Soliloquios: Tres epístolas de Valentín Arcadio

  

Querido primer esposo imaginario, “Les amours imaginaires”, Vik Oseguera:

Te escribo estas líneas para intentar recordar la belleza; nos tatuábamos con frenesí; nos burlábamos de la tesis de la teoría Queer aplicada a los platillos de autor.

Nos cortábamos el cabello en barberías.

En el lugar que ahora me encuentro tenemos posters de cortes ochenteros en el baño, y a Mikey le prendemos una veladora después del peyotazo en wirikuta.

Las cosas se miran en cámara lenta: nos hemos cambiado tres veces de casa, de la San Rafa, a la Buenos Aires y de la Buenos Aires a la Roma. Es como llegar a Ítaca. Nuestro Cavafis es Nick Cave.

También puedes escoger la velocidad y repetir la secuencia cuantas veces quieras: ahora, estamos yendo a las saunas los domingos por la mañana y tenemos novios españoles; ¡imagínate! La movida madrileña es nuestro manifiesto.

También puedes modificar la luz. Ahora, por ejemplo, puedo ver la vez que te hiciste el inválido para que nos prestaran una silla de ruedas y así poder jalarla con mi bici. En este momento veo cuando te caíste sobre reforma y yo te hacía la seña de que siguieras con la farsa estando tú en plena avenida Reforma y sin poder moverte. Interveníamos las portadas de Joy Division y las hacíamos Stickers; los pegábamos en las saunas y después nos sacábamos la selfie. La gente se acercaba a ayudarnos y me reprendían por la irresponsabilidad de traer a un inválido atado a una silla y ésta atada a su vez a una bici con una agujeta vieja en pleno reforma: nuestra persona era un concepto; modelábamos en los pasillos de la Lagunilla los domingos por unas Caguamitas y dos que tres inhaladitas de Cristo padre…  Tú comenzabas a hartarte de la farsa y yo te obligaba con mi mirada de serpiente a que te callaras. A veces pienso que te tiré a propósito. Ahora que veo la secuencia, me parece sobre expuesta.

Nuestras pláticas ridículas sobre la post-modernidad le daban el toque absurdo de toda  relación no duradera: María Daniela y su sonido lasser nos parió en una noche, así como la Cuatlicue parió a Huitzilopochtli, nomás que en vez de una pluma de Quetzal a Danielita se le metió un tubito de neón.

Tú piensas que yo no me doy cuenta de tus mentiras, cuando dices que te cagan “Les amours imaginares” Ahora sé porque no estamos juntos, y, sin embargo, lo estamos: tanta pinche fugacidad no cabe en el mismo marquito de la foto.

Siempre tuyo,
Valentín Arcadio


Querido Fer Vega:

Te escribo esta carta para confesarte mi envidia por tus pestañas.
Siempre lo he querido disimular o arrancártelas de una vez por todas.
He llegado a pensar en nuestro signo zodiacal como una amenaza cuando el alcohol se nos sube a la cabeza.

Levantamos a los cuerpos, nos inhalan, nos ponen sobre el espejo. Los apartamos de este mundo en donde existen solo en imagen para llevarlos a otro, donde existen sólo en imagen. Al sueño le pelamos los dientes.

A nuestras víctimas las  arrullamos entre risas y vasos que desbordan la promesa de la noche. Les mostramos al sueño sin sueños.

También he llegado a imaginar qué podría pasar si tú y yo fornicáramos; somos tan delgados como la esbeltez  que nos consume; un pequeño apocalipsis, crearíamos un mundo nuevo, ya sabes, nos gusta la moda.  Fer,  somos una Helena de barrio. Levantamos la guerra y nuestro Caballo de Troya es un shot de mezcal con  nombre Kitsch.

Desde el lugar donde te escribo hay muchos escorpiones con el color negro desparramado. Ya sabes, como cuando nos miramos dentro de las películas de Tarantino y  enseñamos a los niños a tomarle gusto a las secuencias en los filmes de Gángsters.

