La rutina sin instrucciones de uso

Se abre la redoma

Hay prospección cuando se anuncia de antemano lo que sucederá después. Hay obras cuyo desenlace se encuentra en el título. “Se busca mazo de cartas para adornar mesa de bar. Experiencia: no necesaria”, es el próximo aviso oportuno para una pronta parálisis en el cerebro. A medida que uno crece y observa ciertos sucesos a su alrededor, más se da cuenta que ha escrito siempre un distinto desenlace y ninguno le agradará lo bastante, hasta que llegue el certero, el único que no escribirá. Propensos a una ilusión de humildad, bautizamos lo escrito como si fuera LO ESCRITO, pero, ¿dónde está el placer? ¿Dónde quedan los ahondamientos, los clavadistas teóricos? No pienso que la anécdota como crítica literaria proponga un mal juego; es más, el otro día, sólo para preguntar por la sección de teoría literaria, me atreví a decirle al librero: “es que me quiero introducir en el tema”, es decir me aventé hacia la prospección, me adelanté hacia el desenlace. Nota mental: no te quedes con las ganas de citar, nunca. Decía el gran Monk frente al piano o bebiendo una cerveza, no lo recuerdo porque no estaba ahí, pero decía algo como: “Recuerdo Praga como haber estado encerrado dentro de una caja musical: vueltas interminables en un monte de piedras acaloradas y una música de fondo, al parecer un acordeón”. En esas líneas el pianista se adelanta al lector, sobre todo al recuerdo, y lo experimentado por el monje tiene más de sensación corporal que de crítica posestructuralista.

¿Cuántas redomas  se han abierto y cerrado dentro de esta columna? ¿Cuántas experiencias no se han filtrado por los frascos? No obstante, inservibles. Ya no hay experiencia posible, o al menos de la que se pueda escribir sin arriesgar un poco. Doblo mi cuello en dirección al librero y me encuentro con Agamben: “El hombre moderno vuelve a casa de noche, extenuado por un fárrago de acontecimientos-divertidos o aburridos, insólitos o comunes, atroces o placenteros-ninguno de los cuales, sin embargo, se ha convertido en experiencia”. El hecho de que escriba: “Hoy, Donald Trump se justifica ante el congreso. Por la tarde clase de tennis”, no lo vuelve experiencia, más bien lo vuelve una sátira estúpida  a uno de los fragmentos más famosos y geniales de los diarios de Kafka, pero su primer escrito con el cual abre su diario, aquella oración con artículo masculino y encaminado al plural: “Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren”, es una constante, una experiencia renovable, adivinada todos los días, prospección, anuncio de lo que sucede todas las mañanas, pero sin el “después”.  La única experiencia posible es la del tedio y ni esa se puede convertir en otra cosa más que un fárrago de quejas hacia una ventanilla burocrática suspendida en un cuarto vacío. La locura lo acompaña, es cierto, porque en la calle se observa el mismo espectáculo, sólo que con un evento distinto: por un lado, alguien canta lo que al parecer es una canción en inglés, ¡el que canta trae un walkman! Y por el otro lado de la calle: la típica riña inocente con empujones entre gente que va a laburar, pero no falta el “loco”, el “único ser” que no corre y no empuja y que se deja empujar y que camina a su ritmo: sin prisa por alcanzar la prospección, la experiencia en loop, el “después” de su día, adivinado, inventado por quien observa desde lejos y escribe.

Se cierra la redoma.

 

 

 

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