Correspondencias: Padgett Powell

Not Much Is Known
Padgett Powell

There are people one wants to know, and people one does not want to know, and of course people one would want to know and people one would not want to know if one met them. A few people know a lot of people, many people know a few people, and some people know just some people. It comes down to the impulse to know everyone or to know no one. It’s a distillation column. At the top are the gregarious everyone knowers, at the bottom the hermits. At the top the saints, at the bottom the killers. Some killers just want to kill one person, some want to kill hundreds or thousands. At the very bottom is a man who knows no one but himself, not well, and wants to kill himself.

He has one pair of shoes and once had a dog. The dog liked to eat ice cream from a bowl, and its impeccable house habits and grooming habits deteriorated after it was struck by a car. After that it was accidentally closed in a car in the sun and died of heat prostration and the man found the dog with its collar improbably caught in the seat springs under the car seat. He, the man, was about twelve. The dog was not, as the expression goes, still warm; the dog was very hot. The man, or boy, pulled the dog out by the collar once he got him free of the undercarriage of the seat and laid him on a patch of green grass to cool down. He went inside and reported to his mother and father that Mac was dead.

Mac was a wire-haired terrier and looked handsome there cooling in the grass. His life had been hard after the accident with the car: a pin in his hip, the shitting on the patio, the no longer having a festive taste for ice cream from a bowl. The father freshened a hole in the backyard that had been begun by the boy for an underground fort and buried Mac in it. When later he could not find his reading glasses it was theorized that they had slipped from his pocket into Mac’s grave, and the mother asked the boy to dig Mac up and look for the glasses. What? the boy asked, and the mother then suggested it was not after all a good idea and desisted in the request that the boy dig the dog back up before the boy asked, as he later felt he would have, why he and not his father–who had alone conducted the burial and alone selected the depression left by the boy’s abandoned fort– why he and not the father was to dig the dog up, looking for the father’s, not his, glasses. The dog died trapped in a salmon-colored Renault. It was not known who closed him in it.

Not much else is known. It is not known why we become more frightened or saddened by things as we age rather than less.


No se sabe mucho
Traducción de Mauricio Lavarte

Hay personas a las que uno quiere conocer y personas a las que uno no quiere conocer, desde luego también hay personas que, en caso de encontrarlas, uno querría conocer y otras personas a las que uno no querría conocer. Pocas personas conocen a muchas personas, varias personas conocen a algunas personas y algunas personas conocen sólo a unas pocas personas. Esto se explica por los impulsos por conocer a todos o por no conocer a nadie. Es una columna de destilación. Hasta arriba están los gregarios conocedores de todos; hasta abajo los ermitaños. Hasta arriba los santos; hasta abajo los asesinos. Algunos asesinos sólo quieren matar a una persona, algunos quieren matar a cientos o a miles. Hasta abajo, en el fondo, hay un hombre que no conoce a nadie más que a sí mismo, no muy bien, y quiere matarse.

 Él tiene un solo par de zapatos y en algún momento tuvo a un perro. Al perro le gustaba comer helado de un tazón y sus impecables hábitos caseros y sus hábitos de aseo se deterioraron luego de ser golpeado por un auto. Después de eso lo encerraron accidentalmente en un coche al sol y murió de exposición al calor, y el hombre encontró al perro con su collar improbablemente atrapado en los resortes de debajo del asiento del coche. Él, el hombre, tenía más o menos doce años. El perro no estaba, como dice la expresión, “todavía caliente”; el perro estaba extremadamente caliente. El hombre, o niño, sacó al perro jalándolo por el collar, una vez que lo liberó de debajo del asiento, y lo puso sobre un poco de pasto para que se enfriara. Entró y le reportó a su madre y a su padre que Mac estaba muerto.

Mac era un terrier con pelo de alambre y se veía lindo enfriándose en el pasto. Su vida había sido dura después del accidente con el coche: un clavo en su cadera, andarse cagando en el patio, ya no tener un gusto festivo por el helado en tazón. El padre retomó un hoyo en el patio trasero, que originalmente había empezado a ser cavado por el niño para obtener un fuerte subterráneo, y enterró a Mac en él.  Cuando después no pudo encontrar sus lentes de lectura se teorizó que estos se habían resbalado de su bolsillo para caer en la tumba de Mac, y la madre le pidió al niño que exhumara al perro y que buscara los lentes. ¿Qué?, preguntó el niño, y la madre sugirió que después de todo no era una buena idea y desistió en su petición de qué el niño abriera la tumba de Mac antes de que el niño preguntara, como después él sintió que habría hecho, por qué él y no su padre —que había realizado solo todo el sepelio y que solo había escogido la depresión dejada por el fuerte abandonado del niño— ¿por qué él y no su padre debía exhumar al perro, buscando los lentes, no suyos, sino de su padre? El perro murió en un Renault de color Salmón. No se supo quién lo encerró.

