Infancia y orfandad: La historia de los niños Baudelaire

“Tenía que llenar docenas de hojas con la frase: Debo prestar atención, como castigo. Mis torturadores tenían una monstruosa capacidad de invención. Pero mis torturadores no eran sólo mis maestros, también mis compañeros me torturaban… El horizonte de mi educación se ensombrecía”.

Un niño, Thomas Bernhard

Al enterarse de la muerte de sus padres y sin dar tiempo a un duelo, tres niños son entregados a un tutor desconocido. Él tiene la misión de cuidarlos hasta que ellos mismos puedan decidir qué hacer con sus vidas.

En la historia, una tragedia abre la puerta a la vida: les muestra que se tienen el uno al otro y solamente así podrán enfrentar la persecución de eventos que desencadena la ambición humana.

Me parece inteligente que Daniel Hander, o Lemony Snicket, no intente dividir el mundo en buenos y malos, recurso bastante desgastado en las historias infantiles. El Conde Olaf es la síntesis de un temperamento recurrente  en el mundo: podría ser un ambicioso gobernante, un pésimo actor hollywoodense que solamente desea obtener unas cuantas monedas, o un tratante de blancas… La villanía de un hombre que desea tener éxito.

Los niños Baudelaire, protagonistas de los doce libros que conforman Una serie de catastróficas desdichas(A series of Unfortunate Events) tienen quizás la suerte de amar los pensamientos secretos. Los tres se rodean de símbolos que parecen formar un mapa de prodigios mínimos: Violet que intenta configurar su mundo generando objetos inexistentes, Klaus que entrega su tiempo a los libros, y Sunny que intenta ayudarlos usando sus pequeños dientes…

La prosa de Snicket, quien relata las historias, más que un simple recuento de tragedias, se convierte en una manera de retratar la fragilidad de quienes están condenados a sobrevivir. En un pueblo donde eres esclavo (La villa vil), en una escuela que parece más bien un confinamiento para delincuentes (Una academia muy austera),  en una fábrica que emplea a tres niños para cortar troncos (El aserradero lúgubre), en la compañía de una mujer insegura y sumida en la tristeza (El ventanal)… o junto a seres ambiciosos y cegados por modas ridículas (El ascensor artificioso): Todos estos capítulos en la vida de los hermanos Baudelaire, (más de diez libros donde todo es angustiante y parece no llegar más que a nuevos infortunios…)

Los niños Baudelaire, huérfanos, y sobrevivientes tejen una madeja de complicidades en medio de la hostilidad: se vuelven amigos, refuerzan su hermandad, entregan su amor al tío Monti, que también ha de desaparecer y quedarse en su memoria, luego a la temerosa y deprimida tía Josephine, que los hace comprender que los miedos son estúpidos, pero que actuar con valentía tampoco representa una salvación ante la tragedia… Después   conocen (como en un delirio) a los trillizos Quagmire, sobrevivientes también de un incendio y buscan ansiosamente crear una afinidad… Una frase incrustada en un cementerio (o en un edificio que parece ser un cementerio, pero es una escuela) les hará entender el sentido de la vida, no importa que la mayor tenga a penas doce años: Memento Mori, leen y saben que sí… Pase lo que pase, todos moriremos.

Daniel Hander ha logrado construir a través de Lemony Snicket una historia digna de leerse. Los libros que retratan las desafortunadas situaciones que atraviesan los hermanos Baudelaire son una ficción que palidece ante la realidad… Pienso en un padre diciendo a su hijo: Tú crees que la luna es de queso. En la infancia, los niños deberían creer lo que mejor les parezca. Y somos en la infancia, capaces de creer mil metáforas diversas sobre la luna… La fragilidad, la memoria, los deseos y los sueños se forjan en la infancia. Ante los descuidados (u obtusos) ojos de los adultos. A veces un descuido, un incendio, una tragedia mínima, troquelan nuestras vidas. Las conducen por caminos siempre inesperados. Quizá la única tarea de los adultos sea procurar que los niños tengan armonía, libertad y amor… Simplemente acompañar la existencia. Esa es la labor de los padres. Quizás así pueda lograrse una vida afortunada.

La fortuna puede ser la conjunción de gestos, de símbolos y calladas señales que se revelan ante nuestras atribuladas existencias. A veces ocurre de manera silenciosa. Y sólo al final de una vida alguien podrá atreverse a decir: “aquel hombre tuvo una existencia afortunada”. Una opinión siempre subjetiva. Una acepción digamos personal sobre las bienaventuranzas de una vida.

Tragedia y dolor son casi siempre ajenos a la infancia de cualquiera. Ocurren sin embargo. Lo escribo desde el país donde un gran número de los niños viven en condiciones de miseria, violencia y abandono. La infancia es vulnerabilidad: se moldea en esa etapa un carácter que nos acompañará con ciertas modificaciones hasta el final de nuestras vidas. Al crecer, uno vuelve constantemente (obsesivamente diría yo) a la infancia, para (deseosos de explicaciones) intentar averiguar algo sobre nosotros mismos.

La historia que Lemony Snicket ha querido retratar en la saga de A series of Unfortunate Events, es la historia de la avaricia. Por lo tanto es una historia antigua, humana y no cesa de sorprendernos que un alma humana pueda alojar un deseo tan insano como el de conseguir el poder por encima de todo.

Una escritura teatral, que se nutre de pequeños gestos divertidos que desembocaran en el sinsentido. La sensación de saberse derrotado anticipadamente: Los adultos desconfían de la visión de los niños porque ellos no comprenden la complejidad del mundo.

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