Paréntesis personales a partir de Amélie Nothomb

Por: Karina Sosa

A veces en el espejo deseamos encontrarnos con otra imagen. Somos entonces seres desconocidos que atinan a distinguir sombras.

La reminiscencia de un extraño que se detiene en medio de un paseo para platicar frente a los árboles inmensos, sucede a cada momento. Ciegos y sordos, nos entregamos a nuestra confusión.

Los libros a veces son un remanso. Una pausa entre los rituales que hemos convertido en hábitos: la sobrevivencia.

Asistir a una confesión es un acto de violencia y amor. Leer una biografía, hurgar en cartas, en escenas pertenecientes al pasado de seres desconocidos. Invocar a los muertos y hablar con ellos sin ser vistos.

Escribe María Zambrano: «Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable»

Amélie Nothomb vuelve obsesivamente a la infancia.

Volver a la infancia es regresar al origen, mirar en un espejo de tiempo. Italo Calvino recurre a Perseo para hablar de la levedad como una virtud en la literatura y en la vida. Perseo mira a la Gorgona a través de un reflejo, quizás mirar nuestra propia existencia a través del espejo del tiempo representa un alivio. La lucha interior entre confesión y silencio.

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El otro, frente a nosotros, en el espejo, resulta aterrador. A veces nos vestimos de asesinos enamorados que sufren hasta terminar asfixiados de secretos. Diario de Golondrina es un elogio al amor trágico: después de perder las sensaciones, Urbino, un hombre al que nada le causa placer se refugia en la música y en la sangre. Como un vampiro extraviado e insaciable va por las calles matando a sueldo para luego masturbarse a solas con la idea de la muerte y escuchando a Radiohead. Lavándose las manos como a punto de una cirugía con agua helada y soñando con posibles víctimas. Todo es lo mismo, de nuevo, una vez más. Eso hasta que recibe el encargo de matar a una familia completa. No se revela nada. Quizás es consiente en silencio de que algo debe pasar. Urbino prepara todo para encargarse del crimen. Y en un segundo descubre a una chica. No la encuentra bella. La encuentra oculta, en un baño, al lado de su padre. Padre e hija están en una escena extraña. El padre toma un baño de tina y la hija apunta una pistola. Urbino, el asesino, observa con velocidad el cuadro. Escucha una conversación sobre algo que el padre tiene en su poder. Un diario. Los apuntes íntimos de la hija. La hija exige tener el cuaderno. El padre se niega a entregarlo… La conversación acaba con la muerte del padre, asesinado por la joven, que ante los ojos de Urbino se convierte en misterio. Él, el asesino insaciable, debe disparar. Esa es su misión. No parpadea y se entrega con rapidez a su misión.  Al asesinar a esa chica todo se vuelca. No porque la muerta sea una mujer, ni porque el asesino se sienta extasiado. Una tristeza que nunca se irá se posa en el hombre. Entonces el mundo se revela como lo que siempre ha sido: un sitio hostil y cruel.

Acompañado del diario, el asesino escapa. Poseer un secreto. Pienso que en ello se basa la felicidad, el amor, la complicidad. En guardar las palabras de alguien más de los oídos de los otros. Tener para nosotros alguna parte de la existencia, de los deseos, de los sueños (por descabellados o extravagantes que sean) de otro. Ser una hoja dispuesta a contener ciertas líneas ocultas para el resto de los mortales.

Diario de Golondrina representa un elogio al secreto, a la intimidad. En silencio.

A veces confesamos que la existencia de alguien, salvará el universo…

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El hambre es universal, como el amor, la muerte, el deseo o el placer. El hambre es la intimidad. El viejo ritual de servir la mesa, esperar el plato y comer, es un vínculo con nuestros deseos. Pienso en Los comedores de patatas, de Vincent van Gogh, una familia que en una mesa se reúne en torno a una olla de patatas. Pienso en mi hambre a veces disminuida, a veces insaciable. Soy el hambre, dice Amélie Nothomb en su Biografía del hambre. Y pienso en la sensación tan humana: en el deseo. La imagen que construimos de nosotros mismos a través de lo que nuestros padres nos entregan en los alimentos.

La primer comida. El beso que según se sabe surgió como un ritual de supervivencia entre madres e hijos: la madre entregaba el bolo alimenticio al hijo en un beso.

Sobrevivir. En un ensayo bello y elegante Charles Lamb, retrata el paso de comer carne cruda a comer carne pasada por el fuego…

Pienso en todo ello porque nuestra hambre revela también nuestros deseos.

Partiendo del hambre, Nothomb ha contado la historia de su infancia y su adolescencia, que pasa a penas insinuada. Marcada por el dolor, por el rechazo del cuerpo.

