Sándor Márai, una sucesión de despedidas

Aquel que hemos perdido puede estar ahí en la realidad, aunque la naturaleza de nuestro vínculo con esa persona haya cambiado

Darian Leader en “Duelo, melancolía y depresión”

Fue por un encuentro postergado, que al día de hoy creo que no ocurrirá, que hace varios días volví a Sándor Márai, a su escritura llena de señales que nos conducen al silencio, al pensamiento, a la melancolía que añora construir una intimidad: Un secreto.

El día veintiuno de febrero de 1989, Sándor Márai se suicidó en San Diego, California. Lejos del sitio donde nació: Košice. Un lugar que hoy, en un mapa, nadie podría señalar. En el año 1900, Košice, la pequeña ciudad donde nació Sándor Márai, el hijo de Margit Ratkovszky y de Géza Grosschmid, aún pertenecía al imperio Austrohúngaro.

Quizás el nacer en una tierra que ha de fragmentarse es el destino de hombres que buscarán volver a la memoria, reparar en la intimidad: la intimidad, lo que ocurre entre dos personas sin que nadie más lo sepa, sin que quede un registro de ello, lo que nos perturba y nos hace buscar el momento en que tropezamos, en el que una palabra trastocó nuestro destino.

Los mapas nos enseñan sobre el olvido: observamos un mapa y vemos cómo el tiempo se ha llevado pequeñas edificaciones, porciones de yerba, de piedras, castillos sobre peñascos, recovecos… Lo que antes de nosotros existía ha ido mutando. Así cada minuto las piedras emprenden viajes silenciosos que en nuestra prisa ignoramos, un día simplemente los montes han migrado y nosotros estamos muertos. Creo que es Danilo Kiš, el escritor serbio, (1935-1989 nacido en Subotica, y que vivió también en el exilio y murió lejos de su país) quien hace que uno de sus personajes en Penas precoces rememore la desaparición del sitio donde pasó su infancia… El personaje de Kis busca los árboles, lo que antes estuvo, una señal de su existencia pasada y descubre que cada cosa ha sido alterada. ¿No será que recordamos o evocamos por nuestra obstinada idea de estar incompletos? La idea de haberlo perdido todo y de encontrarnos en una profunda orfandad alimenta de alguna manera nuestros días… Nuestra alma va moviendo todo a nuestro antojo. Así las ciudades ocurren en nuestro interior y a veces crecen jardines que luego se evaporarán para siempre.

En “Confesiones de un burgués”, Sándor Márai rememora un paseo por el cementerio Rosalía, el lugar donde yacen arruinados, entre escombros, los restos de quienes eran personajes peculiares para la vida del escritor. La escritura es también el paseo por los escombros de nuestra memoria. La memoria se convierte en yerba segada por el tiempo.

A los veinte años, el joven estudiante de derecho, Sándor Márai, vivía de modo ostentoso lejos del hogar de sus padres. Siempre existió la posibilidad de dejar la fortuna de su familia (el padre de Marái, Géza Grosschmid, era asesor jurídico del banco hipotecario y provenía de una familia de Sajonia, que había estado siempre al servicio de los Habsburgo, una familia digamos respetable) en los salones, en los cafés, en una vida de aristocracia y elegancia, escribe en sus Confesiones de un burgués, brevemente sobre como en París ve a Unamuno (pienso que como Márai, Unamuno también experimenta la sensación de perder en el camino de la vida lo que más se ha amado: Miguel de Unamuno muere en la última noche de diciembre de 1936 poco tiempo después de la muerte de su esposa Concha y su hija Salomé), a quien evoca sonriente, casi silencioso. Márai, muy joven se sienta en una orilla: ve el mundo y así lo retrata.

En esa época de su vida, Sándor Márai, configuraba su destino. Jugaba, lo perdía todo derrochando y dejaba de acudir durante temporadas a la Universidad en Leipzig; para tener algo de dinero escribía cartas a un pariente suyo para que lo ayudara, o recurría al banco, o a su amigo librero Albert Eduard Brockhaus. Frankfurt, Leipzig, Viena, París, el café Merkur… la posibilidad de tener mundo, de observar hasta llenarse de imágenes que no cesaban… Todo era nuevo, había que dejarse arrastrar por lo que viniera. Un baile de máscaras en que el joven escritor, (trabajaba entonces haciendo reportajes para diversos diarios) veía mientras todo iba cayendo, melancólicamente, hacia un vacío que lo arrastraba a la melancolía.

