficción degenerada en calamidad […]”. Así pueden trazarse —como un eco de las voces presocráticas y gnósticas que condenaban al cuerpo— al menos dos escenarios posibles en donde la carne es depositaria de las sospechas más graves:

a) Desde el vientre de la madre, el cuerpo pide ser intervenido, sacado al mundo para encontrar y encarnar y propagar la enfermedad.

b) Desde el vientre de la madre, el cuerpo-sarcoma debe ser intervenido, extirpado, para no provocar la muerte de su madre.

En ambos casos el cuerpo es culpable. La carne, la tumba del alma (Platón), la indignidad sin remedio.

“ÉSTA ES LA HISTORIA DE MI ENFERMEDAD”, nos dice Sergio Loo en su libro póstumo Operación al cuerpo enfermo. “Ésta es mi historia estando enfermo: soy un enfermo. El doctor de blanco salvaje, alto, de mirada generosa, localiza y marca el tumor. Mi tumor, tan mío como mi cabeza o mis pulmones, que quizá más lentamente, pero también me quieren matar”. El sarcoma Ewing, “tumor maligno de células redondas”, es un pedal y un catalizador; cuerpo extraño adherido a otro cuerpo extraño; tumor enemigo para el cuerpo enemigo.*

Nos dirigimos sin piedad hacia la muerte: el tumor-todo lo adelanta.

OPERACIÓN AL CUERPO ENFERMO (Ediciones Acapulco/ UANL, 2015) está compuesto por 140 entradas o pasajes y por distintas ilustraciones extraídas de dos antiguos tratados de anatomía: Leo Testut y Friedrich Eduard Bliz. Cada entrada —exceptuando la primera— tiene un título que corresponde a una parte del cuerpo: occipital, esternocleidomastoideo, parietal, fosas nasales, glándula pineal, malar, glúteo derecho, etcétera. Estos títulos pueden corresponder o no con el contenido del pasaje y con la ilustración seleccionada. Así, la entrada “Clavícula”, por ejemplo, está acompañada por la vista posterior de la pierna derecha y refiere la condición de la pierna izquierda: “Ésta es la historia de un sarcoma en mi pierna izquierda que casi me rompe el fémur […]”. Otras veces, hay un guiño, un roce —casi siempre precario— entre los distintos elementos. Bajo el título “Agujero vertebral” está el abismo de la conciencia, el pasmo terrible de darse cuenta: “La enfermedad ha logrado ser irreversible. Echa raíces al futuro y, por lo tanto, al pasado. Expropiación del punto focal: la misma historia narrada desde mí mismo pero otro protagonista: la nueva vida a partir de estar enfermo”.

La primera sensación es, pues, la de un cuerpo y una materia desarticulados. Nombres que no corresponden a la partes que enuncian y describen, separadas, a su vez, de las imágenes que —así sea— no ilustran. El libro da cuenta de un todo dislocado para que el lector pueda aseverar:

Hay violencia en esta disparidad. Esta violencia nos ilustra. 

Así me veo y te veo mientras caminas y te reflejas en los escaparates de las avenidas; así me veo y te veo tirado en la camilla con gestos y aspavientos. 

Deformación. 

Hay una superposición, una mezcla, de las distintos órganos y huesos y músculos del cuerpo. 

LA CLAVÍCULA SOBRE O POR DEBAJO DEL FÉMUR. La cavidad orbitaria sobre o por debajo de un sarcoma de segundo grado en la pierna izquierda que ha invadido, a su vez, el lenguaje. El plexo branquial sobre o por debajo de la espinilla. Un cuerpo con órganos pero sin organización, como las Figuras de Francis Bacon descritas por Gilles Deleuze.

OTRAS POSIBILIDADES. Las diferentes partes del cuerpo —apéndice, agujero vertebral, paladar, bíceps femoral derecho, puente de varolio, bazo, hueso sacro— convergen en —o desaparecen ante— el tumor.

El sarcoma de Ewing bajo los reflectores.

El encuadre provocado por la ansiedad. Como el dolor de muelas que sufría el poeta y dibujante Wilhelm Busch, descrito así por Sigmund Freud: “En la estrecha cavidad de su muela dolorida se recluye el alma toda”.

ESTOS ELEMENTOS DISOCIADOS —títulos, ilustraciones, contenidos de los pasajes—, junto con la tipografía empleada en el libro, una tipografía que replica la utilizada en Clinical Uses Of Intravenous Procain (Ilinois, 1950), sumergen al lector en una atmósfera de tratado médico en donde el cuerpo va a ser diseccionado y analizado por sus partes: dimensiones, peso, consistencia, color, forma, función en la neutralidad.

¿Hay un todo llamado cuerpo en estos tratados médicos y anatómicos que revisan la minucia y el fragmento?

“Por supuesto —nos dice Loo— un doctor no entiende de enfermedades: las elimina”.

