Atlas: Karl Kraus, Meteorólogo de la ruina

Por: Humberto Morales

Se ha dicho que el periodismo es la literatura típica del ritmo vertiginoso propio de nuestros tiempos; para Karl Kraus ésta no sería una afirmación positiva. El periodismo entendido de esta manera es el género de las masas mecánicamente alfabetizadas que leen como plaga de langostas, de la modernidad que le rinde culto al presente y apuntala lo supuestamente objetivo por encima del individuo. Para Kraus, el periodismo común es el gran banalizador de la realidad y del lenguaje; por lo tanto, es el principal enemigo de la literatura: “Surge la angustiosa pregunta de si el periodismo, al que tácitamente se le arrojan las mejores obras como botín, no habrá estropeado ya la sensibilidad de los tiempos futuros para el arte del lenguaje”. Sin embargo en 1874, a la edad de veinticuatro años, fundó un periódico (Die Fackel) y lo mantuvo durante más de 900 números, hasta el final de sus días. Casi la totalidad de las decenas de miles de páginas que se publicaron en Die Fackel son de su autoría.

En esta aparente contradicción encontramos no sólo a un hombre inconforme con su tiempo y con su sociedad, esa Viena a la que él llamó “laboratorio experimental del fin del mundo”, sino a alguien con vocación de lucha. Karl Kraus fue un escritor que, ante la amenaza periodística que percibía, renunció a los formatos habituales de la literatura (el libro) y no se asimiló escribiendo para una publicación ya formada. Creó un espacio que sirviera para redireccionar semánticamente al periodismo a través de la inteligencia, la calidad escritural y el sentido del humor. En el proceso, Kraus se convirtió en una figura clave de la Viena de fin de siglo; en un hombre solitario, separado voluntariamente de los grupos periodísticos y literarios de su época, lo cual le permitió constituirse como una autoridad moral libre ataduras. Para Claudio Magris, Karl Kraus fue alguien que “en lugar de someterse a la enajenación de su tiempo, comprendió cabalmente que la civilización europea estaba desmoronándose y combatió todos los aspectos de esa crisis”, sobre todo la piadosa hipocresía con la que se pretendía enmascarar su ruina. Desde su periódico, Kraus levantó su dedo para señalar, usualmente de manera aguda, los problemas que ya en su tiempo advertían consecuencias trágicas como el nacionalismo; la normalización de la violencia y la manipulación flagrante de los medios masivos de  comunicación. Los numerosos temas coyunturales que fueron retratados por La Antorcha se trataron según la sensibilidad editorial de Kraus: “Expresada sin arte, una verdad sobre un mal es un mal. Ha de ser valiosa por sí misma. Así reconcilia el mal con el dolor por el hecho de que los males existen”. El periódico como obra literaria.

Hasta 1911, sin que Kraus perdiera control de los contenidos, en Die Fackel publicaron algunas de las plumas más importantes de la época como Oskar Kokoschka, Adolf Loos, Arnold Schöenberg, August Strindberg y Oscar Wilde; sin embargo, después de ese año, optó por ser él mismo quien realizara en su totalidad todas las tareas que implicaba la publicación de La Antorcha, la escritura de todos los textos. Lo hacía con tanto cuidado y ahínco que el escritor  Elias Canetti (gran admirador de Kraus) afirmó que uno podía pasarse semanas leyendo la antorcha sin encontrar en sus páginas ni una sola errata o falta ortográfica. Para Kraus el descuido de la gramática y sus formas era imperdonable,  implicaba no tomarse en serio lo que se escribía, banalizar la lengua y a través de ella la vida misma. Con su afilado sentido del humor Kraus escribió que no pedía más colaboraciones porque “éstas repelían lectores que él mismo quería ser responsable de perder”. En esta decisión encontramos quizás una muestra más de su voluntad solipsista: al alejarse de sus colaboradores afirmaba su independencia y generaba la distancia de la que los críticos dependen para desarrollar su oficio.

