Probeta: Diálogo con un músico diletante

(El audio en el que se inspira este texto es parte de una entrevista que el autor le hizo a los miembros de la banda británica Glass Animals, cuando trabajaba en una revista. Las citas de Quignard se encuentran en sus libros Butes y El odio a la música).

Le pregunto para qué sirve la música y me dice que no es una pregunta fácil. Contesta que sirve para unir a la gente.

Escribe Pascal Quignard refiriéndose a los kontzentrationlager “Hay que oír esto temblando: los cuerpos desnudos ingresaban en las cámaras de gas inmersos en música”. La música es una fuerza que viola el cuerpo humano porque los oídos no tienen párpados y los ritmos biológicos no pueden sino someterse al artificio del sonido estructurado. Se nos mueven los pies siguiendo ritmos de voluntades ajenas. Parece que cuando los recluidos en los campos de concentración se encontraban ya sin fuerzas ni espirituales ni físicas la música era empleada para dirigir los ritmos de sus acciones. Primo Levi escribió: “Sus almas han muerto y la música los empuja hacia adelante como el viento a las hojas secas y les hace las veces de voluntad”. Las sirenas de Homero cantan para asesinar a los marineros.

Me dice que puede parecer cursi, pero que si lo pienso no hay nada que una más a la gente que la música. Me cuenta que si voy al Glastonbury veré a trescientas mil personas que miran todas a un solo individuo sobre el escenario y cantan lo que él canta, que todos están en una misma sintonía.

Conocemos la inoculación emocional del sonido; recibir una euforia, una nostalgia o un enojo que no nos pertenecen, que burlan los filtros de la propia experiencia y le dan forma y nos dan forma.  El escenario es poder, pero es sólo un amplificador del poder inherente a la música. Nuestra educación sentimental se mueve entre melodías que, engañosamente, nos suenan compuestas desde una intimidad similar a la que emana de nuestro hogar familiar.  Sí, un concierto es un lugar al que se asiste para renunciar a la propia individualidad. La música verdaderamente buena no permite que se le oponga la palabra ni la razón (Logos). Plutarco escribió que tenemos dos orejas y sólo una boca.

Me dice que la música no está atada a la pequeñez cultural del lenguaje, que es capaz de penetrar el armazón cuasi bélico que generamos para protegernos de la violencia del mundo y hacernos sentir cosas que voluntariamente tratamos de no experimentar. 

Hay una violencia, una privación de la libertad. Cito de nuevo a Quignard: él cuenta famosa la anécdota de cuando se cumplió lo que Jesús le advirtió a Pedro y el apóstol lo negó en tres ocaciones antes que un gallo cantara por segunda vez anunciando el alba. Después de la captura de Jesús, Pedro estaba sólo en un patio cuando una mujer lo reconoció y le preguntó si no era él uno de los que andaba con el nazareno; Pedro respondió que no sabía lo que decía (Nescio quid dicis). El gallo cantó. La mujer continuó afirmando que Pedro conocía a Jesús y él le dijo que su palabra la traicionaba (tua loquela manifestum te facit) y negó su cercanía con el mesías capturado. El gallo cantó por segunda vez. Quignard destaca como Pedro fácilmente pudo negar las palabras de la mujer que lo acusaba ―como decía Nietzsche, las palabras suavizan la realidad y neutralizan su cara más afilada―, pero no tenía oportunidad contra la denuncia no lingüística del cantar del gallo. El canto del gallo lo sumergió en la desesperación. Pedro se echa a llorar.

Les pregunto su edad y bromeando me dice que doce, pero luego me confiesa que tiene veinticinco años. Me dice que antes de ser parte de la banda quiso ser médico, que estaba en la universidad. Yo entiendo que ninguna carrera universitaria es tan atractiva como la posibilidad de ser rockstar. Me asegurara que aún no piensan en su segundo disco.

Quignard imagina a Pedro en su vejez como un asesino de pájaros, alguien que lleva siempre consigo unos tapones de oídos hechos de lana. Yo pienso en los lazos entre la música y la embriaguez, en la vulnerabilidad; en esa música que viaja por los cables de los audífonos y que a veces hace alarde de su potencia a bordo de un microbús o en la fila de un banco y rompe nuestro control y nos arranca unas lágrimas o una carcajada. Sé también que la música nos invade hoy más que nunca, que se filtra a nuestra cotidianidad por cualquier altavoz, que es una herramienta de la publicidad y de los estudiosos del control de masas. A eso le temo.

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