Atlas: Il Diavolo de Arturo Graf

Por: Kevin Martínez

 

El Diablo guía  a quien lo acompaña hacia un mapa amplio, a una dimensión pictórica, teórica y sonora. Su figura, como la de otros seres y formas populares, ha sido llevada a una extensa gama de manifestaciones. Si en este texto se ahondara a detalle en las formas estéticas por las cuales Satanás se manifiesta, probablemente no acabaríamos, incluso no resultaría necesario porque acerca de ese tema se ha escrito ad nauseam.  En los elementos visuales, por ejemplo,  ciertos espectros toman un carácter llamativo, caricaturesco.  Se puede pensar en los grabados que adornan el Ars moriendi, al igual que las imágenes del Bosco, o en ese filme de serie B llamado 976-Evil, traducido al español como La llamada del diablo, producido por Robert Englund, donde su representación está dirigida hacia una estética más norteamericana, enfocada a un cine basura.

Para proseguir con lo anterior, bastaría recordar aquel capítulo de  El nombre de la rosa de Umberto Eco, en donde Adso, a partir de una écfrasis, describe a detalle la portada de la iglesia donde observa: “una hembra lujuriosa, desnuda y descarnada, roída por sapos inmundos, chupada por serpientes, que copulaba con un sátiro de vientre hinchado y piernas de grifo cubiertas de pelos erizados y una garganta obscena que vociferaba su propia condenación, y vi un avaro, rígido con la rigidez de la muerte, tendido en un lecho suntuosamente ornado de columnas, ya presa impotente de una cohorte de demonios, uno de los cuales le arrancaba de la boca agonizante el alma en forma de niñito, y vi a un orgulloso con un demonio trepado sobre sus hombros y hundiéndole las garras en los ojos, mientras dos golosos se desgarraban mutuamente en un repugnante cuerpo a cuerpo, y vi también otras criaturas, con cabeza de macho cabrío, melenas de león, fauces de pantera, presas en una selva de llamas cuyo ardiente soplo casi me quemaba”.

Sin embargo, no sólo existen modelos pictóricos que describen la figura del diablo, a lo largo de la historia los documentos tipográficos antiguos han sido mediadores de esta simbología demoniaca.  Los libros especializados sobre el tema “diabólico” son diversos, entre los más conocidos están Historia del Diablo de Daniel Defoe, donde la intención del autor acude a una apología de esta figura, explicar el origen de su nombre y, al mismo tiempo, poner en tela de juicio ciertas partes de  El paraíso perdido de John Milton. Otra pieza clave sería el libro de título extenso Historia del diablo: las formas, las vicisitudes de Satanás y su universal y maléfica presencia en los pueblos desde la Antigüedad a nuestros días, escrito por Alfonso di Nola, donde el recorrido es de un carácter más geográfico debido a que el historiador explica no sólo la figura demoniaca concebida por la tradición occidental, también oriental. De igual forma, toca temas como la magia negra y sus técnicas empleadas en Latinoamérica. En alguna parte, Arturo di Nola hace alusión a un ritual peruano que consiste en quitarle los ojos a un sapo vivo y cubrir sus cuencas con alfileres, para después enterrarlo con el nombre de la víctima al ritmo de una música hipnotizadora, proveniente de una flauta de pan.

En tiempos recientes, la figura del diablo fue investigada arduamente por Robert Muchembled en su libro Historia del diablo. Siglos XII-XX. En dicho libro, el paseo planteado por el historiador asume no sólo recorrer los espacios esotéricos de esta figura, también la concepción “popular” del diablo. Es aquí donde los lectores se encuentran con datos por demás cómicos, pero también con un contenido textual que pone en evidencia un ejercicio de paranoia colectiva. Por ejemplo,  el autor francés menciona que en el Medioevo los habitantes de ciertas comarcas tenían la idea, tan arraigada por el miedo inculcado mediante una educación estrictamente religiosa, que todo tipo de animal, todo tipo de insecto podía llegar a ser el diablo. El supuesto “mal” podía tomar la forma de un tábano; hasta en los olores había cierta presencia demoniaca, al menos así lo plantea Robert Muchembled cuando escribe: “Oler mal llegaría a ser un día un signo esencial de inferioridad social. Mientras tanto, el hedor evocaba a la vez la imagen del diablo, de las enfermedades, de los remedios olfativos indispensables para soportarlo, del hecho de entregarse a ellos intensamente. La nariz proporcionaba a la vez placer y terror”.  Otra de las partes más memorables de aquel material bibliográfico bien podría estar representada en un pasaje donde Lutero al entrar a su celda se sorprende al encontrar encima de su cama a un perro negro que él jamás había visto. Este suceso “del mal” es solucionado por el teólogo de una forma exagerada: arrojar al cuadrúpedo por la ventana.