La principal virtud de Kraus era sin duda la de leer y escuchar a profundidad, y el verdadero valor de las páginas publicadas en su Antorcha es el afán de penetrar en la superficie convencional de la realidad. De esta manera se distanciaba del periodismo común que, según él, tenía por tarea “expresar al lector lo que éste ya pensaba de todos modos y plasmarlo en una forma que cualquier dependiente de comercio fuera capaz de usar”. El estilo de Kraus está íntimamente relacionado con el humus de la época: en sus textos se citan a menudo pasajes de libros de otros autores contemporáneos, con fines satíricos en buena parte de los casos, o como en su obra más reconocida Los últimos días de la humanidad, reportes y documentos de los años de la gran guerra. El avocamiento de Kraus hacia su presente no tenía que ver, como dice Magris, con la enajenación, sino con la sensación, casi presentimiento, de que su época y los cambios que ésta significaba para el mundo eran un asunto verdaderamente importante: “Las cosas han seguido una evolución que no tiene paragón en las épocas históricas conocidas. Quien no lo perciba puede continuar tranquilamente con la cómoda división en Antigüedad, Edad Media y Edad Moderna. En los últimos treinta años han ocurrido más cosas que en los últimos trescientos”. Esta es la razón por la cual llamó a su Viena “estación meteorológica del fin”, él alcanzó a distinguir que las circunstancias que criticaba duramente eran tan sólo un síntoma de un proceso enorme en el que “la humanidad se sacrificaba por las grandes obras que había creado” y que la Viena de finales de final de siglo era un mirador privilegiado para ver antes que nadie el espectáculo de la ruina.

Esa clarividencia, y el sentido de desastre que provenía de ella, sin duda fue el motor de su agenda estética y política. Aunque en el corpus de la obra krausiana hay cuestiones polémicas como su supuesto antisemitismo (por bautizarse católico y haberse decantado en contra del sionismo habiendo nacido él mismo en una familia judía), su aparente desprecio por las “nuevas teorías del alma” del psicoanálisis o las invectivas que constantemente dirigía en contra de algunos de los personajes más respetados de su época, éstas deben ser enmarcadas en la urgencia que da contexto a Kraus y a su obra. Durante su vida, después de una duración de siglos en distintas configuraciones, se desbarató el Imperio Habsbúrgico; se peleo la primera gran guerra mundial y se sufrieron sus terribles consecuencias materiales y abstractas; los nacionalismos tomaron preeminencia como tendencia política en Europa y uno de estos, el nacional socialismo, ganó potencia en Alemania buscando anexar a Austria. El convulso plano político de sus años de vida nunca fue para él un desvío (a la manera en que aún hoy los llama Tzvetan Todorov) de la modernidad al que se le pudiera restar importancia; es decir no se trató de un tropiezo después del cual pudiera seguirse en la misma senda. A lo largo de su vida, según se fueron desarrollando las circunstancias, el autor/editor de La Antorcha creció, cambió de opiniones, se retracto y reafirmo distintas partes de sí. Las contradicciones que innegablemente tuvieron lugar en la vida de Kraus en el transcurso del tiempo pueden ser comprendidas desde uno de sus propios aforismos: “Quien suelta opiniones no debe dejarse pillar en contradicción; quien tiene ideas también piensa entre contradicciones”. Uno de los mayores aciertos de Kraus es que leyó los desastres mayúsculos de su época no como accidentes misteriosos, para él no podían ser sino las consecuencias lógicas y puntuales del modernismo, entendido como ideología base de la modernidad. En la tesitura a la que más tarde se sumarían Adorno y Horkheimer, Kraus le tomó el pulso a la modernidad ―que hasta entonces había sido la única bandera del progreso― y la desahució al declararla enferma terminal. La ilustración y sus ideales que planteaban el uso de la razón para desentrañar al mundo y liberar al hombre a través del dominio de la naturaleza se volvieron patológicos en la búsqueda de control humano y represión.

El triunfo de Kraus es el de haber escrito un periódico que mientras más envejece más actual se vuelve: “Mis lectores creen que escribo para el día porque escribo desde el día. Así pues, habré de esperar a que mis textos envejezcan. Entonces quizás serán de actualidad”.


