Patrón de diseño

Por: Sofía Ánimas Pazos

 

Es admirable con cuánto ahínco se resguarda la épica de algunos negocios que, fuera de folclorismos, cosmopolitismos, urbanismos, iniciativas locales sustentables y demás –ismos y acrobacias conceptuales, no dejan de ser vendimias valerosamente glorificadas por el ego de sus dueños: casi siempre pseudo-bohemios megalómanos sin otro talento que la acumulación de capital −talento envidiable, sin duda− y millas de aerolíneas –¿cuántas visitas a Bali, las Maldivas y Sayulita se necesitan al año para poder tramitar la ciudadanía del planeta Tierra?−.

En fin, ahí estaba yo, teléfono-grabadora en mano, esperando encontrarme con la versión latina y de menor presupuesto de Karl Lagerfeld, cuando en su lugar me recibió el hombre más bonachón de la historia. Se trataba del dueño de una marca vendida en la concept store para la que yo trabajaba entonces. Tenía que entrevistarlo y hacer una nota en el blog, amén de mantener en marcha la estrategia de redes (¡la estrategia de redes!).

Sin yo haber pronunciado apenas dos palabras, él ya me estaba dando un recorrido por el taller, me presentó individualmente a todo presentable −costureras, diseñadores y un artesano absorto en su telar−, y hasta ofreció cumplidos a mi outfit −“¡traemos las mismas botas!”−.

Poco sabía yo que esa fresca mañana de la colonia Obrera, acabaría enfrentada a mi reflejo desnudo por este diseñador tan sospechosamente feliz de recibir a la corresponsal de un medio insignificante.

−¿Hace cuánto trabajas en la tienda?

−Casi nada, entré apenas hace dos semanas.

−¿Y qué tal? ¿Ya le agarraste la onda?

−Pues más o menos. Necesito aprender a organizarme mejor.

−¿Qué estudiaste? ¿Comunicación?

−No, estudié Letras.

El impacto de esa confesión, por demás banal, a veces saca a relucir un extraño complejo de culpa que atesoran ciertas personas, personas quienes le asignan un alto valor de distinción simbólica al ARTE, DISEÑO, CREACIÓN, DANZA, LITERATURA, ESCULTURA, BELLAS ARTES, etc. Una reacción común en estos casos es que el interlocutor se disculpe con el (ex)estudiante de Letras por no interesarse demasiado en la lectura, como lo haría un automovilista con los faros rotos ante la autoridad de tránsito. “Me gustan mucho los libros y tengo varios, pero nunca tengo tiempo de leerlos. Mi escritor favorito es…”.

Después de un discurso similar, el diseñador pasó entonces a contarme anécdotas de sus conocidos en el medio cultural mexicano, clientes frecuentes y amigos personales que habían modelado sus diseños en la alfombra roja del Gandhi de M. A. de Quevedo y demás foros concebidos para el antiguo ritual de la presentación del libro. La conversación iba bien, sirviendo de chismógrafo sobre los hábitos ensimismados de algunos susodichos.

Todo bien, hasta que el espíritu de Jorge Ramos posesionó al hombre y me confundió a mí con un político corrupto en su set de Univisión: ¿Realmente me interesaban los medios de comunicación?, ¿La moda?, ¿Me veía a mí misma haciendo eso en el futuro?, ¿Por qué, por todos los cielos, trabajaba ahí, en una tienda de ropa y no estaba consagrada al saber de la Lengua Española?

La verdad es que caí en ese puesto por pura casualidad. Estaba desocupada y necesitada de presupuesto para solventar mis caprichitos –dulces, cigarros, alcohol y productos de skincare por Internet, ahí se fue todo el dinero−. Un día después que terminé con el servicio social, una amiga me habló de esa vacante; ella se iba de trotamundos al Viejo Continente y podía recomendarme para reemplazarla. Le dije que sí, y en un abrir y cerrar de ojos, ya era community manager, editora, correctora, fotógrafa, promotora del consumo local y paloma mensajera de una tienda/galería/taller en la Roma.

Lo que le dije a mi nuevo amigo no fue eso, sino que estaba tanteando el terreno laboral, que estaba haciéndome de experiencia y contactos en el medio para eventualmente dedicarme a lo que realmente quería hacer.

−¿AH SÍ? ¿Y QUÉ ES ESO A LO QUE TE QUIERES DEDICAR?− inserto mayúsculas para el efecto dramático que provocan preguntas tan incisivas a horas inhóspitas de la mañana.

Aquí balbuceé algo relacionado con el amor al arte, las buenas intenciones y alguna beca institucional. Con tal torpeza que su expresión pasó lentamente de mostrar atención y comprensión, a torcerse con la burla mal disimulada, como si estuviese viendo ese video del viejito que se sienta, inadvertido, en un sillón explosivo.

−Ah, ya ya. Qué bueno que tengas un sueño. Pero hay que chambearle ¿no? Hay un dicho por ahí… ¿Cómo dice…? La chamba es como el amor. Hay que hacerlo bien y con ganas. Si lo haces a medias, mejor no hagas nada. O algo así dicen.

−¡Jaja! Creo que nunca había escuchado ese dicho… −un largo e incómodo silencio tuvo lugar−. ¿Empezamos la entrevista?

***

No pasó mucho tiempo para que me despidieran súper justificadamente de ese trabajo. Llevaba semanas fingiendo hacer correcciones del mismo texto, cuando en realidad sólo buscaba videos de perritos y platicaba con las chicas del mostrador mientras los jefes no estaban –que era casi siempre−. La buena voluntad para con mi labor, la tienda y sus dueños se esfumó tan pronto mi bandeja de entrada se llenó de virulentas peticiones y acusaciones contradictorias que mi jefa se tomaba el tiempo de escribir largo y tendido durante sus vacaciones en la France.

La gota que derramó el vaso, en cuanto a mis reparos por al menos aparentar hacer un buen trabajo, fue el día en que un conductor de Uber entró a la oficina con una bolsa de basura en la mano. Esa bolsa de basura la enviaba el dueño de la tienda al administrador, vía Uber. La enviaba para que el administrador administrase esa bolsa de basura como encontrara más apropiado. “Ah, sí, lo hace todo el tiempo. Sobre todo cuando anda de fiesta. A veces manda las heces de Cuca*”, confesó el administrador tranquilamente, ante mi visible incredulidad.

***

Si de algo sirve enamorarse, anoté una vez durante el drama de una ruptura, es para reconocer que hay un abismo insalvable entre la intención y lo hecho, la idea y lo escrito. Es terrible la noción de que lo mejor que haremos quizá será un gesto del que jamás nos daremos cuenta. O que los rasgos más desagradables de una persona querida serán suyos hasta el día de su muerte.

No estoy muy segura de qué quise decir con eso. La privación del sueño y la retórica de los dramas coreanos me estaban jugando malas pasadas a lo mejor. Pero parto de ahí para reivindicar las buenas intenciones; su potencial para anular la cruda realidad.

Cual consejo de autoayuda, proclamo: el éxito de un negocio, romance o texto reside en la solidez de su ficción. No hay lugar para argumentos débiles. La indecisión, por eso, es la piedra con que tropezaremos una y otra vez. Ad nauseam o hasta que nos volvamos mejores narradores.

 

*Por motivos de anonimato, el nombre del perro fue editado.

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