Creo entender ese paso. Esos años en que todo empieza a transformarse, a rebelarse contra lo que creemos ser. El hambre es también un sentimiento universal. Pueblos que se enfrentan contra otros buscando la supervivencia.

Pueblos que mueren sin alimentos, sin agua. Milagros de panes y peces.

A veces nuestra hambre se transforma en ausencia. Prescindir de los alimentos es abandonar los deseos, renunciar a la vida. Negarse.

Cuando parece que todo va de manera armoniosa, que todo es calma, los personajes de Nothomb se sublevan, caen, se destruyen. Comen de sí mismos. Se alimentan para seguir existiendo. Los personajes de Nothomb encuentran también un refugio en la naturaleza y sus elementos. Entienden que allí uno puede edificar un lugar en el mundo. En el bambú, en el agua, en los viejos árboles, en la nieve que todo lo limpia y lo purifica, en al aire con el que se puede descansar de nuestro propio peso.

 Una niña que es en apariencia frágil, que reina sobre su pequeño núcleo: su aya japonesa, los padres y su bellísima hermana Juliette, es atacada por un monstruo del mar. En el mar, ese infinito, allí es despojada de la infancia, apenas unas líneas violentas y tristes para marcar el paso del tiempo, la llegada del dolor.

El cuerpo empezó entonces a dejarse arrastrar por el hambre. Por la renuncia y la negación. Ser una extranjera en tu cuerpo. En tu cerebro la lucha de dos voces. Esa voz que dice que todo es horrendo y que tú misma te has convertido en algo ajeno al mundo y la voz de la fiebre, del último momento, cuando decides seguir.

La anorexia, la ruptura y el gesto de amor por el mundo. Leer el mundo, dice la escritora. Leer el mundo para orientarse en una tierra cada vez más misteriosa y cambiante: voluble.

Pienso si lo que nos une a alguien completamente distante es el deseo de encontrar. Andar buscando hasta el desasosiego una compañía. Samuel Beckett, ha escrito en Compañía: “El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando contigo un cuento en la oscuridad. Y cuánto mejor, a fin de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado. Solo”.

Los personajes que van y vienen en los territorios de Nothomb son siempre seres degradados, un autoexilio. Solitarios que se reúnen en torno al deseo.

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Amélie Nothomb ha inventado una biografía, una vida. La ha construido despacio. Escribiendo a diario como un acto vital. Escribe en ayunas dice en alguna entrevista. Escribe cuatro horas diarias, declara en otra conversación. Despierta a las cuatro am, y camina o viaja en metro por París hasta llegar a su pequeña oficina, cerca del cementerio de Montparnasse…

Nació en 1967 en Kobe, Japón. Esto según sus libros.

Busco referencias de escritores belgas del siglo XX que yo he leído: ninguno. Sé quién fue Hugo Claus, sé que escribió Belladona, sé que debo leer esa novela en algún momento. Pero no ahora.

Ubicarnos en un mapa: poseer un territorio. Creo que era André Breton quien sugería que los mapas se constituyen también de la desaparición.

Borrarnos.

Orientarnos en un mundo convulso, lleno de universos peculiares y confusos.

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Pienso en Eco, la ninfa condenada a repetir las palabras de los otros. Pienso en Eco y Narciso. Eco que es rechazada por Narciso, oculta entre el follaje de los árboles… Pienso en ese amor no logrado que condujo a la ninfa al hambre, a la soledad, a la muerte.

Como sabemos, Narciso que era muy bello y solitario, rechazaba el amor de todas las ninfas, así que las ninfas desdeñadas condenaron a través de Némesis al pobre Narciso a una sed profunda y a un amor imposible. Narciso quedará enamorado de su reflejo, imposible de alcanzar. Ese amor lo llevará a la muerte y a renacer en una flor amarilla…

El amor y la sed. El deseo no saciado. El hambre de amar. Todo ello mientras pienso en la escritura de Nothomb.

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La amistad, ese pacto entre seres tan diversos que se forja con nuestras obsesiones y anhelos se muestra en Antichrista. ¿Cómo podemos mantenernos ajenos a la belleza de ciertos seres?

A veces encontramos en otros lo que desearíamos ser. Muchas veces he pensado que escribo para construir una mujer completamente distinta a lo que yo soy cada día. Mientras camino al trabajo, mientras viajo en los taxis o mientras como sola en un buffet lleno de obreros y oficinistas jóvenes. Mientras canto en un karaoke con mi mejor amiga y pienso que la literatura está allí para transformar eso que soy.

La historia de la amistad es también una historia de la humanidad.