El arte de la percepción le dio a Márai la posibilidad de encaminarse a la reflexión: a la literatura que fantasea y se detiene en mil posibilidades siempre descabelladas y absurdas.

Primero realizó el trabajo de registro; se asomaba a la vida turística de las ciudades, elaboraba reseñas sobre lo que veía en galerías o sobre lo que leía. Por aquellos años, recibió la visita inesperada de Iona (Lola, o L, como la llamaba en sus diarios) Matzner, la mujer que lo acompañó en la vida más de sesenta años. Junto a ella conocería el exilio, tras sus posturas políticas; al lado de ella, escribiría casi todas sus novelas, (más de diez traducidas al español) sus diarios de vejez… Al lado de su esposa Iona Matzner, Sándor Márai viviría: llevando sobre su existencia, una a una las pérdidas (pienso ahora en una línea de un poema de Antonio Gamoneda: Amé todas las pérdidas…)

Es en su libro “El último encuentro” Sándor Márai escribe que quien sobrevive es quien traiciona. Él sobrevivirá y sin traicionar, sobrevive quizás como una condena que nos ha sido impuesta desde nuestro origen. Márai, el escritor sobrevive: Al imperio Austrohúngaro, a su ciudad, a su país, a los recuerdos perdidos, a su hijo biológico Krístof Geza, quien moriría pocas semanas después de nacer, a Lola: la mujer de su vida

Una anotación en sus diarios: Una agenda antigua. Sólo encuentro la dirección de tres personas vivas, los demás se marcharon sin dejar dirección, están muertos.

Es junio de 1984. Márai vive con Iona Matzner en San Diego, California. Tienen un hijo que adoptaron, János, que los acompañaría hasta el final. Que cuidaría de que sus cenizas fueran al mar, como las cenizas de ella, de Lola.

Los tres: János, Sándor Márai y Lola saldrían casi en los años cincuenta, exiliados por las ideas políticas anticomunistas y antifascistas de Márai. Saldrían de casa, para construir en torno a su memoria, a la añoranza el hogar. Edificaban una patria en su intimidad.

Escribe en su diario de Febrero 1986: János tiene cuarenta y cinco años. Veo al niño rubio de tres años que se planta ante mí y se presenta. L. se había ocupado de todo. Detrás de ese encuentro se encuentra el misterio silencioso de nuestra vida. L. se ha ido, János y yo seguimos aquí.

El pequeño teatro de la memoria: avanzar, en un ajedrez que no pretende tener un ganador, o un perdedor; simplemente va moviendo cada pieza, cada recuerdo, cada minúsculo detalle: la música como una clave, la complicidad entre dos seres que se amaban y que amaban al otro. La muerte también se ha hecho cargo. Una huida. Y la calma. Una espera casi obsesiva, día tras días. Nada ha pasado desde entonces. Sólo el deseo de saber qué había pasado, en qué había tropezado alguno. ¿Qué palabra había desatado la catástrofe?

Italo Calvino, en sus “Diez propuestas para el próximo milenio”, habla de la ligereza como una virtud en la escritura. Lo que elegimos y apreciamos por su levedad, ─dice Calvino─ no tarda en revelar su propio peso insostenible. En la escritura de Márai no hay una ligereza impostada. Existe de manera natural una agilidad. Las palabras no son rebuscadas. Responden, según he sentido como lectora, a una cadena de sucesos humanos. Nos situamos con nuestras pasiones a ver hasta dónde nos llevan nuestros actos. El que ama, sacrifica y entrega, quizás de manera absurda y desmedida. Es el misterio y el silencio de nuestro peso lo que hará que nos enredemos en jardines caóticos.

Existe una escultura de su rostro, del rostro de Sándor Márai en su honor, frente a la que fue su casa, la casa que fue destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Uno construye lo que ocurre dice en “El último encuentro”, y creo que en Márai lo que se construye, lo que se busca es una manera de volver al hogar. Si la nostalgia es el deseo por aquello que hemos perdido, existe en Márai la melancolía, la mancha de la hermosura y la tragedia. Sed y hambre por lo que se extingue. El acto de pensar, de detenerse en nosotros y en los otros es un acto melancolía. Veo en una fotografía la escultura, veo una fotografía del rostro de Márai. Pienso en las sombras, en que al final seremos la idea que alguien más tiene de nosotros mismos.