No se sabe mucho más. No se sabe por qué, conforme crecemos, las cosas nos asustan y nos entristecen más en vez de menos.


Sólo se sabe lo que ha quedado
Reescritura de Humberto Morales

Diversos estudios de muy prestigiosas universidades demuestran que la convivencia con canes, desde las primeras etapas del desarrollo infantil, es provechosa; lo mismo se afirma de la exposición a la música clásica o de la elección de objetos hipoalergénicos. Las cosas, por más hipoalergénicas que sean, acaban en la basura; la música clásica no sirve para bailar en las fiestas; los perros se mueren, a veces sin que sepamos por qué. Esa misma entropía que acaba con objetos, melodías y mascotas va a cargar contra su bebé. Desde el principio estará expuesto y, no lo dude, acabará por ser consumido, quizás como un hombre, tal vez como un viejo. Durará más que muchas cosas, pero esa supervivencia difícilmente será asimilada como orgullo; todo lo que dejamos atrás hiere, cicatriza pero deforma.  No es para tanto. El mundo no se acaba con nadie; muchas cosas, perros y melodías le sobrevivirán también.

En Tlatelolco hay un perro al que todos le llaman Chalán. Es negro y flaco; se pasa las tardes olfateando a los otros perros que salen a pasear con sus dueños, se tira en la hierba, codicia hembras de raza. El Chalán tenía un dueño o alguien era dueño del Chalán (dependiendo de qué tan humanista sea uno), pero se murió. Dormía en la calle junto a él y una mañana lo encontraron tieso. Nadie sabe exactamente qué pasó. Era un borrachín de cara quemada y pelos de alambre, tenía un gusto festivo por los licores envasados en plástico. Esos, como todos saben, se mueren fácil. Se ganaba sus venenos predilectos lavando coches de los vecinos y haciendo mandados. Las señoras del barrio, más omnisapientes que dios, dicen que alguna vez fue un hombre de familia, pero la esposa lo engaño y sus impecables hábitos laborales e higiénicos se deterioraron. El Chalán no reportó la muerte de su dueño, no amaneció ladrando a su lado, pero cuando lo encontraron tenía una mano mordida.

Casi nadie sabía el nombre de ese hombre; todos saben cómo se llama el perro. La vida del hombre había sido dura después de que hallara a su mujer con el vecino: ser poseído por una ira asesina, tener que irse de casa, acostumbrarse a la mugre de la calle de la que poco a poco se hizo parte. Lo encontraron los policías con los que platicaba siempre. Estaba acostado como uno de esos niños dios que se ponen en los nacimientos, en su pesebre de cartón y cobijas donadas. Tenía los ojos abiertos y yermos. La cosa fue de acuerdo a lo esperado: gente del ministerio público y del forense, un nutrido grupo de chismosos. Se lo llevaron y el Chalán se quedó. Uno no puede saber a ciencia cierta cómo procesa un animal la muerte, pero todos quisieron ver en ese perro flaco y negro a un perro triste. Aunque varios lo pensaron, nadie se animó a adoptarlo: el Chalán hace difícil distinguir la frontera entre la libertad y el abandono; sacarlo de la calle quizás sería un rescate, pero bien podría ser realmente un secuestro. Lo dejamos a cielo abierto, pero alguien le compró una casa impermeable y procuramos que no le faltara ni agua ni croquetas. Los que vivimos ahí seguimos viéndole los ojos tristes.

No se sabe mucho más. Hay algunas cosas, melodías, perros que son monumentos o ruinas, aunque nadie recuerda qué significan.

One thought on “Correspondencias: Padgett Powell

  1. Me gustó mucho tu texto Humberto Morales, claro que algunos comentarán “pues claro!” Por obvias razones. Sin embargo esto no es totalmente cierto, así como “el chalán” trascendió a su dueño, tu y este texto van a trascendente a mí y a las emociones que me provocó. Sigue escribiendo!!

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