Soliloquios: De policías y taqueros

En la cuadra hay dos tipos de taqueros: los que descaradamente te encueran con la mirada y los que juegan a rescatar a la damisela.

—¡Abre la puerta! ¡Es la policía! ¡Abre la puerta o la tiramos!

Estaba en pijama, eran ya casi las once de la mañana pero me había dormido a las 03:00 am trabajando la noche anterior, no pensaba, no tenía prisa, estaba desayunando como desayunan los caracoles budistas.

En mi país hay dos tipos de policías: los que viven de mordidas y los que además violan cuerpos y juegan con la inocencia de quien menos se lo espera.

Hay tres puertas en el camino de la calle a mi departamento. Escuché que alguien tocaba apuradamente la puerta del pasillo así que decidí hacer como que no estaba. Nadie tenía porque saber que yo no había salido de casa esa mañana. Siguieron tocando durante casi veinte minutos. Me puse un poco nerviosa cuando oí las voces dentro del pasillo y me empezaron a hervir las mejillas cuando azotaron mi puerta y gritaron “¡Abre la puerta! ¡Es la policía!”.

Otra vez decidí hacer como que no estaba en lo que ya no sabía si era mi casa. Sentí que mi espacio me traicionaba. Nada me reconocía. Pero los golpes en la puerta y los gritos no me dejaron ignorar que estaba ahí. Las amenazas con tirar la puerta seguían. Entonces contesté, ya que no quería no tener puerta cuando pasara todo, si pasaba.

—No les voy a abrir. Yo ni sé si son policías y aunque fueran, perdón, pero no confío en ustedes.

Siguieron amenazando, siguieron gritando, se oían radios, se oían muchas voces y entonces se les ocurrió decirme que querían ver si estaba bien. Dijeron que como había gritado auxilio por la ventana tenían que asegurarse de que yo estaba bien.

—Yo no grité, estoy bien, no les voy a abrir.

—Vamos a tirar la puerta.

—Yo no fui, yo estoy bien.

—Vamos a tirar la puerta si no abre.

Vinieron dos vecinas a decirme que confiara, que sólo querían ver que estuviera bien. ¿Quién conoce a sus vecinos en esta ciudad? Los míos ni siquiera contestan cuando les das los buenos días. Pero eran dos mujeres viejitas, dudé que estuvieran coludidas.

Abrí la puerta —sin quitar mi cadenita— pero no se veía nada. Cerré la puerta, quité la cadenita, abrí la puerta.

Eran cinco policías o más. Obviamente el que estaba golpeando la puerta era el más alto y gordo, me extendió su mano sucia y me dijo su nombre. Le di la mano temblando echándole la culpa de mi voz quebrada a su manera de venir a interrumpir mi desayuno.

—Puedo pasar a asegurarme de que todo esté bien. Sólo yo.

—Sí.

Pasaron todos los policías con sus zapatos sucios y una viejita en pijama. Me quedé callada viendo al piso. Se asomaron por la ventana y los taqueros les dijeron desde la calle que en ese departamento no. Que en el de al lado.

—Perdón, fue aquí al lado.

Se fueron.

Me senté a llorar en mi cama. Me imaginé gritando valiente detrás de la puerta ¡Que ya les dije que estoy bien, esto es propiedad privada y no pueden pasar si yo no los dejo, si en serio alguien gritó vayan al departamento del que gritaron porque en lo que su ineficiencia está tocando mi puerta están matando o violando a alguien más en el edificio!

Una espera que los taqueros la hagan sentir acosada, pero les puede levantar el dedo de en medio sin temor. Y una espera que los policías le quieran sacar dinero y está preparada para decirles que ni madres, que le den la infracción y rápido porque tengo prisa.

Pero el día que los taqueros deciden no ser misóginos la policía viene a amenazarte con tirar la puerta. Se crea el caos y pasas de ser un caracol a ser un chihuahueño por los próximos tres días.

One thought on “Soliloquios: De policías y taqueros

  1. Este es el tiempo q nos toco vivir. ¿Que nombre se le dará a esta epoca? En q el q debiera cuidarte y ayudarte es en quien menos confias.

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