Los escorpiones me dan clases de cómo ser elegante sin mirarme presuntuoso o efectista, no sabes, te encantaría este lugar.Me dicen en cada inhalar cómo orear los sueños, me dicen la manera de tallarlos contra el lavadero hecho de cemento en nuestras azoteas y jugamos con la espuma gris. Los dejamos orear mientras me llevan a comprar ropita íntima para gustarles más, me dicen que la transparencia en los calzones siempre son más guarras.

La parte que temo es cuando llegan las clases de cómo hacer el amor; ya me hice adicto al veneno.

Tengo todo el cuerpo hinchado y apenas si puedo jalar aire con los escasos milímetros que abre mi tráquea; la sensación de copular con un escorpión, como bien sabes, es la de oxigenar el cuerpo sin él.

Llevo copulando más de 16 días sin parar y mi tráquea es tan delgada ahora, que podría asegurarte que ya no necesito aire para vivir.

Son tan maliciosos como la Helena, provocan la voz afilada, el comentario exacto, permiten la mañana.

Me levantan por los bares de la ciudad y por las descarapeladas vecindades.

Su cuerpo  pesa como la más hermosa lápida; como las nubes que nos guardan.

Siempre tuyo,
Valentín Arcadio


 

Querido señor conejo:
(a este no lo etiqueto porque soy un caballero)

A usted lo levanté de la calle ebrio de rabia por la traición. Lo primero que hice fue bañarlo y peinarle sus cabellos blancos.

Le escribo estas líneas para decirle que mis manos no se han portado  bien en estos días. Su partida las perturba. Ahora juegan a que se quedan atrapadas en un cubo. Parecen  marionetas.

¡Usted estaba hecho un esperpento! Lo lleve a incursionar en el mundo de la farándula, ¿se acuerda usted de esa borrachera con mujerzuelas modernas y bulímicas? Al otro día por la mañana usted se comió una naranja; ese día supe que usted era un poeta.

A mis manos yo les pongo música mientras pienso en usted. Ellas no saben que un día le quise matar. Ellas le buscan en el teclado de una Mac  mientras yo las miro desde lo alto, pongo un punto y aparte mientras que una se va a orinar.

¿Y qué tal ese día dónde lo golpee en el pecho? ¿Y ni que decir de la noche que lo llamé cavernícola y que lo amenacé con quitarme la vida si no me besaba urgentemente?

Son ingenuas, son apenas unas niñas. Piensan que es como estar en el cine, sentadas, cómodas; recibiendo la luz  de la pantalla. Son débiles, se refugian; piensan que son lanchitas. ¡Piensan que es un paseo por la plaza de la asunción!

Señor, en éste lugar donde ahora me encuentro, usted lo pasaría de lujo; hay mujerzuelas y castillos de arena enormes. Querido señor conejo: se me ha olvidado su código postal, estos monstruos insisten en que se los dé, ya les he dicho que usted no recibe a nadie, ya les he dicho que usted es como un marquito en  la tienda de abarrotes.

¿Le conté del fantasma que me canta qué escribir?  Sale por las noches a verse con una ramera. Ya le he dicho yo, que cuando lo mire otra vez con esa, lo voy a castrar. Le voy a cortar sus huevitos. Tan preciosos. Por lo demás todo va bien, el mar tan arrogante y oscuro como siempre, tan diablo, tan pinche mar.

Las enfermeras de este lugar le susurran a uno poemas mientras que uno las mira fijamente a los ojos, y ellas, cosa muy rara, ¡no se agachan! ¡Y no dejan de pronunciar los poemas más hermosos! Con decirle, señor, que ya me han susurrado todos los poemas de Mallarmé mientras pequeñas cortadas me traspasan en forma de palabras puercas que yo imagino al recibir sus versos. Usted puede elegir a las enfermeras. Las más cálidas son las maduras que lo abrazan a uno como si lo estuvieran terminando de criar. Me dicen: anda, toma de mi leche, es toda para ti, mi niño hermoso. Y yo tiemblo de ternura y me acuerdo de usted, con su manera tan peculiar de comerse las naranjas.

Siempre suyo,
Valentín Arcadio

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