En, “Almuerzo en casa de Ludwig W” Thomas Bernhard hace decir a uno de los personajes: Por más que abusemos ─del pensamiento─ siempre se puede seguir pensando. Al final todo nos pone nerviosos, menos pensar. El que piensa puede envejecer sin problemas…

Hace un par de semanas, caminé por la ciudad y entré a una librería de viejo. Era de noche, casi cerraban todos los negocios. Encontré un libro que estaba en la sección de descuento: “L’eredità di Eszter”, publicado por la editorial Adelphi, la editorial de Roberto Calasso. Empecé a hojearlo, descubrí las anotaciones breves, y los subrayados (finísimas líneas con lápiz) de una mujer, pareciera que eran de una mujer, por la manera de escribir espigada. Yo no recordaba que “La herencia de Eszter”, una mujer que relata la espera de la muerte, empezara así. La recordaba de otra manera, menos bella. En mi memoria había una historia trágica y simple de obstinación y amor.

Dentro de esa librería, en una ciudad que me es ajena, como cada lugar al que vamos de paso, sentí que yo misma había empezado a envejecer.

Pienso que poco a poco la vida se encarga de hacernos esperar. Los días caen como sombras apenas insinuadas por la noche o como pesadas plastas sobre nuestro ánimo y nos conducen por un laberinto que cruzamos a ciegas. Cada palabra, cada acto, cada minucia, todo se prepara en un fuego invisible que hará arder nuestra existencia:

Los recuerdos, casi tan crueles como el mismo tiempo dice Eszter, mientras prepara el encuentro con el hombre que la sedujo para abandonarla y robarle todo lo que poseía, pero sobretodo: para arrebatarle su alma, para hacerla caer en la melancolía, en la evocación de lo inexistente.

“El último encuentro” es de las novelas que escribió Márai y que más he disfrutado leer. También hay en esa novela una evocación nebulosa por lo que nuestra memoria construye y reconstruye para sí. Los otros existen como un deseo nuestro, los forjamos con nuestra idea de lo que son. Construimos afinidades partiendo de lo que creemos que es. Los otros se manifiestan en un espejo que hemos labrado con nuestros deseos.

Dice un personaje de Márai: Uno vive la vida… y un día se da cuenta de si ha cumplido o no con su deber. Empiezo a creer que las decisiones fatales y grandiosas que determinan nuestro destino son mucho menos conscientes de lo que pensamos con posterioridad en los momentos de reflexión, cuando las recordamos… 

Me gustaría poblar mi mundo, mi hogar, de ciertos momentos que se perderán de mis recuerdos. A parte de permitirnos borrar la figura de nuestros ojos y nuestro rostro, al pasar de los años, la literatura también nos permite llenar nuestra memoria con ciertos recuerdos de extraños. Así, en ese hogar haría que germinaran estas anotaciones que he subrayado y guardado, de un libro de Márai: Todo se convierte en polvo y en ceniza, incluso los hechos…

En Sándor Márai nos encontramos, como en un espejo de sombras que buscan su interior. Símbolos, señales, el amor, las pasiones. Todo dentro de la memoria. La sucesión de despedidas que es la vida. Esa cadena de encuentros postergados que nunca ocurrirán aunque esperemos durante años. Uno espera el orden de las cosas, y el tiempo de cada cosa, de todas las cosas. Ocurrirá si es vital.

La respuesta será para cada uno. Peculiar. Como un beso que cierra “El último encuentro”, de Sándor Márai: Es un beso extraño, breve y peculiar: si alguien lo observara, seguramente sonreiría. Pero como cada beso humano, es también una respuesta a su manera distorsionada y tierna a una pregunta que no se puede formular con palabras. 

Márai y su escritura, nos remiten a la construcción de personajes que existen en nuestro interior, voces que no cesan y nos incitan.

Escribe Sándor Márai en la nota a la edición definitiva de “Confesiones de un burgués”: Los personajes de esta biografía novelada son figuras inventadas que solamente tienen vigencia y entidad en las páginas de este libro. Ni viven ni han vivido nunca en la realidad.

Los de la literatura de Márai, son como los hombres que viven en la intimidad de cada uno, en nuestros deseos y que a veces se asoman a otras vidas.

Poco tiempo después del doloroso momento que experimentaría Sándor Márai por la muerte de L., se suicidaría en esa ciudad que parecía un trópico inclemente, que lo abarcaba como la lengua de un perro. En silencio: luego sus cenizas se disolverían para siempre en el mar.

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