 

Pequeña antología de aforismos de Karl Kraus

El espejo sirve solamente a la vanidad del hombre; la mujer lo necesita para reafirmar su personalidad.
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El seductor que se jacta de iniciar a las mujeres en los secretos del amor: el extranjero que llega a la estación y se ofrece a mostrar al guía turístico las bellezas del país.
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Hay mujeres que no son bellas, sino que sólo lo parecen.
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La cosmética es la cosmología de la mujer.
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El fetichista es el ser más infeliz en este mundo, porque desea una zapatilla de mujer y tiene que conformarse con la mujer entera.
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Se considera normal santificar la virginidad en lo particular y buscar su destrucción en lo particular.
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La superioridad que un hombre siente respecto de una mujer carente de valor nunca es mayor que la que siente un hombre carente de valor ante una mujer valiosa.
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Mientras exista el movimiento feminista los hombres deberían renunciar a la galantería. Hoy por hoy ya no se puede correr el riesgo de ofrecer un asiento a una mujer en el tranvía, porque uno nunca sabe uno si la ofende y le recorta sus aspiraciones de participar en igual medida de las incomodidades de la existencia.
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El escándalo comienza cuando la policía le pone fin.
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Los remordimientos son los impulsos sádicos del cristianismo.
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El beso de Judas que la civilización cristiana dio al espíritu humano fue el último acto sexual que permitió.
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La humanidad se volvió histérica en la Edad Media porque reprimió mal las impresiones sexuales de su pubertad griega.
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Quien no cava la fosa del otro acaba cayendo en ella.
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No hay nada más roñoso que el chovinismo y el racismo. Para mí, todos los seres humanos son iguales: borregos que encuentro en cualquier parte, a los cuales desprecio por igual, ¡sin ningún prejuicio mezquino!
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Si yo estuviera seguro de tener que hay que compartir la inmortalidad con cierta gente, preferiría el olvido, pero en cuartos separados.
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¡Maldita ley! La mayoría de mis prójimos son el triste resultado de un aborto que no pudo ser practicado.
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Lo antipático del chovinismo no es tanto el rechazo de las naciones extranjeras, sino el amor a la propia.
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La prensa destruye todo lo que la sífilis ha perdonado. En el futuro ya no será posible establecer con certidumbre la causa de los reblandecimientos cerebrales.
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El periodismo sólo sirve en apariencia a la actualidad. De hecho, destruye la receptividad espiritual de la posteridad.
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En otros tiempos el zapatero tenía una relación íntima con sus botas; el poeta de nuestro tiempo no tiene ninguna con sus experiencias.
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El hombre político está enclavado en la vida, pero no se sabe dónde. El esteta huye de la vida, pero sin saber adonde.
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Vamos a ver, ¿existe alguna protección contra la errata que, cada vez que se habla de una erudición estupida, la convierte en una erudición estupenda?
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Lo que entra fácilmente por un oído sale por el otro con la misma facilidad. Lo que entra con dificultad por un oído sale por el otro con idéntica dificultad. Eso es más valioso para el escritor que para el músico.
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Hay que leer dos veces a todos los escritores, a los buenos y a los malos. Se reconocerá a los primeros, se desenmascarará a los segundos.
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No es posible dictarle un aforismo a una máquina de escribir. Se perdería demasiado tiempo.
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¿Cuándo tendré tiempo para no leer tantas cosas?
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Un agitador toma la palabra. Un artista es tomado por la palabra.
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Emplear palabras inusuales es un acto de mala educación literaria. Sólo las dificultades de una idea deben ser un tropiezo para un lector.
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Existe la sospecha de que todo el arte moderno vive de efectos secundarios. El arte dramático de los defectos; la música de los ruidos parásitos.
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Llamamos periodista a aquel que expresa lo que el lector ya pensaba de todos modos y lo plasma de una forma de la que cualquier dependiente de comercio es capaz.

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La palabra más vieja, vista de cerca, debería parecer extraña, como recién nacida, y dejarnos perplejos, sin saber si está viva o no. Pero está más viva que nunca. Se oye latir el corazón de la lengua.
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¿Por qué escribe más de uno? Porque no tiene carácter suficiente para no escribir.
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Ponía sus convicciones por encima de todo, hasta de su vida. Pero tenía espíritu de sacrificio y, cuando llegó el momento, abandonó con gusto sus convicciones para salvar su vida.
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En caso de duda debe uno decidirse por lo correcto.
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¡Cuánto material tendría yo si no existieran los hechos!
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La Medicina: ¡la bolsa y la vida!
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Quien es realmente fiel, antes renuncia a un amigo que a un enemigo.
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El prejuicio es un criado imprescindible que no deja que las impresiones molestas franqueen nuestra puerta. No hay que permitir, sin embargo, que el criado acabe echándonos.
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La verdad es un criado torpe que rompe platos mientras limpia.
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No hay lumbrera que no se convierta en fuego fatuo por la mente.
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Es mejor que no nos roben, así evitamos trato con la policía.

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