Soliloquios: tres poemas de Luis Eduardo García

 

“La poesía de Luis Eduardo García parece saltar de un muñón a otro muñón, es como un saque preciso, el gallito que cae lentamente y el conmoverse  por  no saber qué hacer ante tal  lentitud”.

 

-The Bádminton Times

“Simplemente una maravilla”

– The Bádminton Post.

“Leo la poesía de Luis Eduardo y pienso en un pez anguila tragarse a una marmota. Es eso: la imposibilidad de la sorna inocente”. 

– La Gaceta del Bádminton.

 

 

AYER VI LA TEORÍA DEL TODO Y RECORDÉ LOS BUENOS TIEMPOS

 

Al principio

la poesía venía a mí

bailando. Sus ojos verdes

combinaban

con los tiernos botones

que tenía para ofrecerme.

Platicábamos por horas

de bacterias y planetas.

 

Después algo pasó.

Sus pies se torcieron

y su boca. Sólo entendía

la mitad de sus palabras.

 

Los meses pasaron.

Seguía viniendo a mí

pero usaba dos bastones;

más tarde una silla de ruedas.

 

Su voz era un molusco

deshaciéndose.

 

Cuando ya no pudo hablar

ni mover otra cosa

que un dedo

conseguí una máquina

para poder comunicarnos.

 

Todavía recuerdo

la primera (y última vez)

que escuché su hermosa voz de robot:

 

“este hilo rojo es para ti”, me dijo.

Pero no supe de qué hablaba.

 

 

EL MARAVILLOSO ACTO DE DESAPARICIÓN DE LOS HERMANOS WACHOWSKI

 

El señor Trapp amaba a la señora Méndez. La señora Méndez amaba al señor Trapp.

Ambos eran perseguidos por el banco.

No dormían, pensando en retroexcavadoras.

El banco lanzaba pulgas. El banco lanzaba estiércol. Pequeños huesos de animales se pudrían en el buzón.

 

Querían clausurar el cielo

(pero la señora Méndez tenía un plan).

Con sus últimos ahorros cambiaron de sexo.

Todo es muy extraño y a la vez no.

El banco sufrió una embolia; sus perros se secaron.

El cielo siguió abierto.

 

La señora Trapp amaba al señor Méndez. El señor Méndez amaba a la señora Trapp.

 

 

LA INVASIÓN DE LOS USURPADORES DE CUERPOS

 

Las bacterias del espacio exterior

llegan a la Tierra.

 

Caen con la lluvia

sobre una flor extraña.

 

Margo Phillips corta la flor

y la lleva a casa.

 

El polen se adhiere a su cerebro

y la convierte en alguien distinta.

 

Así se apodera la poesía

del lenguaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

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