Después de leer este tipo de dato, queda en evidencia hasta cierto tono burlón de quien cuenta la anécdota, una especie de  exageración cómica,  y justamente es eso lo que posee el libro El Diablo de Arturo Graf (1848-1913), pero sin caer en la grosería, en el dato fácil, alterado, porque el historiador italiano da cuenta no sólo de una erudición incomparable, también de un sentido crítico carente de austeridad.  Pareciera que al adentrarse en las hojas amarillas del libro, una garra conduce al lector a un hexagrama donde cada punta colinda con encuentros entre demonios y santos, algunos choques resultan divertidos, otros muy graves.

El Diablo, publicado por primera vez en el año de 1889 y vuelto a editar bajo el cuidado de Rafael M. Mérida para la colección “Héroes y Dioses” de la casa editora Montesinos, bajo la traducción de Isabel Andreu y acompañado de un prólogo de Charles Baudelaire que figura en las páginas de Pequeños poemas en prosa, se encuentra dividido en quince capítulos, de los cuales cinco están dedicados a explicar los diversos encuentros con esta figura milenaria, de variadas capas históricas. Arturo Graf desparrama la ensayística de una manera elegante, sin caer en los exabruptos del historiador con papel de pedagogo. A diferencia de otros expertos en el tema, Graf no hace un cronología académica del diablo, más bien una suerte de biografía demasiado íntima.

A continuación se reproducen seis pasajes para escépticos y no escépticos.

“Suponiendo que la historia es obra de la Providencia, hay que admitir que es también obra de Satanás”.

 

“Poseyendo un cuerpo, los diablos deben tener también ciertas necesidades naturales, como las tienen todos los seres corpóreos vivientes; ante todo la de proteger el organismo cuyo tejido se deteriora perpetuamente con el paso del tiempo”.

 

“El cuerpo, llamado también la bestia, es en cierto modo un amigo, un vasallo de Satanás y hubo herejes que afirmaron que éste había sido creado por él”.

 

“Satanás ruge en el viento, arde en la llama, se difunde en la tiniebla, aúlla en el lobo, grazna en el cuervo, silba en la serpiente, se esconde en un fruto, en una flor, en un grano de arena, está en todas partes, es el alma de las cosas”.

 

“San Patricio, san Godofredo, san Bernardo y otros muchos santos excomulgaron a moscas y otros insectos nocivos, y también a reptiles y libraron casas, ciudades y provincias de su presencia. Los procesos contra animales en la Edad Media e incluso en pleno Renacimiento son famosos en la historia de las supersticiones: se citaban a los animales como demonios. En 1471 los magistrados de Basilea juzgaron y condenaron a la hoguera a un gallo diabólico que había osado poner un huevo”.

 

“Guiberto de Nogent (m.1124) relata la historia de un joven que había pecado con una mujer y que, habiéndose arrepentido, se había ido en peregrinación a Santiago de Compostela. Un buen día se le apareció el diablo bajo la apariencia de un santo y le impuso en penitencia cortarse primero lo que el discreto lector podrá adivinar sin que yo lo diga, y luego el cuello. El incauto joven obedeció, y habría ido sin remisión al infierno si la beata Virgen no lo hubiese hecho resucitar a tiempo. Volvió a la vida, pero no recuperó lo que se había quitado con sus propias manos”.

 

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