Nothomb ha  creado personajes inestables, como ya lo he dicho, pero también personajes que encuentran o buscan desesperados el refugio en algo más.

El retrato de la amistad entre dos mujeres, ambas jóvenes y cargadas de temores me hace pensar una vez más en el espejo. En esa superficie entre la niebla y el frío en que la escritora ha querido asomar al lector.

Un río que permita mirarnos como Narciso extraviado ante sí: extraviado y extasiado, mientras Eco, tras el follaje, suspira y no puede pronunciar sus palabras de amor.

La imposibilidad está presente en la escritura. La imposibilidad y la negación como una constante. También el misterio y a veces la carcajada de saber que seguimos con vida y que eso es ya un alivio.

Antichrista cuenta una historia que yo misma he percibido como propia: el amor que nos traspasa y nos vuelve vulnerables. La amistad que nos hiere, nos enseña quiénes somos y cómo seremos abandonados sin más.

Dos chicas se conocen en la escuela, a los dieciséis años. Diversas y ambas heridas por la indiferencia y la ruptura que se enfrenta al salir de la infancia. Esa fisura se puede quedar dentro de nosotros durante largo tiempo. Blanche y Cristha, protagonistas de esta historia, se enfrentan en una competencia estéril a la que las ha empujado la supervivencia. Como en un juego donde dos piezas se mueven mostrando cada una su interior, la autora ha querido unir dos temperamentos femeninos opuestos en una historia común.

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Al leer a Nothomb, pienso en La mujer zurda de Peter Handke   “¿Y cómo va uno a escribir sí no tiene nadie en quien pensar?” dice Marianne, el personaje, la mujer zurda. Una mujer que se ha lanzado al vértigo de una vida conyugal. El marido siempre viajando. El hijo insoportablemente inteligente y ruidoso. Su padre, el padre de Marianne, ausente. Y su única amiga, Franziska, la cree enferma.

Una canción: “The lefthanded woman”, Marianne la repite una y otra vez: “Pues allí entre todos los demás te veré sola por fin. Y tú me verás entre otros mil. Y por fin iremos el uno al encuentro del otro.”

Evocamos aquello que creemos nos ha sido arrebatado injustamente.

En otro momento, casi al final del relato, Marianne, la mujer zurda, se entrega a una fiesta de desconocidos que la abruman. Su jefe, su marido (del que quiere separarse), su amiga, el chofer de su jefe… Su hijo. Parece que la humanidad se reúne en una habitación aquella noche…

Otro momento: “Yo también estoy triste, no sólo tú“. Le dice el hijo que invita a un amigo a casa, para perturbar a la silenciosa mujer.

La mujer zurda canta una canción en su memoria. Vuelve a los recuerdos porque en los recuerdos somos un tanto fragmento y polvo. Somos ceniza y neblina.

¿Y entonces qué importa medir los días? Las liebres, las fotografías de extraños, de árboles, cascadas y caballos… Entonces pensamos en relojes, como objetos y no como instrumentos de medición.

Entonces nos importan los mecanismos. Los procesos íntimos que empujan a las campanas, a los relojes, a las piedras…. Entonces ocurre la amistad y el amor y la salvación o la vida. Como en los libros de  Amélie Nothomb.

Los personajes de Nothomb se constituyen de un malestar, de la búsqueda de señales y símbolos que nos habitan sin que seamos consientes de ello.

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Ante el resquebrajamiento de nuestros universos soñados, seguimos existiendo como testigos. Es cruel y bello…

Leo una frase en mi diario: “El mayor esfuerzo de la vida es acostumbrarse a la muerte”. Pienso en esa frase de Elias Canetti. Pienso en la resistencia de quienes seguimos en el mundo, luchando a diario a veces haciendo estruendo, a veces en absoluta quietud, contra nuestra muerte. Nos resistimos en un doble juego de deseo y espanto. A veces deseamos terminar las atrocidades que observamos y otras veces nos revelamos en batallas que sabemos perdidas.

La escritura de una mujer como Amélie Nothom participa de la memoria. Desea, no cesa de desear.

Pienso en las vidas imaginarias que Rodolfo Wilcock esbozó en su libro La sinagoga de los iconoclastas. Pienso en Absalón Amet, el inventor del “Filósofo universal”, ese armatoste que derrochaba aforismos. Pienso en nuestras almas como creadoras de una memoria que puede ser extravagante y completamente desorbitada.

Pienso que la escritura es precisamente un mecanismo único que crea, cada cierto tiempo una memoria de nuestra intimidad. Una afirmación de nuestra existencia: nuestra escritura.

A veces todo ello, para borrar así nuestro rostro.

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