EN ESTA SALVAJE OSCURIDAD HAROLD BRODKEY (1930-1966) hace la crónica feroz de sus últimos días. Tenía sida y encontró, a través de sus líneas, la manera —propia, suya— de mirar de frente el sufrimiento:

[…] era una habitación de hospital, y yo me estaba muriendo y no tenía muchas emociones privadas. Al marido de esta escena matrimonial lo habían drogado hasta la médula con prednisona, un esteroide que pone coto al dolor físico y a la depresión creando una extraña prelocura […] La mujer de la escena era excesivamente bondadosa, con una bondad de enfermería, y tenía terror, y una esperanza obstinada; no era la de siempre.

[…]

Nos cogíamos las manos y decíamos: «Mierda» o «¿Qué mierda, no?», y llorábamos un poco. Parecía una cantidad de poesía suficiente. Yo decía: «Bah, qué importa» o «Basta de blandenguería, eh. No me gusta».

En Operación al cuerpo enfermo Loo describe, igual que Brodkey, su camino hacia la muerte. Pero sus palabras —las de Loo— no quieren ajustarse enteramente a un “dar cuenta…” y se valen de la diégesis y la ficción y la poesía y la puesta en abismo. Cecilia y Pedro son los personajes que irrumpen, junto al protagonista, al enfermo, en estas líneas líricas y narrativas. Son amigos y amantes y antagonistas.

Cecilia, “la tonta Cecilia” y deforme, puede a veces ser la amiga o la antigua amante, la lectora de novelas decimonónicas por entregas semanales —quizá Cecilia Valdés o la loma del ángel del cubano Cirilo Villaverde—, la mujer incómoda y juzgada (“te hemos visto en la noches bordando tu cuerpo con pequeñas tretas para no obedecer”) o, incluso, el propio sarcoma que provoca la enfermedad y merece ser extirpado: “Cecilia es grande. Quiero decir, mi visión de ella está engrandecida, desproporcionada. Es decir, la quiero, la idolatro, la veo lejos, ajena, arriba, por encima de mí. Es decir, la odio. Es decir, no puedo evitar verla incluso con los ojos cerrados. La tengo adentro de mí creciéndome como un cáncer en el cerebro […]”.

Pedro casi siempre es el amante, el penetrado, el que deja hurgar en su ano, el sidoso ahorcado y resucitado, hasta unirse con el propio enfermo. “Pedro se mete el puño por el ano, de golpe llega hasta la panza. Y, como si fuera guiñol de calcetín, comienza a conversar. Cecilia hace la voz. Debaten. Yo me parto de la risa. Me muero de la risa. En el funeral, estoy en una caja rodeado de flores blancas que escupen un fuerte aroma que llega a toda la sala. Hay mucha gente, todos conocidos, todos extraños, deambulan como peces reflejados por los cristales, no saben adónde ir y no saben quedarse quietos […]”.

Los tres cuerpos, como uno solo —carne de mi carne— son “la sede de un apetito insaciable de enfermedad y muerte”, siguiendo otra vez a Gichtel.

En la obra, a veces vemos emerger, como surgidos más allá del telón de fondo, de una oscuridad salvaje que es este tránsito a la muerte, otros personajes: padres —a veces callados y piadosos, en ocasiones también brutales, él—, hermano, abuelos, anestesista, médicos.

“Abro los párpados: médicos. Cierro los párpados: médicos. Han entrado en mi cabeza también. Realizan la cirugía en todas partes”.

TUVE QUE ESPERAR HASTA ESTA NOCHE, hasta esta puesta en el papel, ante todos ustedes extraños y conocidos, para romper la mirada y decir, finalmente, que Operación al cuerpo enfermo es lo que Emmanuel Levinás llama obra: un ser-para-más-allá-de-mi- muerte en-un-tiempo-sin-mí.

La mirada de Sergio Loo es irónica y lúcida; su lenguaje, “manchitas que carcomen la espesura del blanco”, está contagiado por esta viveza, por esta claridad- oscura, y es también una enfermedad. Una enfermedad que debemos, necesariamente, contraer.

«QUÉDATE A DORMIR CONMIGO, para que te enfermes de mí»


LÁMINAS. A) Rodrigo Flores, Sergio Loo, Ramón Peralta, Daniela Ramos y yo nos reuníamos a menudo en el Café de Carlo de la Colonia Roma para hacer la revista Oráculo. Sería injusto decir que yo hacía algo, pero igual los acompañaba casi cada semana. Fueron varios años de la primera década del siglo. B) Entre los sucesos que destacan —porque cortaron el aire de esos días— está el ánimo mordaz de Loo. La mordacidad con que se veía a sí mismo: su cabellera prematuramente cana; su primera enfermedad diagnosticada por su padre —médico—, es decir, su homosexualidad; su pierna enferma a punto de ser amputada; la no ablación de la enfermedad-cuerpo; su risa incontrolada en el quirófano debido a la anestesia; “la enfermera me mira moralmente y el doctor (nervioso) no sabe qué hacer con un paciente riendo en plena biopsia. Propuesta: que me pongan más”. C) Loo, la búsqueda de otros ángulos en la mordacidad. El autoescarnio: “En mi cirugía, los médicos cuentan chistes: «sarcoma». Y mi pierna abierta ríe a borbotones”.

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